Piloto de Residencias de Protección del Hogar de Cristo: Un tremendo salto en dignidad

Financiadas por cuatro fundaciones familiares, el 30 de abril se pusieron en marcha dos residencias de protección terapéutica especializada con altos estándares de calidad para jóvenes que han sufrido grave vulneración de derechos. El psicólogo a cargo del proyecto y el estudiante jesuita que acompaña pastoralmente a los jóvenes de una de las casas, comentan la puesta en marcha.

“Esto es realmente un privilegio. Profesional, pero sobre todo humano”, dice el psicólogo clínico Francisco Parra Riquelme, quien llegó a trabajar al Hogar Maruri a los 24 años, cuando tenía solo uno de egresado. Hoy, a los 31, está a cargo de la operación de los dos pilotos de residencias de protección terapéutica especializada para niños y jóvenes con necesidades múltiples y complejas que han sufrido grave vulneración de derechos, proyecto que lidera el Hogar de Cristo.

La iniciativa surge a partir de la “crisis del Sename”, y aspira a orientar el modelo con que deberían funcionar las residencias de protección, que hoy, por su bajo presupuesto, falta de especialización, hacinamiento, inadecuada distribución territorial, grandes carencias en el ámbito de la salud mental, la educación y la asistencia legal, entre muchos otros aspectos, son un espacio más de profundización de daño que de protección.

Hace tres años, el Hogar de Cristo inició una revisión de las prácticas y estándares con los que habían estado funcionando sus ocho residencias ubicadas entre Antofagasta y Osorno, con una capacidad para atender a 144 niños, niñas y adolescentes. En paralelo, desarrolló una revisión bibliográfica para conocer los modelos residenciales de 38 países, lo que permitió consensuar 90 recomendaciones revisadas por 47 expertos nacionales e internacionales. De ese trabajo surgió el modelo técnico que ahora se aplica como piloto en dos de sus residencias.

Una de ellas es para mujeres y queda en Viña de Mar, en una casa reacondicionada en Agua Santa, dejando atrás un recinto en Quilpué, en un barrio sumamente conflictivo que poco ayudaba a la reparación de las historias de trauma de las jóvenes. La otra, para hombres, está en Santiago, específicamente en Providencia. Sus habitantes son los mismos del histórico Hogar Maruri, de Independencia, vinculado a la causa del Padre Hurtado. Pese al cambio de comuna, los niños y jóvenes “quisieron conservar el nombre Maruri para la residencia, porque sienten que los identifica”, cuenta Francisco.

El psicólogo toca temas clave: la pertenencia, la importancia de los vínculos, la necesidad de mantener figuras y símbolos significativos, cuestiones que en estos cincuenta días de implementación se han hecho evidentes. “Es un proceso no exento de dificultades, que da cuenta que nosotros, como causa del Padre Hurtado, estamos donde y con quienes nadie quiere estar. Aquí, esa frase cobra todo su sentido.

En las residencias se trabaja con seres humanos en formación que han sufrido graves vulneraciones, a veces incluso desde el vientre materno, personas con historias de vida muy complejas, marcadas por el trauma y la exclusión. Hoy tenemos la obligación de colaborar en su reparación. Y eso no pasa solo por mejorar la infraestructura donde viven, lo fundamental es reconstruir la confianza, generar vínculos significativos y cimentar con ellos un proyecto de vida futura”.

—¿Es posible reparar una vida destrozada o solo se puede aspirar a paliar el daño?

Nosotros, con muy pocos recursos, justamente en la residencia Maruri, tuvimos logros significativos: varios menores que lograron egresar hoy tienen familia, trabajo y una vida independiente. Ellos son la demostración viva de que es posible. Ahora estamos con un estándar de lujo: dormitorios para dos niños, con camas, no camarotes, y closets individuales; con acceso a la cocina y al refrigerador; con computadores con internet en la sala de estudios; con estación del metro a dos cuadras, en un barrio con parque, pero eso no sirve por sí solo. Esto ha impresionado a los padres y familiares, pero para los niños no basta. Lo fundamental es la vinculación con los miembros del
equipo. Tener a un tutor personalizado por cada tres niños es el verdadero lujo, y ese profesional tiene una tremenda responsabilidad.

“El tío Pancho” se emociona cuando cuenta que “haciendo bingos y completadas” logró llevar a los niños de la residencia Maruri de vacaciones cada año, mientras estuvo a cargo de ellos. “Primero fuimos una semana a El Tabo, luego a Chiloé, después a San Pedro de Atacama, en avión. Para todos, era la primera vez que volaban. Después conseguimos ir a España con un grupo de cuatro chicos, invitados por la Fundación Real Madrid. Son experiencias marcadoras, enriquecedoras, que reparan”.

Por ese fuerte vínculo con los niños, Francisco fue el candidato obvio cuando hubo que elegir al responsable operativo de los pilotos. “Hay mucha distancia entre teoría y práctica. Mi rol es ‘poner la pelota en el suelo’, aplicar el criterio de realidad al modelo escrito en el papel. Yo acojo la evidencia internacional y los estándares indicados por los expertos, y ellos acogen mi experiencia en terreno. Ese es otro privilegio, sentir que mi experiencia puede incidir en la política pública para la infancia vulnerada”.

Cristián Viñales, 32 años, estudiante jesuita, también tiene un vínculo de larga data con los jóvenes de Maruri. En 2012 trabajó como voluntario, y a comienzos de 2017 la Compañía de Jesús le pidió colaborar en la Pastoral del Hogar de Cristo y prestar especial atención a los menores de esa residencia, cuando se produjera el cambio de casa y la puesta en marcha del piloto. Su opinión del proceso es similar a la de Parra: “Lo más positivo es que este piloto propone a los niños una mirada hacia el futuro con un desarrollo integral, más allá de la pura contingencia. Eso, más los espacios amplios, que pueden hacerse propios, es lo más destacable. Por ejemplo, el acceso libre al refrigerador, como en una casa, es muy significativo”.

—¿A qué te refieres exactamente?

“A que en la primera semana desapareció toda la comida en un día. No porque se la comieran, sino porque la escondieron. La guardaron debido a que, en su experiencia de vida, tener hoy comida no garantiza que la vayas a tener mañana. Eso refleja la vulneración, el daño que traen, aspectos que no son fáciles de reparar y requieren de tiempo y paciencia”. Como dijo el director social nacional del Hogar de Cristo, Paulo Egenau, en el encuentro con el panel de expertos que supervisarán los pilotos: “Estos son niños y jóvenes que pegan combos, patadas, quiebran vidrios, tiran escupos, se arrancan. No es fácil, pero forma parte del trabajo, y tampoco esto que describo sucede todos los días”.

Cristián comenta: “Ellos son muy de estirar el elástico, de ver hasta dónde pueden con los tutores nuevos. Ahora están en una fase reactiva, muy tensos, acostumbrándose a los equipos, a las reglas y a la nueva casa. Imagina que si el objetivo vital de estos chicos es sobrevivir, y el de los cuidadores que no pase nada malo en el turno, no estamos entregando nada. Lo realmente importante tiene que ver con el contacto humano, reparador, formativo y significativo, con perspectiva de futuro. Esto es una tarea gigante. Hay en estos pilotos un salto enorme en dignidad, pero debemos ir paso a paso, respetando los tiempos de los niños. Piensa en lo que significa para ellos algo tan simple como tener un clóset individual, aprender a ordenarlo y mantener limpio su espacio. Esto recién está comenzando”. JCh

Periodista y escritora. Trabaja en el Hogar de Cristo.

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