Documento del Papa Francisco para los jóvenes ¡Cristo Vive!

En marzo pasado, el Papa publicó Christus vivit (Cristo Vive), exhortación apostólica que trata sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. El texto es un hito más en el largo camino que la Iglesia está recorriendo en su siempre dinámica relación con el mundo juvenil. Tres jóvenes, vinculados a la espiritualidad ignaciana, reflexionan a partir de distintos capítulos del mensaje que les da Francisco.

Artículo publicado en Revista Jesuitas Chile n° 47

Capítulo cuarto: el gran anuncio para todos los jóvenes

Si me preguntan qué me interpela de este capítulo, les diría que el mensaje incluye tres grandes verdades.

En primer lugar, me interpela a contemplar el infinito amor de Dios que trasciende la vida, empujándonos a abrir el corazón y a acogerlo en lo más profundo de este, reconociendo que su amor cura y levanta. Dios quiere demostrar su acción real y sincera, viniendo hacia quienes no le hablamos con honestidad, ofreciéndonos un espacio de diálogo y eterna comprensión. ¡Porque está aquí, no se muda, y quiere quedarse entre nosotros!

En segundo lugar, ¡qué verdad más grande es la de Cristo, quien fue enviado a entregarse hasta el fin por nosotros! Y en la imagen de Él y sus brazos extendidos en la cruz, está simbolizada su misión: el abrazo de salvación, que es auxilio, ayuda y amor. Por eso nos abraza en nuestras debilidades, temores y negaciones. De modo que, aun en las caídas, se manifiesta con un abrazo de ayuda. Y eso reclama Él: que nos dejemos abrazar en el dolor, puesto que ahí renacemos una y otra vez.

En tercer lugar, que Cristo resucitó, vive y habita nuestro presente. Pero, ¿cómo sé que vive? Hace falta que despierte a su presencia invocando al Espíritu Santo, para renovarnos en el amor de Cristo. Únicamente ahí seré capaz de reconocer que acompaña mi camino.

Para finalizar, el llamado del Papa de dejarnos encontrar por el Señor, me empuja a observar cómo en mi realidad Dios fulgura un ideario que me invita a permanecer en su amor, a valorar la experiencia que día a día me ofrece, exhortándome así a vivir una experiencia comprometida con mi opción preferencial y, en consecuencia, hacer del Reino de Dios una oportunidad aquí en la tierra.

Actualmente me encuentro participando de diferentes instancias que me permiten vivir en diálogo con este gran anuncio y el servicio a partir de mi vocación. Pastorales, apostolados y la carrera de Trabajo Social, son espacios que me posibilitan el encuentro con un Dios que me ama, con Cristo que da su vida por nosotros, y con el Espíritu Santo que prepara mi corazón en la esperanz confiada de su gracia.

Natalia Zúñiga Carrillo, Red Apostólica Ignaciana de Estación Central

Capítulo quinto: caminos de juventud

Comúnmente entendemos la juventud como una etapa de paso: un periodo de la vida que se caracteriza por el idealismo y la energía, pero también por la ingenuidad y la imprudencia. Por esta razón, algunos la consideran como un estadio inferior de la vida, un grado menor

de madurez. No es casualidad entonces que se utilice la experiencia como un argumento por sí mismo (“estás mal, he vivido más que tú”). Tampoco lo es que muchos adultos observen con incredulidad cada cambio cultural que suele manifestarse entre los jóvenes (“ya se les va a pasar”). O que algunas pastorales juveniles se centren en los contenidos doctrinales y desconfíen del discernimiento y la experiencia (“es que todavía no entiendes”).

Una mirada diferente es la que presenta Francisco en esta exhortación. La juventud respondería a una actitud, una vitalidad que emerge en nuestra vida, pero que no debe superarse, sino, más bien, permanecer como experiencia interior. Para Francisco habría una dimensión de lo cristiano que se manifiesta en “lo joven”: la vida de Jesús es más ingenua e imprudente de lo que parece. ¿Por qué se habría de apaciguar la inquietud insatisfecha de la juventud? ¿O con los años nuestra relación con Cristo nos adormece frente a lo injusto? ¿Por qué el tiempo nos haría perder nuestra capacidad de asombrarnos ante lo nuevo y agradecer lo cotidiano? ¿Por qué habríamos de evitar los riesgos que tomamos en la juventud, para que desaparezcan en la comodidad? ¿Acaso la fe adulta no considera que la única certeza está en el amor y la fe en Jesús?

Por cierto, tampoco se trata de idealizar lo joven, pues sería un error del mismo tipo; también parecemos estar atrapados en la ansiedad y el individualismo. Pero, al menos como Iglesia, debemos reconocer que el Espíritu sí inspira la verdad en los jóvenes y que ello nos puede

ayudar a ser más fieles al Evangelio. Y para esto no es suficiente una presunta actitud de escucha, pero que en el fondo sospecha y desconfía. El rol de la mujer, la preocupación por la justicia social, el reconocimiento de la diversidad sexual, la participación e incidencia de los laicos, son algunos de los temas que rondan en las nuevas generaciones y que merecen, al menos, que las tomemos en serio como comunidad.

Clemente Larraín Videla

Capítulo octavo: la vocación

Cuando era más pequeña, recuerdo que al escuchar la palabra vocación, siempre la ligaba a la vida religiosa (monjas, sacerdotes, monjes, etc.). Fue en el proceso de ir preguntándome qué es lo que yo quería para mi vida, en cuarto medio, que fui desglosando esta palabra tan manoseada, pero a la vez tan precisa. La típica pregunta era “¿hacia dónde voy?”. Y todo apuntaba a reconocer a Dios.

“Cuando uno descubre que Dios lo llama a algo, que está hecho para eso, entonces será capaz de hacer brotar sus mejores capacidades de sacrificio, generosidad y entrega”, dice la exhortación en el número 273. Es decir, es la integridad de lo que somos, porque una de las cosas más humanas que podemos experimentar es descubrir que nuestra vocación no es solo para nosotros, sino también para los demás. Pienso en la importancia de las raíces y en el reconocer el regalo que hemos recibido por el hecho de ser las personas que somos. Se me vienen a la memoria las revisiones de vida que hacemos en la CVX, y que para mí han sido un lugar seguro para repensar mi camino, lo que he recorrido y lo que me queda, así como la importancia de reconocer el paso de Dios en mi vida, en mi historia, con rostros de personas que han sido importantes. En la vocación, una clave de descubrimiento para integrar en la vida es el deseo. Escucharlo, rezarlo, conversarlo, compartirlo, escribirlo, cuestionarlo, discernirlo.

Creía que la vocación era elegir una carrera, y Francisco me confirma que, más bien, la vocación se trata de saber que mi carrera es un medio y no el fin, que a quien amo es la elección más linda y pura para vivir a un Dios presente: se trata de encontrarlo en mi trabajo, en mi familia y en mí misma, pese a mis debilidades. Es aquello que enciende mi corazón, donde puedo sentirme plena, y donde encuentro la libertad. Lo que implica también saber acoger la desolación y los límites de la realidad… con confianza, con esperanza, para permanecer en mis sueños, para dejarme acompañar, y no renunciar, porque ello solo sería decirle a Dios que no, y no haber entendido nada.

Belén Teuquil Vivanco, Delegada nacional, CVX Jóvenes Chile – Puerto Montt