Cuarta Semana de Adviento, Navidad

La cuarta semana del Adviento en este año, se limita al domingo que la inaugura y a la mañana del lunes 24. Por la tarde, con la Vigilia, ya comenzamos a celebrar la Navidad.
Este domingo nos pone en la inminencia de la llegada del Señor: María se levanta (en griego es la misma palabra que se usa para designar la resurrección) y va sin demora hacia la montaña de Judá, entra en la casa de Zacarías y saluda a Isabel: va a recibir el signo que el ángel le ofreció. Es portadora de la alegría de la salvación y esa alegría se desborda en la escena que nos narra el evangelista: Se alegra Juan, se alegra Isabel, y María cantará más adelante las hazañas del Señor en favor de los humildes y excluidos. Así, ambas mujeres que acogen con alegría la Buena Noticia, parecen prenunciar a las que serán testigos de la resurrección.
Las lecturas previas de la mesa de la Palabra – la profecía de Miqueas que relaciona al niño que nacerá con Belén, de donde procede la familia de David y el texto de la carta a los Hebreos que describe el misterio de la Encarnación-, nos preparan a aceptar el plan desconcertante de Dios: la obediencia del Hijo, que llegará hasta la Cruz nos santifica.
La misa del lunes se centra en el cántico de Zacarías, que, en el nacimiento del Bautista pregona la inminencia de un nuevo amanecer: El Sol que nace de lo alto iluminará a los que yacían en tinieblas y en sombras de muerte. De esta manera, se anuncia el cumplimiento de la promesa hecha a David: El Señor mismo le levantará una casa eterna.
Hemos vivido un año eclesial con poca paz; mejor dicho, con bastante dolor y desconcierto. Isabel y María nos predisponen a acoger con esperanza al que se hace Dios-con-nosotros. Reconozcamos que, como institución eclesial, tenemos mucho que aprender de los criterios de Dios para que podamos ser mejores testigos y colaboradores del plan de Dios.
Dispongámonos, entonces a escuchar con esperanza y deseos de conversión lo que la Palabra del Señor nos dirá en la noche de Navidad: Isaías nos anuncia el triunfo del Rey de la paz sobre los instrumentos de guerra y opresión: se rompen los yugos; se queman las botas que pisoteaban con estrépito… Y Pablo en la carta a Tito nos dice que ese momento ya llegó. Pero no ha llegado a imponerse por la fuerza de un ejército más poderoso: ha llegado en la impotencia del niño recostado en el pesebre y envuelto en pañales.
Precisamente porque nació en la indigencia y en la exclusión es buena noticia para todos los excluidos: los que lo son por motivos económicos y los que excluimos por nuestros prejuicios, nuestros dogmatismos, nacionalismos, racismos, etc…
Para encontrarnos con Dios no tenemos que subir al cielo, ni siquiera a una montaña: debemos bajar, debemos seguirlo por el camino que comienza en Belén y, por el Calvario, nos abre las puertas de la gloria eterna.

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