Cuarto Domingo de Adviento y Navidad

El ciclo B del Leccionario Dominical nos hace contemplar y  meditar generalmente el evangelio de san Marcos. Pero, como éste es el más breve de los evangelios, hay ocasiones en que se toman textos de los otros evangelistas. Fue el caso del domingo tercero, en que leímos parte del capítulo I de san Juan, y es también lo que ocurre en el domingo cuarto, donde nos encontramos con el relato de la Anunciación, del evangelio de san Lucas.

Nuestra contemplación de la escena este domingo viene enmarcada por la promesa del Señor a David, por medio de Natán: “El Señor mismo te hará una casa”. En un tiempo en que necesitamos escuchar las palabras del ángel a María: “Alégrate”; “No temas”, porque la situación eclesial y mundial nos entristece y atemoriza, el oráculo de Natán viene a recordarnos que no somos nosotros los que construimos el Reino, sino que sólo lo preparamos y esperamos… El Señor, nuestro Padre,  es quien nos construye la casa (cf. Salmo 127 [126]). Por eso, podemos darle gloria y cantar su alabanza, como nos invita a hacerlo san Pablo en los últimos versículos de la carta a los Romanos.

En la sencillez y pequeñez de Nazaret se comienza a realizar ese designio misterioso del amor de la Trinidad que ‘hace redención del género humano’, como indica san Ignacio en la contemplación de este misterio [EE.EE, 107].

En la tarde de este domingo, ya se nos invita a entrar en la gran fiesta de la Natividad, el segundo polo del año litúrgico. En ella, la Iglesia parece invitarnos a permanecer en la comunidad, contemplando el misterio de Dios hecho niño. Al atardecer, se nos anuncia la inminencia de la llegada: “Hoy sabrán que el Señor vendrá y nos salvará, y mañana verán aparecer su gloria”, nos advierte la antífona de entrada. Luego, Isaías (62)  anuncia el inminente desposorio de Dios con su pueblo, que también escuchamos proclamado por san Pablo en un discurso en Antioquía de Pisidia (Hch. 13). Por último, el capítulo I de san Mateo nos muestra las raíces familiares de Jesús, terminando con la mención de su nacimiento tras haber narrado el anuncio, en sueños, del Ángel a José.

Para el misterio mismo del Nacimiento, el día 25 se nos ofrecen tres esquemas de Misas: para la Medianoche, la Aurora y el Día claro. Una tradición romana que la Iglesia ha conservado. Primero, nos hace contemplar el nacimiento de Jesús en Belén, anunciado como el nacimiento del Mesías a los pastores, ante quienes los ángeles aclaman la gloria de Dios y anuncian la paz para todos los seres humanos. En la misa de la Aurora, acompañamos a los pastores en su llegada al establo, donde encuentran al recién nacido acostado en el pesebre, tras lo cual regresan a sus tareas alabando y glorificando a Dios, por lo que habían visto y oído. En la tercera Misa, el evangelista san Juan, precedido por un anuncio de Isaías y una reflexión de la carta a los Hebreos, nos hace tomar conciencia del misterio de la Encarnación, que nos revela la audacia amorosa de Dios, que ha venido a tomar nuestra carne para llevarnos con Él. ¡Qué bueno es que Él esté con nosotros!

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