Mensaje de Pascua 2020

Padre General Arturo Sosa SJ, 12 de abril de 2020

La Pascua de Resurrección ofrece nueva luz al camino hacia Dios que nos está indicando la pandemia del COVID-19 que viene afectando, hace semanas, a toda y la única humanidad. La Pascua es paso de Dios, paso de la muerte a la vida, paso que transforma a quien se abre a la experiencia del Crucificado-Resucitado.

Pascua es un momento para agradecer a Dios tanto bien recibido. Hago llegar una sentida palabra de agradecimiento a todos mis hermanos jesuitas, compañeros y compañeras en la misión, a los Superiores y Directores de obra que han animado con generosidad y creatividad tantas iniciativas para hacer de la distancia cercanía y del dolor Esperanza. Gracias por toda la comunidad eclesial que ha sabido salir al encuentro y servir de “hospital de campo” para muchos. Gracias a quienes sin distingos de credo, raza, cultura o edad han convertido esta crisis en paso hacia la transformación.

Celebramos la memoria del paso del Señor, recibimos con alegría al Consolador, abrazamos la Esperanza y damos gracias a Papa-Dios. Celebramos la memoria del paso liberador de Dios que abrió las aguas del Mar Rojo para que el pueblo se encontrara con Él en el desierto y, dejando atrás la esclavitud, iniciara el largo trayecto a la libertad. La crisis del COVID-19 está abriendo nuestros ojos para ver de cerca las estructuras que hoy oprimen a la humanidad y crean las enormes brechas de la injusticia social. Atrae nuestra mirada a lo que nos oprime y abre nuestros ojos a la necesidad y posibilidad de iniciar su transformación.

Recibimos con alegría al Crucificado, Resucitado a la Vida de Dios a la cual sólo se llega por el amor tan grande que vence el miedo a la muerte y dona voluntariamente la propia vida. Tenemos presente a todas aquellas personas que le han perdido el miedo a la muerte y arriesgan su propia vida para salvar no sólo la vida de cada uno de nosotros sino de la sociedad misma. Médicos, enfermeras, empleados de hospitales, sacerdotes, religiosos, religiosas, voluntarios, defensa civil, fuerzas del orden y tantos otros que invisiblemente dan una mano aquí o allá para dar nueva vida.

La contemplación del Crucificado nos ha conducido a apiadarnos de los descartados del actual orden mundial, condenados a la muerte de la pobreza, la marginalidad, la perdida de sus derechos fundamentales, obligados a huir de su patria y alejarse de su gente querida. Allí descubrimos al Dios-con-nosotros que nos invita a cuidar el amor de Dios en nosotros abriéndonos a lavarnos los pies los unos a los otros, a cuidar sin miedo la vida de los otros.

Como el sepulcro de Jesús, el confinamiento por el COVID-19 no puede retener nuestro deseo de vivir y dar vida. Jesús Crucificado pasó por el sepulcro para transformar su muerte en paso a la Vida de Dios y así abrirnos la puerta de la vida verdadera. El sepulcro deComo el sepulcro de Jesús, el confinamiento por el COVID-19 no puede retener nuestro deseo de vivir y dar vida. Jesús Crucificado pasó por el sepulcro para transformar su muerte en paso a la Vida de Dios y así abrirnos la puerta de la vida verdadera. Jesús está vacío porque la muerte no puede retener la fuerza del amor liberador. El sepulcro vacío nos indica que la humanidad se puede salvar. Hagamos de este confinamiento la oportunidad para transformar nuestra vida y renacer en el amor que sale al encuentro con quienes se empeñan en construir un mundo mejor.

Muchos – demasiados – han muerto a causa del COVID-19. Ellos nos han hecho ver a tantos otros muertos a causa de las injusticias, de la violencia, de la guerra. No hemos perdido a quienes han dado su vida en esta crisis si escuchamos el mensaje que nos gritan para que demos el paso a transformar nuestra propia vida, la sociedad que hemos construido defectuosamente y rescatemos la naturaleza maltratada.

Del sepulcro sale el Crucificado-Resucitado para ejercer su misión de consolador. Jesucristo nos consuela con su amistad por la que nos trasmite la Vida de Dios. Nos ayuda a perder el miedo a caminar por el desierto para encontrarnos con Él. Nos ayuda a entender las Escrituras que explican de tantas maneras cómo Dios está presente en la vida humana y en la naturaleza. Él nos guía a través de su Espíritu… si nos dejamos guiar.

Jesucristo está tan cerca de nosotros que lo podemos abrazar. Su cercanía no es amenaza a nuestra salud. Por el contrario, abrazando a Jesucristo alcanzamos nuestra salvación. Abrazando al Crucificado-Resucitado abrazamos la Esperanza, esa que nos hace comprometernos en la construcción de nuevas relaciones entre los seres humanos y con el medio ambiente porque encontramos en Él el ánimo y la fuerza para hacerlo. En Él abrazamos a toda la humanidad porque nos sentimos hermanos y hermanas de cada persona, pueblo y cultura. Sabemos que la variedad nos enriquece y la creatividad nos permite encontrar nuevos modos de relacionarnos dejando vacía la tumba de los muertos.

La Pascua del Resucitado sea motivo de alegría profunda y traiga bendición para todos nosotros. Que sea un tiempo de gozo y transformación profunda. El amor de los compañeros, compañeras, amigos y familiares los abrace en este tiempo y los enriquezca. Cuenten con mi oración como cuento con las suyas.

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