Cárcel y violencias

Las historias de los condenados son similares. Son hombres y mujeres que desde antes de nacer internalizaron violencias que se fueron transmitiendo de generación en generación; desde sus antepasados, desde sus barrios, desde sus seres invisibilizados por una sociedad que nunca contó ni contará con ellos, desde las mil y una precariedades que vio nacer una y otra generación. Violencias que se incorporaron en sus vidas cual gen heredado y que de seguro heredarán a las generaciones futuras. Les tocó y comparten ese código y por eso son un linaje.
Comparten y transmiten violencias; las portan, las padecen y las hacen padecer; violencias que no prescriben en el tiempo y espacios geográficos; violencias que se acumulan en sus almas y que se saldan sólo con la muerte.
Estos hombres y mujeres encerrados en las cárceles chilenas no fueron condenados después de un delito, sino que cargan la condena que imponen las privaciones de derechos, de pertenencias sociales y de identidades personales. Todas ellas se acumulan y se transmiten. Por lo mismo, la privación de libertad es sólo una de tantas otras. Pasar por la cárcel de tiempo en tiempo y encontrarse en ella con parte de su linaje y de su historia no es una excepción, es lo habitual.
Por respeto a las personas con las que hoy comparto mi vida, usaré otros nombres para hablar de ellos y ellas. Recuerdo a la Julia, de 25 años, llena de vida e ilusiones. Estuvo 3 años y medio presa y durante ese tiempo compartió la cárcel con su mamá ya bastante mayor, su hermana más joven que ella y su papá que quedó ciego como consecuencia de la diabetes. Todos fueron saliendo en distintos momentos, pero Julia fue la primera en recuperar la libertad. Se despidió de su mamá y hermana que estaban en la misma cárcel, hizo su maleta y puso dentro de ella muchas de las ‘nuevas’ habilidades y competencias, entre ellas la fe, que le habíamos entregado durante su tiempo de privación de libertad para que se ‘re-insertara’ en la sociedad. Salió feliz, ilusionada y con el compromiso de que ‘afuera’ seguiríamos trabajando en lo que había ‘aprendido’ en la cárcel. Pero su primera noche de libertad, de esa de querer elegir el propio destino le duró poco; sólo bastaron dos balazos en sus manos para hacerle recordar quien era y a quienes pertenecía.
Ana, la fui a ver a su casa hace un par de semanas. Lleva dos años en libertad. Su historia: al igual que Julia estuvo presa por microtráfico de pasta base (un sucedáneo barato y de mala calidad de la cocaína). El microtráfico le daba de comer a ella y a sus dos hijos; no era un narco colombiano o mexicano de grandes fortunas e influencias, sino que una mujer pobre, abusada desde pequeña, casi analfabeta y con tres hijos. Como es habitual en los sectores pobres de Chile, el padre de sus primeros dos hijos se fue, la abandonó. Y el padre del tercero murió; nunca supo de qué murió porque en el hospital público le dijeron que era una enfermedad desconocida
Pero ella microtraficaba, era su tabla de salvación y a la vez su delito; movía pequeñas cantidades de droga de un barrio a otro y por ese movimiento (burrera) recibía unos 900 dólares al mes. Con eso, más su trabajo esporádico en un frigorífico alimentaba a sus hijos. Hoy no microtrafica sino que sólo trabaja esporádicamente en el mismo frigorífico. Hoy no le alcanza para comer. Hoy me pregunto por qué le dije que microtraficar era malo, quién me dio esa autoridad, esa verdad. Hoy me pregunto, para quien trabajo.

Internos trabajando en los “Espacios Mandela”, instancias de formación técnica y humana en vistas de la reinserción social.

Cuando la conocí en la cárcel la invité a participar de un curso de gastronomía que daba Infocap, una de las grandes obras sociales de la provincia chilena que capacita laboralmente a personas en situación de extrema pobreza. Infocap tiene dos grandes cedes, una en Santiago y otra en Concepción con una matrícula de unos tres mil alumnos/as al año. El 2011 re-iniciamos la apertura de pequeñas sedes en algunas cárceles, presencia que había comenzado en los años 90 pero que por distintos motivos terminó para comienzos del 2000.
El 2011 volvíamos a la cárcel, a la femenina de Santiago con un curso de gastronomía. Ahí nos conocimos con Ana, siendo yo rector de Infocap y ella parte de la primera generación. Me llamaba la atención su rostro entristecido como si cargara con una pena de siglos, su silencio que parecía esconder una culpa desconocida, su amasar lento la harina con el agua y la levadura, como si el tiempo no existiera. Poco a poco nos fuimos conociendo y poco a poco comenzó a hacer esas preguntas para las que los jesuitas nunca fuimos formados: “padre, ¿por qué me tocó esta vida, por qué Diosito está enojado conmigo; padre, qué pecado estoy pagando?
Ni ella ni yo teníamos la respuesta, pero ella sabía que cargaba con un estigma que no le pertenecía, que le robaba su identidad y que le impedía pertenecer a eso que llamamos sociedad. Nunca supe responder a sus preguntas, pero un día oí decirle a uno que trabaja conmigo algo que con frecuencia se escucha por estos lados del sur del planeta, que su mal, su estigma, esa violencia que heredaba sin saber por qué “era porque dios le tenía algo preparado”; algo así como si Dios le regalaba esa vida  porque Él la había elegido para algo especial.
Su vida, la de su madre, la de su abuela y la de sus antepasados, todas iguales, todas reproduciendo una y otra vez las mismas violencias. Violencia de ausencia de derechos sociales, violencia de lo mínimo indispensable para la dignidad humana, violencia de falta de felicidad, de paz, de quietud. Todas esas vidas marcadas con el estigma de ‘haber sido elegidos para algo’ sin saber por qué. El estigma que persigue por cientos de años, el que no prescribe, del que no se pueden liberar.
Actividades de la Pastoral Penitenciaria en Navidad.

El estado de Chile persigue a Julia, a Ana, a Enrique y a Hernán. Persigue la delincuencia, pero pone la mira particularmente en este grupo humano que comparte una misma historia, y por qué no decirlo, unos mismos rasgos físicos. No justifico en absoluto el más mínimo acto delictual y nuestra primera fidelidad siempre debe ser con la víctima, pero la contemplación de la encarnación de los EE nos mueve a no ser ciegos y sordos a la realidad: en Estados Unidos los encarcelados son principalmente los ‘afro-descendientes’ y en Chile los ‘vulnerados-descendientes’ o ‘invisibilizados-descendientes’. En simple, en USA y en Chile, los ‘pobre-descendientes’.
Las historias de vida de la mayoría de los encarcelados en Chile, es similar. Provienen de grupos familiares muy pobres, de padres ausentes y madres sacrificadas. Desertaron de la escuela o nunca fueron a ella y rápidamente abandonaron el hogar o ingresaron en hogares de custodia estatal. Consumidores tempranos de alcohol y drogas y gran parte de las mujeres presentan historias de abuso sexual y embarazos precoces. Son violentos en sus palabras, en su relaciones; violentos con sus cuerpos y con los de otros. Pareciera que crecen con una relación distinta con la muerte, como si no le tuvieran miedo a vivirla o hacerla vivir. Estas violencias de generación y de cuna, se reproducen y agudizan en el espacio carcelario. La cárcel es más de lo mismo, es un espacio que no repara el daño sino que sólo lo ahonda. La cárcel es más ausencia, en definitiva más venganza. La cárcel es violenta porque reproduce las violencias.
En Chile, los privados y privadas de libertad se agrupan dentro de la cárcel por sus lugares de origen, por familias, por afinidades a equipos de fútbol… se agrupan con otros con quienes creen compartir algo más que el “linaje” que los une inconscientemente. Gendarmería, los custodios estatales tiene el control de las cárceles, no hay espacio donde no pueda entrar y cuando hay que poner orden, lo ponen. Pero saben que en la ‘cana’ hay ciertos códigos que se deben respetar, por ejemplo: cuando llegas a cumplir la condena y antes de ingresar, lo primero que preguntan es ¿dónde esta tu familia, tus parientes? El preso responde, en la Galería 5; entonces para allá es enviado. Ellos se agrupan y Gendarmería los agrupa con los suyos, con los de su linaje más próximo.
Constantemente entran en conflicto entre ellos/as para defender los hacinados espacios carcelarios, el poder conquistado, para someter e imponer. La violencia intra-muros, brutal, cobra muchas vidas y refleja esas otras violencias que se da en la calle. Los altos y gruesos muros de la cárcel no logran impedir que lo que ocurre “afuera” no repercuta dentro, y lo que ocurre “dentro”, no repercuta fuera. Como si la cárcel y la calle fuera una misma realidad, un mismo todo en el que ocurren las mismas cosas.
Reos armados de “lanzas” en el óvalo de la Penitenciaría.

Los hechos que violentan el espacio carcelario son hechos del pasado, hechos que vienen de la calle, hechos que traspasan los muros en una y otra dirección. En la “cana” (la cárcel) los delitos no prescriben, se saldan con la vida y la muerte; así se deja en paz el presente y el pasado. Un día, estando en el óvalo, el patio común de las ‘galerías’, un grupo de ‘perros’ (internos armados enviados por los jefes a defender espacios y autoridades caneras) bajaron velozmente de una de las galerías y mataron con un par de lanzas al ‘rata’. El Rata, era un buen amigo; de unos 30 años, pobre, muy pobre que estaba aprendiendo a leer y escribir en el Espacio Mandela, espacio de la iglesia católica en la que se entrega, sin ninguna discriminación, capacitación laboral, alfabetización, intervención psico-social y trabajo intrapenitenciario a internos refractarios, violentos y mutireincidentes. El Rata había comenzado a asistir a clases de alfabetización. Le tenía cariño, lo veía con su cuaderno de caligrafía aprendiendo a escribir su nombre. Cuando lo logró, se emocionó y corrió a mostrarme  su hazaña. Lo abracé. Fue la última vez hasta cuando lo hice estando muerto en medio del óvalo.
Cuando subí a la galería del Rata a conversar con sus amigos, lo hice con una custodia de 5 gendarmes. No siempre un civil entra en las galerías. Entramos hasta el fondo, donde vive el jefe con sus custodios. Los gendarmes se quedaron 5 metros atrás y conversamos. Lo único que recuerdo de la conversación, es la pregunta: padre, ¿por qué siente pena por la muerte del rata? Nuestra vida es así, sólo tenemos presente. Terminó la conversa, bajé de la galería, los custodios me dejaron en un lugar seguro y pensé que tenían razón. Era verdad, en ese mundo sólo hay presente. Nada más.
La Penitenciaría de Santiago es el penal más grande del país y con los mayores niveles de violencia; alberga a más de cinco mil hombres. Aproximadamente el 50% de ellos vive en lo que se llama ‘las galerías de la Peni’. Son doce galerías y en cada una de ellas viven unos 200 hombres. Cada galería tiene 40 celdas, veinte en un lado, veinte en el otro, separadas por un pasillo de unos dos metros y medio. Todas las galerías desembocan en el ‘óvalo’, el patio común en el que se busca la justicia milenaria.
Las celdas de una galería que están más cerca del óvalo presentan altos grados de hacinamiento; y a medida que las celdas se alejan del óvalo, el hacinamiento disminuye. En otras palabras, en una galería viven los de una misma familia o los de una misma comuna, sin embargo en ella también se dan relaciones violentas que someten a unos a favor de otros. A modo de ejemplo, en las celdas más expuestas al óvalo viven 7 o 10 personas en una espacio de 2 por dos metros, por cuatro de altura; pero en la última celda, la más alejada del óvalo, vive uno, el que manda, el jefe. En las primeras celdas viven los que obedecen, los que hacen ‘favores sexuales’, los que limpian los pasillos y celdas, los que lavan la ropa y defienden la galería de los ataques de otras galerías. Protegen al ‘ficha’, al jefe. La violencia no sólo se da con otros, sino que también entre ellos.
En muchas partes del mundo, la Compañía de Jesús está presente en esta compleja fractura social. Estamos ahí, sin saber que se debe hacer, sin saber qué decir. No conocemos ese mundo y nunca lo conoceremos; desde esa ‘ignorancia’ cuando eco me hace la trilogía del sector social de la Compañía, ‘encarnación – reflexión – incidencia’. Sin encarnación, sin el estar gratuito, sin el olor a oveja impregnado en nuestra alma, no hay nada que hacer ni decir. El primer paso, el que más nos cuesta, es el determinante en esta historia de abajamiento.
Desde nuestra ignorancia, estamos llamados a estar ahí, simplemente a estar en ese lugar donde está en juego la vida y la muerte. Estamos para sentir el dolor humano, hondo, seco y profundo que acarrea la pobreza, marginación y exclusión. Estamos para dejar caer nuestras verdades, para dejar de pontificar acerca de lo que hay que hacer; estamos para dejar de lado el poder, la fama y la gloria.
Termino: ¿Todos los pobres son delincuentes? No. ¿Todos los delincuentes son pobres? Si. La cárcel nos enrostra el dolor de la ausencia de la misericordia humana, las consecuencias del modelo político – económico – religioso de desarrollo, el sin sentido de la pobreza, del abuso, de la riqueza y de la religión desapegada de la vida humana.
La cárcel es la cárcel. Es el relave minero, la materia radioactiva del desecho que ilumina nuestros hogares. La cárcel es violencia, son violencias heredadas desde cientos de años, de generación en generación. ¿Es posible la vida en este espacio de muerte?
Es posible y por eso estamos ahí.


Artículo publicado originalmente en la Revista Promotio Iustitiae Nº 123, editada por el Secretariado para la Justicia Social y la Ecología de la Compañía de Jesús

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