Sebastián Prieto SJ: “Entré a la Compañía de Jesús por segunda vez en Rusia”

En 1992, menos de un año después de la disolución de la Unión Soviética, el Padre General de la Compañía de Jesús recibió un mandato directamente desde el Papa: los jesuitas debían partir a Rusia a buscar y acompañar a los católicos que allí vivían. Se iniciaría así una historia que ya lleva 25 años y en la que dos chilenos han tenido parte: Tomás García Huidobro y Sebastián Prieto.

¿Quiénes eran esos primeros jesuitas que llegaron a Rusia, tras el fin de la URSS?

Primero, los que ya estaban allí. La Compañía de Jesús existía, pero en la clandestinidad. Los jesuitas vivían como sacerdotes diocesanos, solos y dispersos, porque no había iglesias, entonces iban de aquí para allá celebrando misas, en los campos, en aldeas, sobre todo en las comunidades de alemanes y de polacos católicos. Después que se abrió la región, llegaron de todas partes: de Polonia, Estados Unidos, Eslovaquia; de Latinoamérica llegaron de México, Ecuador, Chile, Argentina, pero fuimos pocos los que seguimos.

—¿Por qué? ¿Es muy difícil?

Es particularmente difícil por dos cosas: uno, por la lengua. Vinieron muchos jesuitas. Porque bastante gente se interesó. Pero el idioma frenó a varios. Más allá de eso, siento que los chilenos no vivimos otro tipo de “barrera”. Cuando hice el discernimiento para venir, me dijeron: “cuando llegues, te darás cuenta que esto es como Chile, pero con nieve”. Y creo que es cierto: somos latinoamericanos australes, más fríos, buenos para el trabajo, nos gusta que el país crezca, nos caemos después de un terremoto, pero nos volvemos a levantar, y eso es coherente con el modo de ser ruso.

—¿Más allá de la idiosincrasia o el carácter, qué pasa con la gente?

Te diría que la gente es buena, sencilla, muy afectiva, se interesa por tu vida y acoge al extranjero.

—Me hablaste de dos dificultades…

La segunda barrera fuerte es la misma Compañía de Jesús: somos muy poquitos, tenemos muchos problemas para estar aquí. Desde el punto de vista legal, por ejemplo, nos cuesta tener los permisos de residencia. Constantemente se cambian las leyes, y estas son muy abstractas. Entonces, cómo se interpretan, es un gran tema. Gastamos mucho tiempo en abogados, en burocracia, en reuniones.

—¿Y con respecto al poco número de jesuitas? ¿Cómo están resolviendo eso?, ¿hay vocaciones?

Unas pocas “florcitas”. Es como un desierto. ¡Pero no como el desierto florido de este año en Chile! Hay poquitas. Por ejemplo, hemos tenido las últimas vocaciones desde Ucrania. Pero se ha debido abordar esta realidad y estamos en proceso de unión con una de las provincias jesuitas de Polonia. Eso significa contar con más “personal”.

MISIONERO EN SIBERIA

Si Rusia suena a lejanía, qué decir de Siberia. Sebastián está destinado allí, específicamente en la ciudad de Novosibirsk, de cerca de 1 millón 600 mil habitantes, y la tercera más poblada del territorio ruso. Ahí, donde las temperaturas en invierno pueden llegar fácilmente a los -40ºC, mientras se acumulan más de 2 metros de nieve, Cote (como le dicen a Sebastián) vuelca sus habilidades como intérprete de flauta traversa, doctor en Teología bíblica y su servicio ministerial. Colabora en el centro cultural Íñigo y está a cargo de la etapa previa de ingreso al Seminario diocesano ruso, donde se forman los futuros sacerdotes católicos de todo el país.

—Cuéntanos de tu quehacer como misionero.

Mi trabajo tradicional es el sacerdotal: escucho confesiones, cuatro veces por semana celebro misa en el Carmelo (un monasterio de carmelitas descalzas). Tengo misa con niños en el centro cultural o celebramos una liturgia de la palabra cuando participan niños ortodoxos. Ayudo en el centro Íñigo con la organización de conciertos, conferencias y la semana cultural para menores. Estoy preparando en este momento un concierto. Además, el trabajo consiste en dar Ejercicios Espirituales, reemplazar a algún sacerdote, charlas bíblicas en la parroquia… eso, en general. Pero, sin duda, lo más importante es el trabajo del Preseminario.

—¿En qué consiste esa labor?

Primero, decir que me tiene muy feliz. Tras dos años sin vocaciones, le pidieron a la Compañía de Jesús volver a hacerse cargo de esta tarea, ahora que volvió a haber ingresos. Creamos un nuevo programa, porque son otras las condiciones: principalmente, pocos seminaristas. En este momento tengo tres candidatos. Soy el coordinador del programa y el director espiritual. Mi trabajo consiste en acompañarlos en su proceso, yendo a visitarlos en las tres parroquias donde están viviendo en esta etapa. Ellos también van a Novosibirsk, para tener distintas experiencias, como clases de Biblia, de Teología, de Liturgia. Además, tienen una experiencia intensa de retiros y formación en EE.EE.

—Es una gran muestra de confianza que le entreguen a la Compañía de Jesús la responsabilidad de los futuros sacerdotes de Rusia, ¿no temen que alguno se vaya a la Compañía de Jesús?

¡No!, soy bastante estricto. Lo hemos conversado. La Conferencia Episcopal siempre ha sabido que hemos sido muy fieles a la vocación del diocesano. Los formamos para ello.

—En una época en la que se está fomentando de forma tan clara el diálogo ecuménico, uno se podría preguntar cuál es el sentido de una misión en un territorio que ya es cristiano.

Lo que pasa es que no hacemos “proselitismo”. Somos fieles a lo que nos dijo Juan Pablo II. Fue el Vicario del Señor quien nos envió a trabajar allá, y la orden fue: vayan a buscar a los católicos, no a evangelizar. Desde que volvió oficialmente la Iglesia católica hasta Francisco, han sido las mismas líneas: diálogo.

—¿Cuáles, en síntesis, consideras que son las cuestiones fundamentales que implica el hecho de vivir como misionero?

Diría que hay dos cosas que son necesarias para vivir en la Compañía como misionero: una, es que te sientas bien en la cultura donde estás. A mí me encanta Rusia, me encanta el idioma. Lo encuentro lindo, escucho música en ruso, rezo el rosario en ruso… ya no me sale en castellano. Cuando estoy en EE.EE., la mayoría de estos los hago en ruso. Los admiro mucho, me encanta la gente, pienso que es útil que “le haga la collera” a Estados Unidos. Los admiro como cultura, siento mucho cariño. Yo entré a la Compañía por segunda vez en Rusia. Fue algo que no pedí, que viví “desde arriba”, no me lo inventé… Un jesuita estadounidense llegó a hablar al Noviciado (donde yo estaba) diciendo que se iba a Rusia porque el Padre General abría la misión allá. Yo llevaba dos meses en la Compañía y sentí lo que los jesuitas llamamos un tiempo de primera elección: sí o sí tenía que hacer esto.

La segunda cuestión es que tienes que sentirte cómodo también con la Compañía. Aquí la vida es difícil. Y en esto me ha ayudado la tremenda alegría de saber que siempre los provinciales en Chile me han dado un cheque en blanco. Si necesito venir a Chile, agarró mi cruz de los votos, mi Biblia y mi flauta. Para mí es una alegría enorme saber que todos los provinciales me han dicho, “te recibimos con los brazos abiertos cuando quieras”.