Por Juan Díaz SJ.

Para muchos de nosotros cuando pequeños lo importante en Navidad era prepararse para abrir los regalos. Hasta el día de hoy personalmente experimento una “deliciosa” ansiedad cuando alguien me entrega un regalo, y mientras duran los minutos o segundos que empleo para romper el papel o el cartón en el que viene envuelto. Es el consuelo de las sorpresas. Es el misterio rodeado de papel de regalo y de cariño que aparece ante nuestros ojos y que nos asombra. Recuerdo a este respecto la canción de Silvio Rodríguez que dice: “uno siempre vuelve a los sitios donde amó la vida”. Abrir un regalo y sorprenderse nos permite traer a la memoria del corazón aquellos momentos en que amamos la vida naturalmente y sin complicaciones. Navidad tiene mucho de eso.

Precisamente Navidad es sorprenderse y asombrarse del gran regalo que Dios trae para nosotros. Para quienes estamos cansados de problemas, o aburridos, o temerosos de los conflictos que se suceden a nuestro lado, o para quienes planificamos excesivamente todo, o para quienes hemos olvidado de sonreír y llevamos “cara de funeral”, o para quienes el amor se les ha cansado, la Noche Buena nos trae un mensaje, un regalo, que en cierto modo desordenan los criterios con los que vivimos. El mensaje es que nos nace un niño. Éste es el regalo que sorprende: un Dios niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Este niño débil, que llora como lloran todos los niños, es el creador del cielo y de la tierra, y en Él se esconde una fuerza eterna. El mensaje es pues que en lo débil en donde definitivamente reside la fuerza verdadera.

Navidad nos invita a amar lo simple, lo sencillo y lo débil. A la vez que nos invita a envolvernos en papel de regalo y a regalarnos a los demás, de modo que también nosotros mismos nos convirtamos en sorpresas gratas para los que están a nuestro lado.

Mientras hoy en nuestro país, en la Iglesia y en la Compañía de Jesús sufrimos la sombra del fracaso, del desaliento y de la desconfianza; pero, al mismo tiempo, observamos que se levanta un grito de mayor justicia social, estamos llamados en esta Navidad a no sucumbir a la amargura, a disponernos a servir de mejor modo, a abrirnos a la esperanza y tiempos mejores, y así acoger la suavidad y dulzura de Dios.

Por otro lado, Navidad es el misterio de la luz. Así como en estas semanas aparecen con más intensidad las mariposas nocturnas o polillas que revolotean en torno a las luces de nuestras casas, también a nosotros se nos invita a buscar la luz, a revolotear en torno a ella. No hay que olvidar que los pastores se acercaron al pesebre envueltos en una luz. Luego los magos llegados del Oriente visitaron al Niño también guiados por una estrella luminosa. La luminosidad enciende la alegría, sepulta el pesimismo, la desconfianza, el dolor y la desilusión. Probablemente este es el sentido que en nuestras casas y calles se encienden luces de todos los colores. Por eso me gusta leer a Neruda cuando en su “Oda a la luz encantada” escribe lo siguiente: “La luz bajo los árboles, / la luz del alto cielo. / La luz verde enramada / que fulgura en la hoja / y cae como fresca arena blanca. / Una cigarra eleva su son de aserradero/ sobre la transparencia. / Es una copa llena de agua el mundo”.

Para Ignacio de Loyola Navidad era un tiempo muy especial. Postergó un año y medio desde la ordenación sacerdotal el celebrar su primera misa porque quería hacerlo en el mismo lugar en que nació el Niño. Era el enamorado que quería estar presente muy cerca de lo que amaba, y que quiere ver y tocar. El misterio del nacimiento de Jesús le llenaba el corazón. Muestra de ello es la rica contemplación que propone durante la segunda semana de los ejercicios espirituales. Al que hace los ejercicios se le invita a mirar a María, a José y al Niño haciéndose, el que contempla, “un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades”. Es una muestra más que hay que hacerse sencillo y disponible, y que hay que disponerse a servir. La culminación de esta contemplación es finalmente llegar a gustar “la infinita suavidad y dulzura de la divinidad” (EE 124).

Mientras hoy en nuestro país, en la Iglesia y en la Compañía de Jesús sufrimos la sombra del fracaso, del desaliento y de la desconfianza; pero, al mismo tiempo, observamos que se levanta un grito de mayor justicia social, estamos llamados en esta Navidad a no sucumbir a la amargura, a disponernos a servir de mejor modo, a abrirnos a la esperanza y tiempos mejores, y así acoger la suavidad y dulzura de Dios.

Foto:De Gerard van Honthorst – The Yorck Project (2002)

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