Artículo publicado en Revista Jesuitas Chile n. 50

Por Ingrid Riederer

Cristián Viñales nació en Viña del Mar, en 1985, pero se siente un antofagastino, ya que a los 4 años se mudó allí junto a su familia, y vivió en el norte hasta que entró al noviciado jesuita. Tiene dos hermanas menores con poca diferencia de edad. Confiesa que de niño “peleábamos mucho. Por supuesto, por puras tonteras, pero somos muy unidos”. Estudió en el colegio San Luis y luego Derecho en la Universidad Católica del Norte.

También en 1985, pero en Valparaíso, nació Juan Salazar. Tiene una hermana, y a sus primos los siente como grandes amigos y hermanos mayores. Cuando niño quería ser chofer de micro, pero siempre lo que más quiso era ser profesor; hasta tenía una pizarra y jugaba a dictar clases. Estudió en los colegios Arturo Edwards y Rubén Castro, y después Licenciatura en Lengua, Literatura y Lingüística, en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

LA MISIÓN DENTRO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Cristián coordina el equipo de Vocaciones, desde donde reflexiona sobre la idea del “llamado”, en que “pareciera que Dios quiere un grupo selecto. Esto le hace daño a la Iglesia. La pregunta que nos debemos hacer no es si Dios me llama, sino ¿a qué me llama?”.

En tanto, desde marzo Juan tiene el encargo de servir en el colegio José Antonio Lecaros como coordinador académico y capellán. “Ha sido un tiempo intenso, porque uno tiene que validar un liderazgo pedagógico y religioso a distancia, mientras está el objetivo de trabajar por la justicia en la educación, para que los alumnos no resientan los procesos de aprendizaje”.

EL CAMINO HACIA LA VOCACIÓN

—Cristián, ¿cuándo nace tu vocación?

No creo que haya sido un momento puntual, pero las primeras veces que me imaginé como jesuita fue en el colegio. Estuve en CVX, el Centro de Alumnos. ¡No me perdía una!, pero lejos lo que más me marcó fueron los scouts: el valor de lo comunitario, el servicio… esto tuvo una dimensión profundamente religiosa y, en algún momento, con el pasar de los años, lo que sentía desbordó por todas partes a los scouts.

—¿Tuviste otro camino para escoger?

Estudié Derecho, pensando canalizar mis anhelos de justicia y vocación de servicio, pero comencé a experimentar que Dios, de alguna manera, me pedía la vida entera, no solo los fines de semana. No hay duda que es algo complejo en el tiempo del discernimiento, el tema de las renuncias, pero creo que no lo dimensioné sino hasta que estuve en el noviciado. Allí vino un segundo sí, quizás más difícil que el primero.

Es algo dinámico, constantemente aparecen tensiones o situaciones a las que debo mirar de frente, algunas recurrentes, otras novedosas, que me invitan a volver a renunciar y por lo tanto volver a decir que sí a mi vocación religiosa. Lo increíble es que, así como hay renuncias difíciles, aparecen antiguos y nuevos modos por medio de los cuales Jesús sigue invitando y enamorando.

—Y en tu caso, Juan, ¿cómo descubriste que querías ser sacerdote?

En la época universitaria participaba de la pastoral del colegio y de una comunidad de jóvenes en la parroquia de mi barrio. Ahí comencé un acompañamiento espiritual y empecé a ir al Hogar de Cristo, me vinculé con gente en situación de calle, rezaba más, fui a retiros y participé de la Eucaristía dominical. En los Ejercicios Espirituales pude ponerle nombre a mis sentimientos e inquietudes de entrega.

—Un primer paso para ti fue entrar al seminario diocesano. Luego optaste por la Compañía de Jesús. ¿Cómo fue tu proceso de discernimiento?

Lento, porque no salí de un lado para entrar a otro. Estuve pocos meses en el seminario y salí para terminar mi carrera. Seguí mi trabajo pastoral en la parroquia, en la comunidad de jóvenes y el apostolado en el Hogar de Cristo, y empezó un camino de discernimiento que demoró varios años.

SEGUIR LOS PASOS DE IGNACIO

—Cristián, ¿qué te llamó la atención de la Compañía de Jesús?

Conocí a los jesuitas antes que a la Compañía. Me llamó la atención que me presentaron un Dios cotidiano y presente en las cosas que yo mismo hacía. También me sentí muy escuchado por ellos. Y fui conociendo las obras y su misión. Veía a los jesuitas tan distintos entre ellos. Eso me da risa, porque a veces escucho gente que dice que son todos iguales y a mí justamente lo que me hizo sentir que podía formar parte de ese cuerpo, es que son todos distintos, con sus fortalezas y fragilidades. Eso me entusiasmó, porque me vi allí.

—¿Cómo ha sido tu experiencia de estudio dentro de la Compañía?

La verdad, mucho mejor de lo que pensaba. Nunca en mi vida pensé estudiar filosofía y me resultó sumamente interesante, se me abrió el mundo. Estudiar teología fue más árido, pero siento que conozco mejor a Dios y a la Iglesia, tengo muchas más herramientas para compartir mi fe con otros. Jamás pensé que lo diría, pero no descarto seguir estudiando filosofía o teología.

—Juan, parte de tus estudios los realizaste en Brasil, ¿qué huellas dejó en ti el paso por ese país?

Brasil fue toda una experiencia, desde la samba y la caipiriña, hasta el fútbol, el trabajo educativo y los estudios de teología. Pude confirmar a un Dios que camina en la historia de la gente. Digo confirmación porque lo que ya había sido una experiencia espiritual de años, lo que venía reconociendo en mi vida apostólica, allí pude ponerle nombre con los estudios y la experiencia de la gente. Ellos me enseñaron a valorar la sencillez de la fe y a demostrarla más en los afectos, en lo cotidiano. Aprendí que la vida de fe es un proyecto de felicidad.

—¿Cómo viviste tu ordenación diaconal allá?

Fue un momento de mucha vida. De Chile me acompañó el Provincial, P. Gabriel Roblero, y recibí llamadas y mensajes de muchos compañeros. Sentí que gran parte de la Provincia estaba conmigo. Mi familia, lamentablemente, no pudo viajar, pero todos la vieron por streaming. Me sentí muy acompañado por las personas de Belo Horizonte. La sensación de que era una fiesta del pueblo de Dios se me hizo patente, porque celebramos la ordenación de los 11 jesuitas en una parroquia sencilla y la gente preparó una cena para los 500 invitados. Todos alegres, comprometidos, y uno en el medio, sintiendo el regalo profundo de Dios en la vida de las personas.

SACERDOTES DE CRISTO

—Cristián, ¿qué significa en tu vida ser sacerdote?

Por el bautismo somos sacerdotes, esto es muy importante, porque significa que todos y todas estamos llamados a hacer sagrada nuestra vida y transformarla en ofrenda. Ser cura jesuita es dedicar mi vida entera al proyecto de Jesús, intentar mostrar a un Dios preocupado de su pueblo. Dios quiere que lo reconozcan allí donde él ya ha estado desde siempre, no porque sea narciso, sino porque quiere entrar en diálogo, sencillamente porque nos ama. A mí me tocará ser como Juan Bautista, preparar el camino, ayudar a que se dé ese encuentro con un Dios que revienta las paredes de cualquier templo. Como cura quiero ser un buscador y un señalador de Dios. Para eso debo constantemente afinar el oído y la mirada.

—¿Volverías a elegir la vocación sacerdotal, Juan?

Sin duda. Ha sido un camino intenso, de recrearme, de mirar mi historia, de muchas alegrías, también de momentos difíciles. Pero la vida es justamente esa misma intensidad. La volvería a elegir, porque aquí encuentro vida que he podido compartir. Me gustaría que la gente se sintiera cómoda y nunca amenazada con mi presencia, que sintiera que estoy ahí para ellos, que uno no busca imponer visiones de mundo, sino que quiere ofrecer una propuesta que es el Reino, y un compañero que es Jesús. Un cura de lo cotidiano, de trabajo, de risas, de buena conversa.

Compartir noticia