Pausa Ignaciana: “Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes”

Esta semana la Hermana María José Encina nos plantea en esta columna que la fe nos impulsa a correr la misma suerte que los perseguidos, que los pobres. ¡La bienaventuranza para ellos es en presente! Necesitamos cuestionarnos y preguntarnos… ver si tenemos realmente oídos y ojos…y, por sobre todo, un corazón, abierto y atento al clamor de Dios, que es el grito desamparado de tantos pobres de esta tierra.
María José encina

Hablar sobre lo que está pasando, las condiciones de injusticia y el dolor que esto produce por los daños personales y sociales, me parece, que es una voz que como cristianos no podemos callar. Un silencio ante este momento crítico que vive el país es un silencio opresor, incluso se podría decir que es un silencio de muerte, cuando la vida, lo que se gesta de ella, quiere ser acallada.

Sin embargo, y luego de esta introducción, no quiero aprovechar este espacio como lugar de una demanda social – política, donde la religión tiene mucho que decir y aportar, sino que quiero escribir desde la arista de la fe.

La fe y la religión no son cosas aparte, ambas dialogan entre sí, sin embargo, ambas responden a cosas diferentes. Una es la sustancia de la otra. Y es que en medio del dolor y de la desesperanza que surge en estos días, la fe, nos suscita preguntas y nos visualiza acciones que son urgentes de contestar.

A solo semanas de comenzar el mes de María y teniendo en cuenta que Chile sigue siendo en su raíz un país Mariano, es importante recordar estas palabras del magníficat: “Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes”.

A lo largo de la tradición bíblica es indudable que la fe ha alimentado las acciones políticas de los distintos tiempos históricos desde donde la palabra de Dios se ha gritado. Desconocerlo sería desconocer la vida de los profetas, el grito desesperado de Dios por su pueblo, desconocerlo sería renunciar a la valentía de María al proclamar el magníficat, sería dejar en vilo la palabra de Simeón de que una espada atravesará su corazón, sería renunciar al propio evangelio y a un Jesús en las puertas del templo, a Jesús proclamando las bienaventuranzas y a Jesús muriendo en la cruz.

La pregunta de fondo es cómo cada uno de ellos, profetas, María y Jesús, logran comprender y hacer suya la palabra de Dios.

Dos elementos son total y absolutamente necesarios. El primero es la realidad. Moisés debe encontrarse con la palabra del Señor en la zarza ardiendo, en ella Dios se revela y le muestra su dolor. “He visto la aflicción de mi pueblo y he oído su clamor a causa de sus perseguidores; pues he conocido sus angustias… he visto la opresión con que los egipcios los oprimen”.

Jesús en Lucas 4, anuncia su misión, leyendo las palabras del profeta: “El espíritu del Señor está sobre mí por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”.

¡Dios grita ante la realidad, su palabra es un reclamo, constituido en un imperativo! ¡Una orden de la que ningún cristiano puede eximirse… y el segundo elemento es la pregunta… ¡Dios no nos deja tranquilos y ante eso la fe nos grita… la fe es la relación, es esa esperanza de lo que aún no se ve (hebreos 11) pero donde Dios me grita!

En palabras del profeta Jeremías, ¡hay de mí si me callo! ¡La fe nos lleva a preguntarnos y cuestionarnos!, ¿estamos abiertos al dolor de Dios?, ¿el pathos del Padre se ha hecho nuestro? ¡O más bien nos hemos acallado rezando y cumpliendo lo mínimo que se nos pide!!

Misericordia quiero y no sacrificios. La fe nos impulsa a correr la misma suerte que los perseguidos, que los pobres. ¡La bienaventuranza para ellos es en presente! Necesitamos cuestionarnos y preguntarnos… ver si tenemos realmente oídos y ojos…y, por sobre todo, un corazón, abierto y atento al clamor de Dios, que es el grito desamparado de tantos pobres de esta tierra.

¿En tu corazón late el pathos de Dios?