Queridos hermanos y hermanas, jesuitas, compañeros y compañeras en la misión, queridos miembros de la familia ignaciana,

La Navidad nos ofrece la oportunidad de encontrarle sentido a las dificultades que toda la humanidad ha vivido durante este año 2020 que parecen no tener fin. La pandemia del COVID-19 aparece en primer lugar, pero no puede hacernos olvidar las consecuencias de las guerras o los distintos rostros de la violencia. Tampoco las desigualdades que dejan millones de niños y niñas sin comida, sin escuela o expulsan millones de personas de sus hogares para migrar en busca de una vida mejor.

La Navidad no oculta las dificultades sino que nos permite verla con ojos nuevos y despertar nuestra sensibilidad a los abundantes testimonios de vida que surgen en medio de la tormenta. Al contemplar al niño Jesús, Dios encarnado, nacido en la periferia del mundo, se nos abren los ojos a la grandeza de los pequeños acontecimientos y escuchamos la invitación a seguir el camino iniciado por María, José y Jesús. Invitación a convertirnos en artesanos del mundo nuevo. Artesanos de la fraternidad y de la Paz.

El nacimiento de un niño o una niña es, en todas las culturas y todos los tiempos, fuente de felicidad para quienes lo reciben como don de vida, incluso en medio de las tensiones creadas por las enfermedades, los desastres naturales, las injusticias o la pobreza en cada época de la humanidad. Con los recién nacidos se renueva la Esperanza y las ganas de construir un futuro mejor que el presente.

El nacimiento de Jesús sella el compromiso de amor entre Dios y la humanidad. El nacimiento del niño-Dios, celebrado año tras año, mantiene nuestros corazones abiertos a la posibilidad de «ver nuevas todas las cosas» porque hacemos nuestra la mirada de Jesús sobre las personas, los pueblos y sus culturas.

José y María sean nuestros maestros y guías al encuentro de Jesús. José y María nos ayuden a ver la realidad desde su experiencia del Dios que se manifiesta de manera insospechada porque para Él nada es imposible.

Que la Navidad atraiga la mirada de cada uno de ustedes a la maravilla del Dios encarnado en la belleza de un niño nacido para liberar la historia humana del egoísmo y la opresión. Que nos abra los ojos para ver al Dios Encarnado en todas partes, en el corazón del mundo, y que también nos invite a elevar nuestros ojos al cielo en agradecimiento por la Encarnación, la presencia del Emmanuel, Dios entre nosotros.

¡Feliz Navidad!
¡José y María los acompañen!
¡El buen Dios los colme de bendiciones!

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