16ª. Semana del tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia desde el domingo 21 al sábado 27 de julio.

Tras habernos mostrado, en la parábola del “Buen Samaritano”, lo que hay que hacer para “heredar la vida eterna”, Lucas nos muestra a Jesús entrando al pueblo y la casa de Marta y María, tal vez para evitar que nos quedemos con la idea de que esa “vida eterna” hay que ganársela a pulso, “inquietándonos y agitándonos” por los tantos tipos de heridos que encontramos en el camino de nuestras vidas. “Una sola cosa es necesaria”: encontrarlo a Él y hacernos sus discípulos y discípulas, como María, la hermana que no quiere perderse ni una sola palabra del Maestro.  Eso es lo que Pablo anuncia a los cristianos de Colosas: nuestra “esperanza de la gloria” es Cristo, a quien hemos sido incorporados por nuestro bautismo, de manera que en nuestra vida vamos colaborando con Él, completando lo que falta para que todo su Cuerpo entre en la Gloria. No se trata de contraponer acción y contemplación: hay que contemplar a Cristo en lo que hacemos, como lo señalaba el P. Hurtado: El pobre es Cristo”. De manera que podemos imitar a Abraham en la prontitud y diligencia con que acoge a los peregrinos que llegan hasta su carpa a la hora de más calor. En la medida en que nuestra vida se unifique para contemplar a Cristo en el Otro, podremos hacer realidad la gracia que pedimos en la oración colecta de este domingo: Perseverar en el cumplimiento de los mandamientos.

En la semana, estamos invitados a recordar la acción liberadora de Dios en favor de su pueblo, al que saca de Egipto y acompaña por el desierto. Una acción que, más de una vez, es resistida por los mismos que son liberados: Es más cómoda la esclavitud que la libertad. Las dificultades desalientan y, a menudo, nos sentimos tentados a pedir signos especiales, como los contemporáneos de Jesús. Pero Jesús se compara con signos muy limitados, tan limitados como Jonás, cobarde y neurótico, o como Salomón, muy sabio pero muy poco fiel a la alianza con Dios. El único signo plenamente válido es el Resucitado, el que no vino con poder, sino como el que sirve, el que ha derramado por nosotros y sobre nosotros la Sangre de la nueva Alianza. La misma sangre que en la Eucaristía se hace nuestra bebida, para incorporarnos a Él.  Ojalá seamos buena tierra para la semilla de la Palabra y demos frutos de buenas obras.

El santoral nos ofrece diversos modelos para animarnos en el seguimiento del Maestro, comenzando por  santa María Magdalena, la primera mensajera del Resucitado, a quien celebramos el lunes  y que tradicionalmente se identifica con la que eligió la mejor parte. El martes 23 se puede recordar a santa Brígida  de Suecia, noble, viuda y religiosa fundadora de una orden (+1373), que es una de las patronas de Europa. El 24 se puede recordar a san Charbel Makhluf, presbítero, ermitaño y místico libanés (+1898), a quien se encomienda la unidad de los cristianos. El 25, el apóstol Santiago, patrono de nuestra arquidiócesis, de España y de varias otras ciudades, nos permite recordar que el discipulado no es un camino para obtener honores y poder, sino que supone compartir el cáliz del Señor. El 26 recordamos a los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, padres de la Virgen María: aunque sabemos que el parentesco que a Jesús le interesa es el cumplimiento de la voluntad del Padre, el recuerdo de estos santos nos hace tomar conciencia de que la santificación es obra de Dios y no mérito nuestro.

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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