Pausa Ignaciana: Al borde del pozo

Esta semana el académico Juan Pablo Espinosa a través de una metáfora nos invita a adentrarnos en nuestra espiritualidad y a través de esta búsqueda sacar lo mejor de nosotros.

Por: Juan Pablo Espinosa Arce (*)

Las lluvias del invierno se han dejado caer sobre nuestras ciudades, regando la tierra y permitiendo que la esperanza de alguna buena futura cosecha. El agua es un bien necesario y lamentablemente escaso. Los estudios hablan de una crisis del agua. El Papa Francisco en Laudato Si’ ha denunciado que el bien humano del agua parece ser un beneficio de unos pocos. Con estas lluvias las napas subterráneas y los contenedores de agua se van llenando y permitiendo que otros puedan aprovechar el vital elemento. Desde estas perspectivas invernales, quisiera invitarlos a reflexionar y a pensar en la imagen del pozo. El pozo es metáfora para pensar nuestra vida; bajar a lo profundo de la tierra hasta encontrar agua en la parte inferior, en las napas más subterráneas. Nuestra vida es un pozo y yo soy un pozo. Pero, ¿qué agua contengo?, ¿un agua contaminada o un agua pura y refrescante?

El pozo es un lugar que se anhela. Hay un deseo que mueve a los grandes caravaneros, a los beduinos, a los sedientos a buscar el pozo. Dolores Aleixandre dirá que los deseos inician las grandes búsquedas. Los Salmos, por su parte, coinciden en mostrar que Dios es un pozo, una fuente que calma y da respuesta a las grandes preguntas de la vida humana: “Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma…” (Sal. 63) y en otro lugar se lee: “Como jadea la cierva tras las corrientes de agua, así jadea mi alma en pos de ti, Dios mío…” (Sal. 42).

El anhelo del sediento (del que le falta el sentido, la orientación, las fuerzas, el ánimo…) es encontrar un oasis, una fuente de agua para beber de ella y para que sus animales y sus parientes puedan beber también. Encontrar el pozo, llegar a su borde, lanzar el balde, subirlo lentamente para que el agua no caiga, beber y dar de beber, agradecer, reanimarse y seguir caminando, son elementos de una mística de la búsqueda. Hay que saber dónde buscar, saber escuchar, discernir el lugar, recalcular las rutas constantemente.

Pausa: Date un momento y haz memoria: ¿Cuáles han sido mis búsquedas?, ¿qué estoy buscando hoy?, ¿tengo algún indicio donde encontrar mi pozo?, ¿estoy permitiendo que otros me encuentren como su pozo?

El agua del pozo es el lugar de la vida. El pozo-mi vida habla en silencio. Debo aprender a escucharme para poder escuchar a los demás. El agua profunda del pozo es el susurro de Dios, el cual se movía sobre el agua. Dios está escondido en el pozo y el ser humano, que es el pozo, puede encontrarse con Él. Es como Jesús que se encontró con la samaritana (Juan 4). Jesús, cansado por el calor busca (¡nuevamente la mística del anhelo-deseo!) encontrar agua en el pozo de Jacob, en las inmediaciones de Sicar. Jesús busca refugio en el pozo y en él se encuentra con la samaritana. La mística de la búsqueda va pariendo un encuentro nuevo y transformador. Al borde del receptáculo de agua la samaritana, que aunque no podía dialogar con un varón judío, genera hospitalidad y da de beber a Jesús. Jesús, por su parte, que no puede dialogar con una mujer samaritana, ofrece un agua nueva y superior a la mujer. En ambos casos, Jesús y la mujer, dan de lo propio para que el otro viva, y viva bien.

Pausa: ¿He podido encontrar a Dios al borde de mi vida, de mi pozo?, ¿soy un espacio donde otros se congregan y se sienten refugiados en sus dolores y alegrías?

Para poder vivir la mística del pozo, de beber en mi propio pozo – como decían los místicos medievales – hemos de aprender a agradecer y a valorar el pozo que tenemos. Debo agradecer el balde y la cuerda que tengo. Eso exige un ejercicio de una sana madurez, ya que supone no quejarnos de las posibilidades que tengo y no compararnos con los otros pozos, con las otras vidas. Algo puedo hacer con las herramientas que poseo. Dios cuenta con mi pozo, con nuestros pozos y nosotros no podemos vivir sin el pozo de Dios, sin el Dios que está a la orilla del pozo. En cada uno de nuestros reservorios de agua podemos hacer la experiencia de la fe, de la espiritualidad y de la mística. El agua de Dios calma nuestra sed, nuestra agua calma la sed de otros. Esa es la verdad y la radicalidad de sentarnos al borde del pozo.

(*) Académico Universidad Alberto Hurtado y Universidad Católica de Chile, Educador y Teólogo.