La parábola del trigo y la cizaña es una de las más citadas en diversos ámbitos de la vida diaria; no sólo en el religioso. Hasta en el campo político, se acusa a un(a) contendiente de “sembrar cizaña”, cuando se opone a la opinión aparentemente unánime de un grupo, partido o sociedad. Tal vez en el ámbito de nuestras comunidades cristianas es donde resulta más lamentable que la cita se use para descalificar una opinión. Porque se usa esta palabra de Jesús para hacer lo contrario de lo que Él quería enseñarnos: queremos arrancar la ‘cizaña’ que denunciamos en el contrario…, como los peones de la parábola. Pero, el dueño del campo denuncia el peligro de arrancar el trigo junto con la cizaña… porque se parecen mucho. Sólo cuando llega la cosecha se puede separar el grano, de la maleza infecunda.

En todo lo nuestro, hay trigo y cizaña: podemos hacer cosas en favor de otras personas, porque reconocemos su necesidad, o (¿no será y?) porque queremos recibir reconocimiento y gratitud… Inevitablemente se mezclan en nuestras acciones la auténtica caridad con el egocéntrico sentimiento de sentirme (y que me reconozcan) bueno/a. Y, si queremos estar en la caridad purísima… probablemente no haremos el bien a quien lo necesita. Y, si esto ocurre en el plano personal, mucho más en el plano social. Hay que aceptar la mezcla de motivaciones, pidiendo la gracia de acertar en las decisiones para no dejar de hacer lo bueno. Aceptemos, entonces que, como Iglesia, formamos un pueblo santo necesitado siempre de conversión.

El profeta Miqueas nos invita el lunes a la conversión, con palabras que recordamos especialmente en Viernes Santo: “¿Qué te hice, pueblo mío…?”; el martes continúa recordándonos que lo único que el Señor nos pide es “practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios”. El miércoles comenzamos a escuchar a Jeremías, que volverá a denunciar la idolatría y el culto vano, mientras en el evangelio de san Mateo, podemos “repetir” lo que hemos contemplado en los últimos domingos. Reconocemos, entonces, que el culto debe ser expresión de una fe que se vive; un fruto de la semilla de la palabra de Dios sembrada en buena tierra, de la aceptación de ese Cristo reconocido y seguido, para hacer con Él la voluntad del Padre. Sólo aceptándolo a Él podremos oír su palabra y llegar a convertirnos.

El santoral de esta semana es variado en modelos de testigos de la fe. El lunes se puede celebrar a san Apolinar (+79) primer obispo de Ravena y mártir, el martes a san Lorenzo de Brindis (1559-1619), insigne predicador capuchino, doctor de la Iglesia. El miércoles 22 se celebra a santa María Magdalena, la primera testigo de la Resurrección. El jueves 23 se puede recordar a santa Brígida de Suecia (+1373), una de las patronas de Europa: noble, viuda y religiosa fundadora de una orden, vivió en una época crítica del papado, el llamado “cautiverio de Avignon”. El 24 se puede recordar a san Charbel Makhluf, presbítero, ermitaño y místico libanés (+1898), a quien se encomienda la unidad de los cristianos. El sábado 25, el apóstol Santiago, patrono de nuestra arquidiócesis, nos permite recordar que el discipulado no es un camino para obtener honores y poder, sino que supone compartir el cáliz del Señor.

José M. Arenas SJ

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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