Por Samuel Yáñez Artus 

En una reciente entrevista realizada por Cristián Warnken, Jaime Mañalich sostuvo: “Creo que es el tiempo de los filósofos”. Una consecuencia inmediata de esas palabras fue una conversación interesante entre dos filósofos y una filósofa. Fue un diálogo breve, apurado para gustos filosóficos, ciertamente a causa del formato que impera en la televisión. Las palabras del ministro se irán con las hojas del otoño. Mientras ello sucede, podemos aprovechar la ocasión para preguntarnos: si es verdadera la creencia del ministro, ¿por qué sería ésta una hora propicia para la filosofía? ¿En qué hora estamos? 

Estamos en un tiempo necesitado de pensamiento. La crisis que vivimos es honda: ya no seremos los mismos, se escucha decir. Se experimenta una necesidad, la urgencia de hacerse cargo, el advenimiento de una reconfiguración individual y social. A la luz del problema ecológico, el horizonte se cubre de nubes negras y malos presagios. La pandemia trae cambios en las formas  de trabajar y de enseñar. En Chile, ella deja aún más patente la necesidad de repensar y renovar la base constitucional, el rol del Estado, la seguridad social, el criterio y las vías de distribución de los recursos.

Estamos sintiendo, a la vez, la falta de Estado y los peligros del control social. La crisis nos empuja hacia dentro y hacia fuera. Hay tanta necesidad, vulnerabilidad y vulneración, que uno quisiera poder hacer algo más y entregarse a la actividad. Pero también hay un movimiento hacia el interior, una especie de distanciamiento sin distancia, para sentir y aquilatar la profundidad de lo que pasa, sus raíces y posibilidades. La realidad nos impacta y parecen faltar las disposiciones para responder adecuadamente. La vida humana es apertura al mundo, interior y exterior parecen encontrarse. No podemos vivir en sola alteración, hipnotizados por la exterioridad. Lo humano implica una interioridad, un volverse hacia dentro, una escucha interior (pensamiento) para una acción adecuada. 

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Vamos haciéndonos conscientes que la crisis social y pandémica en Chile no es solo un estallido, ni algo momentáneo; es más que eso. Se ha desocultado una realidad que parecía no estar (para algunos): “hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia”. En Chile y en el globo. No es algo que simplemente está ahí, es algo que hemos producido.  Queda patente, con luz cegadora, que no estamos en la misma nave. Aunque el virus nos recuerda que entre barco y chalupa hay tejida una red invisible. Vamos juntos y separados. El entramado de la crisis nos aleja y nos acerca, devela la conexión y la rotura.

Lo mismo sucede con nuestra relación con lo natural: el virus acerca y distancia a la especie humana del medio natural. “Es necesario que los que hablan con juicio se apoyen en lo que es común a todos, como una ciudad debe apoyarse en la ley, e incluso con mayor firmeza” (Heráclito de Éfeso, fragmento 114). Esta sentencia es del siglo V antes de Cristo. ¿Qué es lo común, aquello en que tienen que apoyarse quienes hablan? ¿La avidez del winner o la fragilidad común? ¿La certeza aferrada o la incertidumbre compartida? ¿El modelo atesorado o la apertura de realidad? ¿Cómo ocuparse de lo común sin ocuparse de las “mayorías empobrecidas” (Ignacio Ellacuría) y del planeta enfermo por el avance del antropoceno? A nivel global y nacional, la palabra humana parece aún lejos de lo común. 

Si es hora de filosofía, entonces es hora de conversación. Quien dialoga, reconoce los límites de su propia perspectiva y está disponible a la revisión. No hay diálogo sin esta actitud. Esto no asegura necesariamente un acuerdo, pero sí al menos puede arrojar luz sobre los disensos, contribuyendo a la gestación de un terreno común que impida lo inaceptable. La actividad filosófica puede aportar preguntas radicales, cuestionamiento de los supuestos, una visión de fines y marcos ético-políticos, pero se trata de un aporte y una visión. Si es hora de filosofía, es hora para los más diversos saberes y disciplinas. Han de entrar en la conversación, equilibrando las tendencias hegemónicas que suelen acechar a las diversas perspectivas. Para que la visión no se convierta en unidimensional (Marcuse), o deje de ser unidimensional. 

Aristóteles, siguiendo a Platón, sostuvo que la filosofía tiene su origen en la admiración. Quien se admira se ha encontrado con un problema que pone en crisis su existencia, reconoce su ignorancia y no puede más que ponerse a pensar. 

Estimado lector, ¿qué piensa usted? ¿Será hora de filosofía? 

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