Pausa Ignaciana: Felicidad Sólida, el libro de Ricardo Capponi

Esta semana Pablo Walker SJ. reflexiona en torno a esta obra que según sus palabras "pone en nuestras manos importantes trazos para un humanismo contemporáneo y un sendero posible para la renovación de la Iglesia"
Por Pablo Walker SJ.

En junio de 1980, mientras en Chile comenzaba a imponerse el modelo neoliberal, Alfredo Jaar preguntaba en el centro de Santiago “¿Es usted feliz?”, “¿cuánta gente en Chile estima usted que es feliz?” Comenzaba sus “Estudios sobre la felicidad” cuestionando la dictadura en su misma promesa fundacional. Aquella promesa de felicidad que en definitiva hoy es la base de nuestra modernización capitalista.

Cuarenta años después, el psiquiatra Ricardo Capponi, porfía en la pregunta. Lo hace en nuestro mismo Chile, ahora recogiendo la lucidez multidisciplinaria de las ciencias sociales y de la salud. Nos ofrece un libro que nada tiene de manual de auto ayuda, que no contiene cómodos tips, ni lugares comunes, sólo evidencias y desafíos. Sin burbujas, comprensible, convincente: “Felicidad Sólida: sobre la construcción de una felicidad perdurable”.

Contra la simplificación del “piensa positivo” y del “presentismo”, Capponi nos demostrará que “la emoción de la alegría no se obtiene cultivando los pensamientos positivos sino elaborando los negativos”. Distanciándose del “felicismo” del consumo, nos mostrará de paso la constatación estadística de que el orientar la vida hacia la obtención de bienes materiales produce infelicidad “por las dos vías más nocivas para el funcionamiento mental: la adicción y el stress”. Nos ilustrará que eso que se llama felicidad, algunas veces medida como “satisfacción con la vida” o “bienestar emocional”, es fruto de un trabajo psíquico (lo que significa también cultural y espiritual) relacionado a la calidad del vínculo con los otros y al tejido humano de nuestras sociedades.

De entre las muchas maneras en que podían gozarse sus cerca de 600 páginas, abordé su lectura desde mi interés por la práctica de las artes visuales. ¿Cuál es el rol del arte en este trabajo de elaboración de la propia negatividad cuyo saldo sea un estado anímico de “apego a la vida” que podamos llamar “felicidad”? Darnos una “zona de encuentro” para que sea posible elaborar la vida real con un saldo de amor por este mundo.

Hay “aspectos de nuestra existencia que no podemos mirar directamente”, realidades que nos superan (por un exceso de dolor o incluso de placer) cuyo sentido sólo podemos elaborar a través de un símbolo. Entre estos símbolos destacan los que tienen el poder estético de atraernos, realidades ambiguas que por su familiaridad nos tranquilizan y por su autenticidad nos activan a hacer un trabajo de sinceramiento al que no nos animaríamos de otro modo. “Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible”, diría Rilke. Los objetos “bellos” (no los lindos sino los auténticos aunque sean feos) nos espejan nuestra situación como un desafío, no como un “dejar que las cosas fluyan” o un “acaecer”, sino como una lucha para poder apegarnos a la vida en medio de sus brutales cicatrices, quemaduras, costuras y quiebres. Ellos nos empujan a elaborar las “negatividades” donde nada fluye: no sólo las emociones “negativas” sino también los vértigos de los “placeres peak” que parecen hoy secuestrarnos en un circuito de adicción, stress y aburrimiento.

A diferencia de los objetos con superficie tersa, suave y “pulida”, que buscan reflejarnos siempre felices, hay obras de arte que por su sinceridad nos prestan herramientas para enfrentar honestamente nuestra sobrepasada realidad personal y social, como un torso que nos dice “aquí no hay un sólo lugar que no te vea. Debes cambiar tu vida” (R. M. Rilke), o una vieja urna griega que nos advierte… “La belleza es la verdad, la verdad, belleza”. (John Keats). Para enfrentar los desafíos que nos plantea inevitablemente la vida se requiere ese “trabajo emocional” y esos “recursos mentales” de los que el arte está hecho. Algún amigo artista diría que las obras de arte hacen el humilde trabajo del espejo y del martillo.

Creo que Capponi pone en nuestras manos importantes trazos para un humanismo contemporáneo y un sendero posible para la renovación de la Iglesia. El P. Hurtado decía que las transformaciones estructurales eran imposibles sin la transformación de las conciencias.  Hay un sinceramiento pendiente con el amor hacia cada subjetividad personal del que Francisco se hace cargo en la Laudato Si, constatando su impacto en el cuidado o la devastación de la casa común.  Este libro nos aleja de la hipócrita idealización y nos ayuda a preguntarnos como cuidar este mundo emocionalmente recibido como una costura de iras, de alegrías, de hastíos, de culpas, de ternuras, de relaciones difícilmente reparables, como una tarea de amor previo a una palabra creíble sobre el amor al mundo venidero. ¿Cómo no reconocer en esta actitud la honesta advertencia de Jesús respecto de toda forma de hipocresía?

No pude sino acordarme de San Ignacio y de los Ejercicios Espirituales: la felicidad cómo un modo de “ordenar los afectos” para amar y servir. Hoy diríamos, además, para gozar y cuidar.

Mira al autor hablando de su libro en Emol TV: