El P. General ha asegurado que la pandemia del COVID-19 ha hecho ver tanto descuido acumulado por décadas en el modo como los seres humanos nos hemos relacionado entre nosotros, con la naturaleza y con Dios. La emergencia social y sanitaria ha puesto de manifiesto que la pobreza y la miseria en nuestra sociedad en general y, particularmente, en las naciones del llamado tercer mundo son situaciones estructurales de vieja data; y que es preciso corregir ahora el rumbo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenidos ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo (Papa Francisco: Momento Extraordinario de oración en tiempo de pandemia, 27/03/20).

La amenaza es común y por eso ha suscitado tanto interés, pero la verdad es que en este barco común que es la humanidad, unos viajan en primera, mientras muchos viajan amontonados en las bodegas. Unos disfrutan de las comodidades de los servicios de cubierta, mientras los otros sobreviven o mal mueren y son arrojados a las fauces de la tormenta.

Nosotros, los jesuitas, hemos de reconocer con humildad, que no hemos echado toda nuestra suerte con los pobres, y que esa realidad nos interpela desde el Evangelio, la buena noticia de Jesús y nos llama no sólo a ser solidarios, sino a cuestionar nuestro lugar social en esta tormenta. Cobra sentido profundo cuidar la vida de los descartados, multiplicados exponencialmente en esta pandemia como consecuencia de las estructuras injustas de nuestro mundo, incapaces de poner a los seres humanos y al bien común al centro de las decisiones políticas locales, nacionales o mundiales. Nunca debemos olvidar que la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno (Ignacio a los Padres y Hermanos de Padua, 1547). Son los pobres los que nos obligan a volver sin cesar a lo que es esencial en el Evangelio, a lo que en realidad da vida (C.G. 36, d.1, 15).

Por eso, un primer pensamiento y sentimiento de solidaridad sincero es con las víctimas: los muertos, los vulnerables, los más empobrecidos, los indígenas, las comunidades afrodescendientes, los migrantes, los enfermos de los hospitales públicos, los ancianos, los hombres y mujeres (familias innúmeras) que viven de las ayudas o del trabajo diario. Con el corazón puesto en ellos, convidamos a nuestros compañeros jesuitas a preguntarnos delante del Cristo puesto en la Cruz, la cruz de la pandemia: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué quiero hacer por Cristo? Si de esta Pandemia más de la mitad de la humanidad sale empobrecida y fragilizada y nosotros, por nuestra parte, salimos incólumes, entonces tendremos que preguntarnos con sinceridad: ¿Compañeros de quién somos? ¿Cuál es el Cristo que estamos siguiendo?

En el contexto de ésta crisis mundial nos hemos reunido virtualmente los 13 Provinciales de la CPAL, cuatro Superiores Regionales o de sección siempre convidados (Jamaica-Guyana, Amazonia/BRA, Cuba y Haití), los dos Asistentes del P. General para América Latina y El Caribe, y el Equipo Central de la CPAL, para conversar y discernir juntos, principalmente, sobre la situación actual de cada Provincia y de nuestra Conferencia, revisar la marcha tanto del proceso de evaluación de los CIF como del proceso de evaluación del PAC y planeación del PAC.2 (PEPPAC), y evaluar el desempeño del equipo central de la CPAL.

El contexto actual de la pandemia será un desafío para la formación: estudio en contexto, mirada discerniente, formación integrada con el mundo real en conexión con los pobres, aprendizajes reflexivos y críticos para aportar en la transformación del mundo. Para estos últimos temas nos acompañaron el P. Mark Ravizza, Consejero del P. General para la Formación, y P. Segundo Rafael Pérez, y el Dr. Carlos Ernesto Pérez, respectivamente secretario ejecutivo y asesor metodológico y técnico del PEPPAC. También dedicamos un tiempo para la elección del nuevo vicepresidente, P. Rafael Velasco y 3 consejeros de la CPAL: PP. Gabriel Roblero, Gustavo Calderón y Luis Gerardo Moro, así como múltiples asuntos prácticos y decisiones no menores que nos corresponden en asamblea.

Conscientes de que la realidad actual generará grandes desafíos para la Compañía de Jesús en América Latina, es que queremos incidir en la formación de las personas, la consolidación de los procesos y redes y, sobre todo, en la reestructuración y reconstrucción social de nuestros diversos países.

Como afirmó el P. General, esta crisis nos muestra un camino hacia Dios: somos una sola humanidad, es importante que nos cuidemos y atendamos a los demás, seamos generosos y solidarios con los más necesitados. Es ahora cuando se nos da la oportunidad de ponernos realmente a escuchar y a discernir los signos, pero no solos, sino en Compañía. Más que nunca nos necesitamos unos a otros. Las palabras de San Ignacio en el envío de San Francisco Javier al lejano oriente, Id, inflamad todas las cosas, adquieren relevancia para el jesuita de hoy; el mundo espera algo de nosotros y nosotros queremos ofrecerle un nuevo rostro al mundo.

Finalmente, queremos agradecer a los padres José Francisco Magaña, João Renato Eidt, Rolando Alvarado, quienes se despidieron como miembros de la CPAL y, próximamente lo harán los PP. Carlos Eduardo Correa, Javier Vidal Gonzáles y Juan Carlos Morante. Con igual gusto y agradecimiento, le damos la bienvenida a los nuevos provinciales: José Domingo Cuesta, Luis Gerardo Moro y Mieczyslaw Smyda.

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