Columna publicada en Vocaciones Jesuitas Chile

El mes de peregrinación es la experiencia con la cual los novicios jesuitas culminamos la primera etapa de la formación de dos años llamada Noviciado. Este mes – pensado por San Ignacio desde su propia vivencia – tiene como objetivo hallar y encontrar a Dios confiando en su providencia y su gracia, e ir descubriéndolo en la cotidianidad y el despojo de nuestras seguridades; desde el vestir, hasta el comer o tener un lugar donde dormir. Sin teléfono, sin dinero y la incertidumbre del día siguiente, mas, con la esperanza puesta en Dios y los ojos abiertos para ver en la ruta lo que nos tenga preparado.

Desde el pasado 03 de enero, hasta el día 28 de mismo mes, nos dispusimos a realizar nuestra peregrinación desde la comuna de Lonquimay con destino a Cunco en la región de la Araucanía, donde nuestro modo de proceder fue ofrecer nuestras manos al trabajo con las personas de las diferentes localidades por un plato de comida y un lugar donde poder dormir. Nos quedábamos como máximo tres días en alguna casa, luego de eso, volvíamos a partir. Nunca cobramos dinero, y cuando lo recibíamos, lo regalábamos en el camino. Nuestra ruta fue completamente a pie (poco más de 200 km.), a pesar que en el camino algunas personas se ofrecían a llevarnos. Generalmente encontrábamos trabajo, por ende, comida y alojamiento, sin embargo, no pocas veces no encontramos nada y nos tocó abrazar la intemperie, el frio y a veces el hambre.

Fue un tiempo intenso, cargado de diferentes situaciones y emociones. Llenas de rostros, familias y lugares que fueron haciendo de nuestra experiencia el lugar propicio para buscar a Dios en lo personal y en lo comunitario, en lo mucho y en lo poco, en el calor y en el frio, en la “guatita llena” y en el hambre, sin embargo, en todas experimentábamos ese “corazón contento”. En cada búsqueda personal de Dios no podíamos dejar de lado la búsqueda comunitaria, donde correspondía dejar de lado nuestro propio querer e interés permitiendo que Dios hablara y así poder escucharlo con mayor claridad y libertad tras la huella de su paso.

Tuvimos la gracia de experimentar al Dios que se manifiesta en cada persona que nos recibía con abundancia y cariño. Cariño que se hacía mutuo y crecía a medida que pasaban los días que nos quedábamos en cada casa para ayudar en lo más que pudiéramos, compartiendo nuestras vidas en el trabajo, en la mesa y en las buenas conversaciones que nos unían a las duras realidades de cada persona y familia.

También fuimos testigos del Dios que se manifiesta en la austeridad, y nuestro desafío fue encontrarlo en la soledad de los kilómetros a pie o en las puertas que se nos cerraron al buscar trabajo y comida, y en las noches en las plazas o veredas. Un Dios menos visible, pero que sin lugar a dudas está presente y probablemente es donde más nos espera; en la renuncia, en la austeridad, en el silencio y en los ratos muertos.

Ciertamente Dios se encarga por medio de estas experiencias de ir confirmando la vocación y el llamado a caminar con él y desde él en situaciones y realidades concretas. Son las muestras de enorme generosidad de la gente las que me revelan un Dios que me espera con los brazos abiertos y siempre con un puesto en la mesa. También son los espacios de mayor dureza y austeridad, donde Dios me sigue mostrando caminos de mayor desapego para poner la confianza únicamente en él y pidiendo solo su amor y gracia.

Confío plenamente en que Dios no esconde su rostro a quien lo busca con sinceridad y libertad. Eso ha sido para mí esta experiencia.

Diego Salinas Almonacid, nSJ.

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