Simplemente… María

Esta semana María José Encina nos invita a reflexionar sobre el rostro femenino de Dios, y nos recuerda que solo el amor y el dejarnos amar en lo que somos nos devuelve a nuestra condición de hijas y hermanas.
María José Encina, Adsis

Cuando conocí a María yo era una joven entusiasta, dedicada a salvar el mundo y a todo aquel que se pusiera en mi camino… ¿Cuándo me imaginaría que fue María quién me cambió la vida?

María me fue transformando, mi alma revolucionaria fue cambiando a un alma de hermana… Su historia marcó mi vida y la seguirá marcando… Mi incongruencia ante el horror que viven tantos hermanos a una cuadra de mi casa me tocó en lo más profundo… Piezas oscuras, sólo sopas para alimentar a los niños, gritos de amenaza y olor a pito en el vecindario, todo contribuye a la desesperanza. Ahí vive María, con su marido y sus cinco hijos…

Comenzó una persecución: el rostro de María, sus ojos de misericordia constante, su sonrisa de ternura transparente me seguía hacía donde fuera… Al principio un latigazo, ¿cómo María me va a amar así si yo no soy capaz de responder a su amor? Salía la revolucionaria que salva al mundo, la que necesita demostrar con resultados… y ahí aparece María con el rostro inamovible… de sólo Amor, sólo misericordia…

Durante semanas me fui dando cuenta de que María es quien me salva, y no en mi eficacia agotadora… sino que, en ser mi hermana, en darnos tiempos, en sentarnos, en contemplar a los niños. Con María nos devolvemos la dignidad, no hay roles, no hay exigencias más que la verdad, no hay discursos… La sociedad nos consume con fuerza, nos exige resultados, si no eres competente no sirves, si no das eres bajo la norma…

María me ama… María no baja su rostro… María comparte conmigo su vida, y me invita a compartir nuestras vidas, cada día más… A no pasar por alto su vida, sus penas, su lucha… A compartir mi vida, mis penas, mis luchas… A ser hermana, con historia, con rostro… A olvidarme de los sustantivos comunes que me hacen ser una entre tantos… y apropiarnos del sustantivo propio que nos da identidad y nos trasciende… Me llama a ser verbo… al ejercicio constante de salir, de no quedarse…

Dejarme mirar por los ojos de Dios…

Porque Dios en ella se revela…

Porque Dios tiene rostro de mujer…

Este es un texto antiguo, hoy ambas estamos más viejas, ambas con algunas canas… Yo ya soy tía de los pequeños de cada uno de los hijos e hijas de María y ella ya es abuela. Ahora además de ser hermanas, somos amigas. En estos años el hacernos cuerpo nos ha cambiado, la historia nos llevó a ambas a vivir en nuestros propios cuerpos el dolor de las injusticias, y esto además de hacernos sufrir nos hermanó mucho más. Ciertamente, después de hacer camino y reconocer nuestros sufrimientos, nos hace borrar fronteras que de otro modo desde el intelecto cada vez se hacen más grandes.

Solo el amor y el dejarnos amar en lo que somos nos devuelve a nuestra condición de hijas y hermanas.