PAUSA IGNACIANA: ¿Qué hacer con las lágrimas?

Después del verano retomamos este miércoles la sección Pausa Ignaciana con la publicación de interesantes columnas que nos muestran puntos de vista que no siempre vemos, con el objetivo de hacernos reflexionar y darnos una pausa en la ajetreada vida.

Por: Samuel Yáñez

El cambio de año me encontró algo desestibado. En los meses anteriores, a decir verdad, la pendiente ya venía a la baja. Y los primeros días del 2019 llegaron con dolores cercanos. Un compañero de curso del colegio falleció a consecuencia de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). En aproximadamente 3 años, la enfermedad fue tomando posesión de su cuerpo, aunque él no entregó, hasta el final, ni su tesón, ni su valentía. Y hace pocos días me volví a encontrar con otro amigo, quien carga con su depresión endógena cotidianamente. El sufrimiento acecha. Es como una música de tonos graves y sostenidos, que nos asalta desde los subterráneos de la vida.

Recurrimos a la tecnociencia cuando las aguas de esta veta amenazan desborde o decididamente irrumpen. El médico da las indicaciones oportunas y los tratamientos necesarios para el sistema muscular o nervioso. Las pastillas de última generación o los adelantos tecnológicos hacen lo suyo. Los cercanos y cuidadores ayudan también al paciente. Pero, ¿qué hacer con las lágrimas? Por de pronto, conocer sus causas somáticas y psíquicas, y tratarlas. En los próximos decenios habrá terapias génicas.

Somos máquinas vivas que fallan y se descomponen. El mundo que percibimos conscientemente –afirmó un científico invitado al Congreso del Futuro- es una alucinación controlada. De lo que se trata con el conocimiento, entonces, es de producir alucinaciones sin malestar y sin dolor. Aunque habría que preguntar si la proposición “el mundo que percibimos conscientemente es una alucinación controlada” es también una alucinación. Porque parece que el científico la considera verdadera, y, por tanto, opera con un criterio de realidad. En todo caso, algo que moviliza la actividad del conocimiento científico respecto del dolor es el sueño de eliminarlo, o de reducirlo significativamente. Al conocimiento se le asigna un sentido, al sufrimiento menos –aunque, de hecho, sea un motivo para la empresa cognoscitiva.

¿Se le puede asignar un sentido al sufrimiento? La depresión es el mal de esta época en sociedades desarrolladas, o en las que, como la nuestra, se orientan decididamente al llamado desarrollo. El tono vital baja, a veces quien lo padece se despierta con ansiedad, las veces peores con angustia. El horizonte se aplana, no hay ganas de nada, o, mejor dicho, la nada inunda las ganas.

Pero, ¿se puede hacer algo con las lágrimas? ¿Se le puede asignar un sentido al sufrimiento? La depresión es el mal de esta época en sociedades desarrolladas, o en las que, como la nuestra, se orientan decididamente al llamado desarrollo. El tono vital baja, a veces quien lo padece se despierta con ansiedad, las veces peores con angustia. El horizonte se aplana, no hay ganas de nada, o, mejor dicho, la nada inunda las ganas. Sensación de nada, una lágrima que cae hacia dentro. Como me señaló un amigo, un territorio en silencio, que hay que distinguir cuidadosamente del silencio anexo a las palabras.

Y si en ese trance se recurre creativamente a Dios, ¿qué pasa? No es fácil hacerlo, pues, ¿qué Dios tiene en su mano un mundo así? Si se vence esta dificultad, cabe incluso idear un Dios amoroso. Marx sostuvo que la fe religiosa es el suspiro de la criatura oprimida. Un Dios así sirve en los momentos bajos. La fe hace que la gota de lágrima, con todo su pesar, adquiera un sentido distinto: Dios guarda esas lágrimas en un cántaro, en la vasija de cada cual, para enjugarlas. Esto esperaba el cardenal Newman. Se alumbra una esperanza. Pero, ¿no es esto mero consuelo imaginario?

En la experiencia de sufrimiento, la persona puede sobreponerse, dejar que la lágrima toque la propia vulnerabilidad y ablande las durezas. De allí brota, entonces, un impulso, más aún, una convicción de vinculación con todos los sufrientes, una especie de instinto para reconocer el dolor y acercarse a quien lo padece. Aquí, las lágrimas propias se transmutan en redes que nos ligan y refieren a los otros. Un humanismo creyente de esta laya, activo y configurador, simpatiza y colabora con la labor científica en su lucha contra el sufrimiento.

*Pausa ignaciana: El nombre de esta sección representa lo que queremos que sea este espacio, un lugar de análisis y diálogo sobre los temas que nos preocupan.  Cada miércoles, filósofos/as, sociólogo/as, académicos/as, profesores/as jóvenes, laicos y laicas, comentan temas que ameriten una reflexión más profunda.