22ª. Semana del Tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia desde el domingo 1 al sábado 7 de septiembre.

En nuestra celebración dominical nos reunimos en torno a la mesa comunitaria, como estaba Jesús ante la mesa del fariseo en el texto evangélico de este día. Sin embargo, en nuestras iglesias, muy probablemente Jesús nos tendría que mover a ocupar los asientos de las primeras filas, porque suelen ser las que están desocupadas. Eso no debería satisfacernos, porque sabemos que no se trata de un exceso de humildad, sino tal vez de estar más cerca de la puerta. Porque, desgraciadamente, nuestras celebraciones en general no nos recuerdan el cuadro que nos presenta en este domingo la carta a los Hebreos. Difícilmente nos sentimos en la Jerusalén celestial, en presencia de una multitud de ángeles, en una fiesta solemne. Hay excepciones, por supuesto. Pero, en general, en nuestra Iglesia aún no logramos conjugar solemnidad con participación activa.

Jesús, en el evangelio de este domingo, no se ocupa de cuestiones litúrgicas, ni mucho menos de cuestiones de etiqueta. Aprovecha el banquete en casa del fariseo para hablarnos del banquete de la vida. Allí, Jesús nos invita a tomar en serio las recomendaciones del libro del Eclesiástico: Vivir siguiéndolo a Él, que no vino a ser servido, sino a servir. Hemos de pedir la gracia de la auténtica humildad. Una humildad que no consiste en ocultarse, sino en acoger de manera creativa el llamado que en mayo del año pasado nos hizo el Papa Francisco, en su carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile: no tener miedo de ser los protagonistas de la transformación que hoy se reclama” en nuestra Iglesia. Y, agregaba: “invito a todos los organismos diocesanos (…) a buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse”. Así es como podemos renovar nuestra vida eclesial, para tratar de asemejarnos esa Jerusalén celestial. Porque el problema no es litúrgico, sino vital: Renovar nuestra comunidad para que nadie se sienta excluido de ella. No nos limitemos a ser invitados: procuremos ser anfitriones, para que pueda ser realidad lo que el mismo Francisco nos propuso al comienzo de su pontificado: Ser una Iglesia pobre, para los pobres.

Durante la semana, la Mesa de la Palabra nos ofrece algunos párrafos finales de la primera carta a los Tesalonicenses y nos introduce en la carta a los Colosenses,  escrita, tal vez, por uno de los colaboradores de san Pablo, quizá después de su muerte. En esta semana, tras los saludos iniciales, el viernes podremos saborear el himno cristológico del capítulo 1, que es el núcleo doctrinal de la carta: Cristo es la cabeza del cuerpo de la Iglesia, y en Él se reconcilian todas las cosas.  Él es el mismo Jesús de Nazaret, a quien esta semana comenzamos a contemplar en el evangelio de Lucas, que nos acompañará hasta el fin del año litúrgico. Como humilde servidor, ungido por el Espíritu, Jesús viene a traer la Buena Noticia a los pobres y a liberar a todos los oprimidos.

Iniciamos este Mes de la Patria – que es también el Mes de la Biblia-  con la Jornada de los Migrantes: un día para orar y colaborar para acoger de la mejor manera a quienes deben dejar su tierra natal. Nos puede ayudar la intercesión del papa San Gregorio Magno (540-604), que legó a sus sucesores el título que asumió: “Servidor de los servidores de Dios”. Lo celebramos el martes 3.

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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