Décima octava semana del tiempo durante el año

Comentario a las celebraciones litúrgicas de la décima octava semana del tiempo durante el año.

En el primer día de esta semana, se da la coincidencia (“ocurrencia” en vocabulario litúrgico) de la memoria de san Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, con el domingo. De acuerdo con las normas de la Iglesia universal, la celebración del santo fundador de un instituto religioso tiene el carácter de Solemnidad. Por eso en las iglesias y templos de la Compañía se usarán los textos litúrgicos y bíblicos de la misa de san Ignacio. Pero esa fiesta se omite en otras iglesias y comunidades.
En todo caso, los textos de la mesa de la Palabra en el 18º. domingo resultan muy apropiados para evocar a san Ignacio. Porque nos hablan seriamente de nuestra relación con los bienes terrenos. Todas esas cosas que hay “sobre la haz de la tierra”, son creadas para que nos “ayuden en la prosecución del fin para el que somos criados” [EE. 23], y no para que  pongamos el objetivo de nuestra vida en ellas, como el rico “insensato” que vemos en el evangelio de este día. Y escuchamos a Jesús con el trasfondo desencantado del sabio Cohélet: Todo es vanidad. Con ellos, Pablo nos advierte que la avaricia es una forma de idolatría, mientras nos invita a buscar los bienes del cielo y no los de la tierra, despojándonos del hombre viejo, para renovarnos constantemente según la imagen de nuestro Creador.
San Ignacio llama a esto ‘indiferencia’. Y es sinónimo de libertad: es no quedar esclavizados a los bienes materiales, ni otro tipo de bienes; es ser como Jesús, que no tenía dónde reclinar la cabeza y nos da ejemplo de vivir para los demás, haciendo el bien, sin preocuparnos por qué hemos de comer, ni de qué vamos a vivir, sabiendo que el Padre que alimenta a las aves del cielo y viste a las flores del campo, nos dará todo lo que necesitemos. Es la misma actitud del “Nada te turbe…”, de santa Teresa. Y ese “Sólo Dios basta” es la actitud que nos permite enfrentar al fanatismo  y no temer al terrorismo. Es la actitud con la que el profeta Jeremías, en el leccionario ferial de esta semana, no teme ser considerado traidor a su pueblo, por anunciar el desastre inminente de Judá ante Babilonia. Y, luego, consumado el cautiverio, podrá consolar a los cautivos, profetizando la Nueva Alianza que se escribirá en los corazones y llevará al conocimiento íntimo de Dios.
En la semana, tras las parábolas del Reino, san Mateo nos introduce en el centro del ministerio de Jesús: Después de la muerte del Bautista, se retira a un lugar solitario, pero la muchedumbre que lo sigue suscita su compasión, que se manifiesta en la primera multiplicación de los panes. Luego se nos invita a centrarnos en el grupo apostólico, que va abriéndose progresivamente a reconocer quién es realmente su Maestro. En el centro de la semana contemplaremos la confesión de Pedro y su subsiguiente rechazo de la cruz,  que le merecen, primero el anuncio de su misión y luego la fuerte reprensión y llamado al discipulado. Avanzamos así, por coincidencia, al ‘misterio’ que clausura esta semana, y que escucharemos según san Lucas: la fiesta de la Transfiguración del Señor, que se celebra, de acuerdo con el calendario santoral, el 6 de agosto.
El santoral nos propone diversos testigos de la alegría del Evangelio en esta semana. Fuera de san Ignacio de Loyola, cuya memoria resulta impedida fuera de los templos de la Compañía , el lunes 1 de agosto se recuerda a san Alfonso María de Ligorio (1698-1787), fundador de los Redentoristas, obispo, doctor de la Iglesia , patrono de los moralistas y confesores. El martes 2, mientras el calendario general recuerda a  san Eusebio, obispo de Vercelli (+371) defensor  de la fe ortodoxa en la querella arriana, y a san Pedro Julián Eymard, fundador de los sacramentinos (+1868), la Compañía de Jesús celebra a san Pedro Fabro (1506-1546), primer presbítero de la Orden ,  que con Ignacio y Francisco Javier constituyen la comunidad fundacional. El 4 se recuerda a san Juan María Vianney, cura de Ars, patrono de los párrocos y de todos los presbíteros (+ 1859). El 5 se celebra la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, donde san Ignacio celebró su primera misa, y la  que el papa Francisco visita al partir y regresar de cada viaje apostólico.

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