Pausa Ignaciana: Recuerda quién eres, o de la memoria en El Rey León

El estreno de la nueva versión del clásico de Disney pone a reflexionar a nuestro columnista sobre la perdida de identidad, la importancia de la memoria, la vida en comunidad y las formas de abordar la crisis ecológica.
Por Juan Pablo Espinosa Arce (*)

En esta nueva Pausa Ignaciana compartiré algunas claves en torno a la película estreno de este 2019: El Rey León, en una versión “modernizada” del clásico de dibujos animados de Disney. Es notable pensar cómo, y con la distancia del tiempo, la película que antes sólo nos entretuvo, hoy ejerce sobre nosotros el deseo de proponer pistas de meditación teológica, antropológicas, pedagógicas. El cine tiene eso de dejarnos empapar por palabras, sentimientos, colores, miradas estéticas que nos aventuran a pensar.

¿De qué quisiera invitarles a reflexionar? Del uso de la memoria y de la búsqueda de la identidad en dicha memoria. Simba, el león protagonista e hijo de Mufasa, es educado por su padre en la conciencia de que el buen reinado pasa por la cohabitación con un universo mayor, el cual está conformado de otras creaturas con las cuales se vive en un “ciclo”, en un “suave equilibrio”, en una ecología sana y armónica.

Ser Rey – dirá Mufasa – es ser-para-otros (en el ser está la identidad), no dominar. Es casi un guiño al reinado común que adquirimos en el bautismo y que tiene su origen en el Jesús Rey en el servicio. Primera clave: en una época donde la mirada ecológica ha vuelto a posicionarse con una urgencia notable, pensar estos sanos equilibrios cósmicos y discernir sobre cuál es el servicio que prestamos a esa cohabitación es un ejercicio de memoria y justicia que debemos mantener y promover.

            En medio de este ecosistema de la selva africana en el cual se desarrolla la película, Mufasa invita constantemente a Simba a recordar que los grandes reyes del pasado observan al actual rey y mantienen las relaciones de justicia en las comarcas animales. Hacer memoria del pasado es condición de posibilidad para mantener un presente vivo, dinámico y respetuoso y también para mantener la esperanza de un futuro atento y responsable a las tradiciones de la comunidad.

Carlos Peña en su obra El tiempo de la memoria habla del “narrar la vida”, de aquél tránsito que va entre la vida y la muerte – del “ciclo” del Rey León – y de cómo esta narración permite definir la vida humana. Con ello, junto a la memoria aparece el concepto de la identidad, del quién soy o del “recuerda quién eres”. Con el ejercicio de la memoria como espacio de definición de la identidad aprendemos a reconocer que estamos unidos indisolublemente a otros. Yo soy gracias a ti, yo soy porque tú eres, yo soy porque otros me dieron la vida, porque Otro (Dios) me pensó y me amó desde el principio. La vida y su definición (o la identidad) se organiza gracias a la memoria.

Mira otra columna de Juan Pablo Espinosa y el cine

            Pero – y aquí aparece el gran nudo de la película – Simba luego de la muerte de Mufasa provocada por el tío, el león Skar, comienza un paulatino proceso de pérdida de la memoria y con ello de su propia identidad. Siento que es un guiño a lo que la modernidad provocó – a fuerza de paciencia – en el ser humano: el sistemático olvido de las tradiciones, de aprender a narrar la vida, de entender y recordarnos quiénes somos. Parafraseando al filósofo español Manuel Cruz, con la puesta en el olvido de la identidad decimos adiós a la historia. Pero es en ese momento crítico donde la figura de los sabios de la tribu, nos hacen recordar que nuestra identidad – el quién soy – no debe diluirse.

En la película este papel lo cumple el mono Rafiki, un tipo de líder místico y que está a cargo de los rituales de iniciación. Rafiki le enseña y recuerda a Simba que su lugar, su vocación, su ser más íntimo está en directa sintonía con su identidad y su pasado. Simba pertenece a la manada, es parte del ciclo de la naturaleza, está en comunión con otros y como rey legítimo se debe al servicio de esos otros.

            En tiempos de desmemoria social, el Rey León nos pone en la perspectiva de asumir una y otra vez cuál es nuestro lugar en el gran ciclo de la vida. En tiempos de los abandonos de las grandes tradiciones y relatos poéticos, religiosos o culturales, la figura de los sabios, de todos esos “Rafikis” nos debe volver a animar y reconocer que nuestra identidad está vinculada a la identidad de los otros.

Crear comunidad en este tiempo es volver a mirarnos y reconocer cómo nuestros rostros e historias están salpicadas de recuerdos, rostros e historias. Todos actuamos como alguno de los personajes de la película. Sería interesante que pudiéramos verla y discernir con cuál me asocio. Sin duda, una película altamente recomendada.

(*) Académico Universidad Alberto Hurtado y Universidad Católica de Chile, Educador y Teólogo.