Mes de la solidaridad: 6 testimonios desde las obras y comunidades jesuitas en Chile

En este Mes de la Solidaridad te presentamos seis historias de colaboradores de las obras sociales y comunidades de la Compañía de Jesús. Personas que movidas por los valores de San Alberto Hurtado descubrieron en su propio interior la capacidad para darse a los demás y luchar por los valores de la paz, justicia y solidaridad.

¿Qué haría Cristo en mi lugar?, se preguntaba el P. Hurtado…Y él, un hombre santo que supo mirar su mundo con ojos maternales, ¿qué haría en esta sociedad fragmentada del siglo XXI?, ¿cuáles serían sus preocupaciones, sus desvelos? Aquí seis relatos de como distintas personas tomaron esa posta y la hicieron carne en sus acciones:

Ruth Saavedra Covarrubias, 35 años, área de educación.

Los recuerdos de infancia de Ruth Saavedra van ligados a la solidaridad. De pequeña caminó de la mano de su abuelo por los pasillos de la Parroquia de la Santa Cruz, ubicada en la Población Los Nogales de Estación Central. Muy cerca de ahí, en el Colegio Francisco de Borja Echeverría, que se ubicaba detrás del Santuario del Hogar de Cristo, hizo su primera comunión y conoció las enseñanzas del Padre Hurtado, ese sería un camino del que no se apartaría hasta ahora que está trabaja en la parte administrativa del Área de Educación de la Compañía de Jesús.

Su trabajo en la Red Educacional Ignaciana después de egresar de Ingeniera Comercial, como en esos días que caminaba por los pasillos de la parroquia, están enfocados en ayudar a los demás: “Para mí la solidaridad se ha vuelto transversal, va mucho más allá de ocasiones puntuales como, por ejemplo, participar y colaborar de una campaña solidaria en un momento específico del año, más bien es un modo de vivir la vida, es la disposición de servir o ayudar al prójimo”.

Para Ruth los talentos que recibimos se pueden poner a disposición para mejorar la comunidad y trata de llevarlo a cabo diariamente: “Uno mismo es prójimo para otros, es decir, ser conscientes que todos somos seres humanos frágiles que en algún momento tendremos algún tipo de carencia; todos podemos aportar con nuestro granito de arena en distintos formatos: algunos tienen dinero y aportan económicamente, otros son estudiosos y aportan con sus conocimientos, otros disponen de su tiempo y lo ponen al servicio, otros prestan un oído y escuchan, otros son buenos consejeros y orientan, otros son de piel y abrazan, y así podríamos encontrar muchas otras formas de vivir la solidaridad”.

Su interés por ser parte del Área de Educación nació estando como voluntaria, siempre le llamó la atención el buen ambiente que se percibía en la REI, la cercanía en el trato y el énfasis por promover la inclusión con los estudiantes de los distintos establecimientos educacionales. Hoy para Ruth Saavedra la solidaridad es el pilar fundamental del trabajo que realiza con su equipo: “Hoy en día en el trabajo siento que la solidaridad se vive de manera natural y espontánea, es como si estuviera en nuestro ADN, tengo la fortuna de poder decir que todos quienes formamos parte del Área de Educación Escolar nos movemos desde el buen espíritu y constante ánimo de colaborarnos, en general estamos bien pendientes entre nosotros, entonces vivir la solidaridad en la oficina ser torna sencillo, así funciona de la misma forma para afuera”

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Isidora Villa, 26 años, TECHO-Chile

De profesión psicóloga, actualmente se desempeña como directora de la Región Metropolitana en TECHO-Chile. Durante ocho años fue, e indica que “me gusta sentir que siempre seré”, voluntaria permanente de esta obra de la Compañía de Jesús.

Isidora empezó como tutora de niños, niñas y adolescentes en un campamento junto a un grupo de voluntarios y voluntarias; luego avanzaron hacia actividades lúdicas que les permitieron desarrollar distintas habilidades y finalmente logró desempeñarse en un rol que implicaba encargarse de la intervención en cuatro campamentos de la comuna de Colina; además de liderar distintos procesos de Trabajos Voluntarios de la organización.

Su ingreso a TECHO-Chile el año 2013 fue la respuesta a unos Trabajos de Invierno que organizaba su colegio. A Isidora le llamó la atención el trabajo solidario que hacían las personas que lideraban la construcción; a través de las cuales se enteró de la labor permanente que, junto a muchos otros jóvenes, hacían en las comunidades. “Luego de sus testimonios no dudé. Al día siguiente (y luego de un viaje de una hora y media desde mi casa) estaba en el campamento Santa Teresa ubicado en San Bernardo. Al llegar el impacto fue total: había pasado 17 años de mi vida desconociendo ese nivel de desigualdad y exclusión. Era la primera vez que pisaba un campamento”, expresó.

En ese momento Isidora entendió que comenzaba un camino que sostendría hasta el día de hoy, el de luchar por un país más justo donde todos y todas tengamos las mismas oportunidades y podamos acceder a aquello que soñamos. En este caso, una vivienda digna.

“Efectivamente la solidaridad, que para nosotros es este sueño de justicia, es algo que se vive. Los lazos que se forman dentro de TECHO son muy profundos porque incluso con diferentes realidades, edades, ocupaciones y gustos, todos y todas compartimos un mismo objetivo y -aún más importante- nos movilizamos por él”, nos cuenta la psicóloga. “Tuve el privilegio de llegar a un punto en el que desaparecieron los roles y aparecieron las personas. Hoy puedo decir que la Ale, la Jovy, la Tere y la Silvana son mujeres, madres, trabajadoras, dirigentes de campamento y mis amigas”, agrega.

Isidora se siente orgullosa de trabajar con jóvenes voluntarios y voluntarias que disponen de su tiempo, habilidades y ganas de aprender para apoyar a tantas personas a las que -como sociedad- les dimos la espalda en el tiempo: “Creo que ese es el primer paso: entender que el problema de acceso a la vivienda y en el fondo la desigualdad social, sólo se pueden superar si todos/as tomamos responsabilidad en ello.”

“Es un privilegio compartir con tantos y tantas líderes comunitarios y vecinos que sueñan con una casa en la cual ver crecer a sus hijos/as, con un barrio junto donde compartir con sus vecinos y un país que por fin les mire fuera de una división económica o social. Esto no se trata de ver necesidades y cubrirlas, sino de ver capacidades y potenciarlas, la lucha no es para ellos sino con ellos (…) Confío profundamente en el poder de encontrarnos y trabajar en conjunto por un país más justo, no creo que exista otra forma de generar cambios así que seguiré trabajando por ello desde donde esté”.

Doris Carrasquel, abogada (Venezuela), Servicio Jesuita a Migrantes:

Llegó a Chile en diciembre de 2016 y su primera aproximación al Servicio Jesuita Migrante fue como usuaria, le habían contado apenas tocó suelo nacional que ahí realizaban orientación y habían bolsas de empleo, y “lo primero que uno hace como migrante es buscar esto, apenas llegué me fui a inscribir a la base de datos, sin pensar que después me llamarían para un reemplazo, mientras estaba trabajando en otras cosas: una pastelería y empresa de ventas de teléfono”.

Doris sintió que era el lugar indicado apenas la entrevistaron y pudo contar su largo trabajo con la solidaridad como valor más importante en su natal Venezuela con trabajo como abogada en Caritas y otras organizaciones sociales.

“Trabajaba con el tema de refugio y sabía del trabajo de los jesuitas. Me toca muy de cerca llegar y estar en los pantalones de las personas a las que yo atendía con anterioridad. Ahí te das cuenta de las vueltas que da la vida, es increíble. Nunca sabes cuando te puede tocar estar solicitando información o ayuda. Es muy fuerte”

“Me encanta mi trabajo en el SJM, orientar, ponerse en su lugar, recibir una información para poder irse tranquilo, no hacerlos dar más vueltas!

Doris recuerda  que cuando se graduó de abogada dijo: “yo voy a trabajar por los más pobres. Todo esto sin saber lo que iba a pasar, ahora trabajo quizás no por los más pobres, pero si por los más vulnerables. Que son los migrantes”.

El momento que tu entras a la oficina del Servicio se siente la solidaridad: en una recepción que ves unas sillas cómodas, un ambiente bonito, te das cuenta que están pensando en ti. Para el migrante todos los trámites son en la calle, rápido, sin la menor comodidad, como recibiendo un maltrato. En cambio en el SJM se nota que están pensando en los otros. El migrante está lleno de nervios y es el punto en que se pueden aprovechar de ti, que te cobren o te engañen, por eso tratamos de hacer que la imagen del SJM sea buena y que haya confianza.

Elena Donaire, voluntaria (92 años), Hogar de Cristo,:

Fue a mediados de la década del 40, cuando Elena Donaire (92) llegó al Hogar de Cristo, para hacer catecismo a niños en situación de calle. Les llevaba pelotas de fútbol y dulces. Entonces tenía 15 años. “En esa época conocí al padre Hurtado, cuando lo recuerdo, lo primero que se me viene a la cabeza es verlo recogiendo a niños abandonados que vivían a orillas del Mapocho”.

Partió como voluntaria en la Fundación del Padre Hurtado, más adelante, su interés se volcó en las personas privadas de libertad en la cárcel. Y cuando se produjo el golpe militar, siguió como voluntaria clandestina. “Como había toque de queda, salía con un pañuelo blanco a repartir medicinas a los campamentos”, recuerda.

Elena Donaire lleva más de 40 años de hacer voluntariado, sin ser ella una mujer próspera ni mucho menos, pero tiene el gen de la solidaridad. “¡He visto morir a tanta gente pobre! Si te contara las veces que tuve que ir a conseguir ataúdes, no terminaríamos nunca. Han sido décadas de buscar ataúdes para personas que, de muertos, siguen siendo pobres… Cuánta falta hace hoy en día el Padre Hurtado”.

Recientemente Elena reveló que su misión tiene su raíz en la amistad con San Alberto Hurtado, fundador del Hogar de Cristo, a quien antes de morir “le prometí seguir sirviendo a la gente, tal como lo hacia él”. “Ese es el motivo más grande que tengo para seguir ayudando, esto es mi alegría. Yo voy a salir a la calle a ayudar hasta que el de arriba me llame. Yo sé que si él estuviera vivo, estaría aquí en la calle ayudando conmigo, me gustaría estar al lado de él”, asegura.

-¿Dejaras la ruta calle algún día?

No, quiero morir con la chaqueta del Hogar de Cristo puesta, voy a cumplir con mi promesa. Llevo más de 40 años con la gente en situación de calle, comencé con el padre Hurtado y lo haré hasta que no me den las fuerzas.

Jessica López, 28 años, Área Juventudes

Jessica López ha vivido sus 28 años en Padre Hurtado. “Una comuna que reúne lo rural y lo urbano en una sola”, resalta de entrada. Cerquita de su casa está la Parroquia San Ignacio de Loyola, donde comenzó a participar desde muy niña. Primero fue en la catequesis familiar, luego en el Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ) y en diversos apostolados organizados por la pastoral juvenil. Pero más allá de la inercia, había algo que convertía a la parroquia en un espacio seguro y acogedor. “Aquí nunca ha importado la económica o social, esas cosas no son relevantes. Aquí he crecido y he reconocido el rostro de Cristo en los demás”, dice con orgullo.

Sus primeras aproximaciones con el concepto de solidaridad se dieron un poco antes de conocer la parroquia, eso sí. Desde muy pequeña tuvo el ejemplo de sus padres, persona que describe como muy creyentes y humildes, y que pese a tener necesidades económicas, siempre estaban dispuestos a ayudar a los demás. “Donde comen 3, comen 6, decía siempre mi mamá”, recuerda Jessica.

Con ese ejemplo llegó a participar en la pastoral juvenil de la parroquia. “Cuando comencé a participar en la pastoral juvenil, el apostolado con niños, jóvenes y adultos mediante las diferentes actividades nos permitía ir generando con gestos igualdad de oportunidades para aquellos que estaban más segregados en la sociedad y una vida con mucha más dignidad”, rememora.

Para Jessica, esas experiencias fueron un medio para identificar sus motivaciones y su vocación. La respuesta sobre cuál sería su rumbo profesional se venía escribiendo por medio de cada experiencia vivida. Así, decidió estudiar psicopedagogía y pedagogía en educación diferencial.

“La solidaridad nos invita a vincularnos y comprometernos con el resto, ayudarlos en sus necesidades y mirarlos con dignidad”, dice Jessica. Y es esa invitación la que la sostiene. Porque, según relata, la vulnerabilidad y la pobreza es una barrera permanente para los estudiantes con los que trabaja. Todos los días se levanta y enfrenta situaciones nuevas que la mantienen en un permanente aprendizaje. Pero en esas situaciones, en cada rostro con el que comparte, “Yeka”, como la conocen sus amigos, reconoce a Cristo.

“Esta labor me permite formar, acompañar y entregar el corazón para la construcción de un mundo más justo, por medio de la enseñanza y también a ser testigo de las acciones de otros en esta búsqueda de justicia”, cierra Jessica.

Bryan González, 36 años, Infocap.

Bryan reside en la comuna de Lo Espejo, está casado y tiene dos hijos. Antes de su paso por INFOCAP trabajaba fabricando detergente líquido.  En un momento de su vida se vio en la necesidad de cambiar de trabajo, pero no contaba con las herramientas ni los conocimientos para hacerlo, sin embargo, a través de la OMIL, supo de esta oportunidad de crecer y postuló, a partir de ahí su vida cambiaría. 

En el año 2019 que ingresó al curso de Instalaciones Sanitarias y de Gas, en la jornada de mañana, ahí la solidaridad fue fundamental para enfrentar la nueva realidad virtual con la que tuvimos que volver a relacionarnos tras la pandemia: se daba el trabajo de repetir las clases para quienes tenían dudas o no lograban ingresar a las clases de manera virtual, entre otros tipos de ayuda.  

En Infocap Bryan sintió que le daban una oportunidad, pudo sentirse digno y valorado, conoció gente y como el mismo dice:  “si había un solo pan, lo partían de tal forma que todos pudieran comer”.  Hasta el día de hoy mantienen el contacto para seguir ayudándose entre sí y “ver con amor a las personas a pesar de las diferencias y reconocer dignidad y valor en cada una de ellas”. Estar en un grupo de diversas realidades, le permitió a Bryan madurar, abrir su forma de ver el mundo y ser solidario, lo que lo llevó a ganar el Premio Padre Hurtado, siendo nominado de manera unánime por sus compañeros.

Bryan afirma que se siente contento con lo que ha logrado y cómo ha cambiado su vida, sus hijos se sienten orgullosos de ver que su papá pudo sacar una carrera. Actualmente se encuentra trabajando en el área de mantención del Parque Metropolitano, donde ejerce como gasfíter y está contento de poder trabajar en la naturaleza y de manera estable. 

Agosto, Mes de la Solidaridad: oportunidad para el reencuentro.

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