Pausa Ignaciana: “Amor o Temor”, esperando buenas noticias

La columna de esta semana destaca el III Encuentro Nacional Mujeres Iglesia: "De la crisis se sale con nosotras" que se realizará entre el 31 de agosto y 1 de septiembre.
Por Diego García Monge (Profesor de Filosofía UAH)

Con ocasión de una de las sesiones del Concilio Vaticano II, el filósofo español Julian Marías tuvo oportunidad de asistir en calidad de observador acreditado como periodista. Allí le pareció distinguir dos actitudes predominantes entre los padres conciliares. De una parte, el amor por la verdad, y por la otra, el miedo al error. A su juicio, el temor al error sofoca la búsqueda de la verdad. Aludiendo a lo que esto implicaba para el cultivo de la teología, sostenía que “no se puede hacer ciencia -y la teología es una ciencia- sin equivocarse, sin errar; si el error está excluido, la ciencia está demás”[1].

Consultado sobre la libertad académica y la autonomía de las universidades católicas, expuestas a continuas presiones de empresas, políticos, gobiernos y hasta de la propia jerarquía de la Iglesia, el rector de la Universidad de Notre Dame, John Jenkins CSC sostiene que “una universidad puede servir a la sociedad y a la Iglesia. Para ser universidad, se debe tener cierta autonomía intelectual. Una universidad no puede sentenciar las conclusiones de las controversias; siempre debe permitir que estas continúen avanzando. Y esa es una actitud que también debieran asumir algunos organismos de la Iglesia a los cuales les gustaría que, como universidad católica, trazáramos una línea en este punto o en aquel otro. Eso no sería adecuado, pues nuestro servicio lo hacemos de mejor manera si tenemos libertad para sostener conversaciones”[2].

“Lo que es digno de celebrarse es la voluntad de vincularse y enfrentar juntos/as los asuntos que siendo comunes, en estos tiempos de tanta atomización e individualismo, se padecen privadamente y en soledad”

En el tiempo que estamos viviendo como sociedad y también como Iglesia, en que uno de los rasgos más destacados es la pérdida de la confianza en las instituciones, una reacción psicológica entendible es la de reafirmación de lo ya conocido. El sentimiento de desplome puede producir tanta inseguridad y vértigo que cabe comprender a quienes razonan diciendo “más vale diablo conocido que diablo por conocer”. Pero comprensible y todo, es una actitud que nos lleva a la parálisis y a la perpetuación de lo que produce el hundimiento. Aquí es donde vienen en nuestra ayuda las reflexiones de Marías y del rector Jenkins. El amor por la verdad, una verdad que no siempre se tiene pero que siempre se busca, precisa de espacios de experimentación que se encuentren protegidos del control disciplinario de corte burocrático, más allá de la disciplina que impone la reflexión honrada, el rigor en el modo de proponer argumentos y la disposición a la escucha y el diálogo con otros.

La Iglesia carece de suficientes formas institucionalizadas de opinión pública, vale decir, de espacios sociales jurídicamente reconocidos donde se pueda opinar con libertad y sin temor a la coacción de la conciencia. Espacios donde no se toman decisiones, pero en los que se ventilan los asuntos que a todos nos conciernen y en los que se va sedimentando un sentido común ilustrado y reflexivo que más tarde ha de servir de contexto para que sean tomadas las decisiones por quienes corresponda con la suficiente legitimidad, recepción y arraigo en los fieles. Esta libertad no ha de quedar reservada sólo a las universidades o a las facultades de teología. Debiera extenderse además a toda comunidad cristiana que reflexiona sobre su propio devenir y su responsabilidad en él.

En general, los espacios de deliberación y decisión en la Iglesia son elitistas y verticales, lo que deshonra la sabiduría del “Santo Pueblo fiel de Dios”. El papa Francisco, en su carta a los fieles chilenos, meditaba sobre esto, señalando que  “El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza erramos el camino”[3].

El fin de semana que viene, 31 de agosto y 1 de septiembre, se celebrará en Concepción el III Encuentro Nacional Mujeres Iglesia, bajo el lema “De la crisis se sale con nosotras”. Laicas y consagradas reflexionarán sobre la situación actual de la Iglesia y cómo contribuir  a los difíciles tiempos que vive. Al mirar el sitio en Facebook donde se promueve este acontecimiento[4], algunos comentarios de lectores/as manifiestan aprehensiones. Algunos estiman que se aparta de la tradición, otros consideran que el tono del encuentro es confrontacional. En mi opinión, esos temores no se justifican, pero eso es conversable. Más interesante es que esas aprenhesiones puedan manifestarse sin censura. Lo que me parece advertir es un esfuerzo entusiasta por reconstruir una comunidad, que cuenta con muchos motivos para la desolación, por parte de un grupo de mujeres que ha decidido permanecer en  la Iglesia habiendo tantas razones para mantenerse al margen de ella. No soy experto en las conversaciones que allí se desarrollan, y alcanzo a advertir que en muchos asuntos las opiniones admiten desacuerdos de importancia, o incertidumbres de distinta envergadura y gravedad. Pero lo que es digno de celebrarse es la voluntad de vincularse y enfrentar juntos/as los asuntos que siendo comunes, en estos tiempos de tanta atomización e individualismo, se padecen privadamente y en soledad.

Los varones tenemos mucho en qué ponernos al día, tanto respecto de la condición de la mujer en la Iglesia y en la humanidad, como también respecto de nuestra propia masculinidad. Pero algunas señales que provienen de las mujeres creyentes que se organizan y buscan decir su propia palabra, son desde ya alentadoras y dan motivos para quedarse cuando las alternativas en la cultura reinante cada vez más se van reduciendo a una sola: Irse cada cual para su casa y pretender que las señales del desplome podrán observarse desde la ventana sin que nos afecten, olvidándonos que no hay que preguntar por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti y por mí.

Deseo mucho éxito a este encuentro, y que ese éxito tenga poder de irradiación sobre la Iglesia en su conjunto, para que vaya predominando un clima donde el amor a la verdad que se busca sea más importante que el miedo al error. Pienso en el episodio de Jesús y la Samaritana, que frente a tres causales de subordinación o estigmatización (mujer, samaritana, adúltera) se transforma en un relato de inclusividad: nadie es excluido, nadie debe ser excluido, del reino universal del Salvador del mundo; o en María Magdalena, finalmente reconocida como apóstol de los apóstoles, la primera testigo que vio al Resucitado y la primera mensajera que anunció la resurrección del Señor a los apóstoles; o en María, que por tanto tiempo ha sido presentada de manera mutilada, solo como la mujer del silencio que acepta sumisa la voluntad de Dios (“He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”), olvidando su vocación como profetisa de la liberación que, apenas unos versículos más adelante, al hacer el elogio de su Señor lo nombra como aquél que destrona a los poderosos y exalta a los humildes.

En la reflexión de mujeres como las que se reunirán este fin de semana ha habido mucho dolor y mucha resiliencia. Con su porfía están haciendo de este un mundo más habitable.  Es un auténtico privilegio ver cómo se desarrolla ante nuestros ojos una revolución no violenta en cuyo horizonte está como meta una humanidad en amistad con Dios y en mutualidad y compañerismo entre todos sus miembros, varones y mujeres. Nada más que por eso es como para esperar expectantes y agradecidos sus frutos.


[1]   Julián Marías, “Panorama desde el Concilio”, en Meditaciones sobre la sociedad española, Alianza Editorial, Madrid, pp. 167 y ss.

[2]              John Jenkins, Rector de la Universidad de Notre Dame. Entrevista de Nicolás Luco en Mensaje n° 650, julio 2016, “La tecnología no incluye la respuesta a cómo usarla”, pp.

[3]   “Carta del Santo Padre Francisco al pueblo de Dios que peregrina en Chile”. 31 de mayo de 2018. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180531_lettera-popolodidio-cile.html

[4]   https://www.facebook.com/MujeresIglesiaChile/?epa=SEARCH_BOX