Orar con las Preferencias Apostólicas Universales en el Adviento

El Adviento nos sitúa en varios niveles diferentes.

  • Nos introduce en el misterio de Dios que actúa en la historia, sin estar sometido a ella. Nos invita a contemplar a un Dios cuyas promesas están insertas en nuestro tiempo y en nuestra historia, dándole forma y llevándola lentamente a su culminación de maneras inesperadas y a través de las personas que menos esperamos. En Adviento encontramos a un Dios que nunca deja de sorprendernos.
  • La liturgia de Adviento es una escuela en la que aprendemos a escuchar y a esperar con expectación esperanzada.
  • Por medio de una escucha contemplativa de la Escritura, nuestra imaginación se ensancha: podemos advertir que Dios no nos abandona ni a abandona a nuestro mundo. Continúa con inagotable paciencia llamándonos a la vida nueva del Reino.
  • El tiempo de Adviento nos hace crecer. Nuestro corazón se agranda hasta abrazar el sufrimiento del mundo en el amor de Dios. Un amor que nos saca de la desesperación y la impotencia, porque sabemos que tenemos un salvador, ‘Emmanuel’.
  • Adviento es tiempo para abrirse al riesgo de la esperanza y a la fuerza que nos infunde, para ver nuevas posibilidades, para dejarnos renovar, para permitir que la vida del Espíritu Santo que hemos recibido se convierta en vida nuestra. El Señor ha venido ahora, en este tiempo nuestro, y para siempre.

En la Contemplación de la Encarnación, Ignacio nos invita a mirar al mundo entero en todos sus tiempos, lugares, personas y circunstancias (EE.EE. 101 y ss.). Se nos pide que veamos este mundo como Dios lo ve, lo conoce y lo ama, en toda su belleza y su dolorosa verdad, “todas las naciones en tanta ceguedad, y cómo mueren y descienden al infierno”. Así llegamos a la profundidad de la misericordia amorosa de Dios. Dios viene a nosotros en nuestra miseria y necesidad, en la verdad y en el amor, ‘la segunda persona debe hacerse hombre para salvar a la raza humana’.
La contemplación llama también nuestra atención sobre la respuesta de una joven de Nazaret, pequeña e invisible. En este tiempo de Adviento Ella es nuestra maestra y nuestra guía. Es quien puede enseñarnos a escuchar con profundidad y en clima de contemplación, y mostrarnos cómo estar abiertos, cómo decir nuestro ‘fiat’ a Dios que realiza lo imposible.
Cuando entramos en el tiempo de Adviento y vivimos su liturgia, es bueno pedirle a Ella, la Madre del Señor, que ore con nosotros y por nosotros para que nos sintamos llenos de la gracia de estas “actitudes del Adviento”.
“Demandar la gracia que quiero; será aquí pedir gracia a nuestro Señor, para que no se sordo a su llamamiento, más presto y diligente para cumplir su sanctíssima voluntad” (EE.EE. 92).
Las PAU son formas de contemplar nuestra vida como jesuitas en el mundo ‘de hoy’, y también en el mundo ‘del hoy de Dios’ – el Kairos del Reino entre nosotros. Nuestro enfoque puede ser universal, o podemos hacerlo más local. Las PAU ofrecen la posibilidad de contemplar el misterio que nos revela el Adviento. Invitan a una ‘escucha contemplativa’. En los distintos campos sobre los que llaman nuestra atención es posible escuchar y seguir la llamada del Espíritu. Con frecuencia reconoceremos a los que nos han precedido en el camino y en él continúan; a aquellos que pueden ser para nosotros guía y enseñanza.
Entre las gracias del Adviento una es la de ser abiertos y humildes. Ambas cosas nos hacen libres para mejor servir ‘a nuestro Señor que por mí se ha hecho hombre’ (EE.EE. 104).
Podemos usar el tiempo de Adviento para dar respuesta a la invitación que se encierra en cada PAU, bien sea haciéndolas objeto de nuestra oración personal, tomándolas como tema de la oración comunitaria o la liturgia, o desarrollándolas para compartirlas con nuestros colaboradores. He aquí algunas gracias o actitudes que podemos pedir: Saber, dar a conocer,
caminar,
acompañar,
colaborar.

Todas hacen referencia a hábitos del corazón y a cómo queremos servir a la Iglesia y al mundo en sus carencias y necesidades.
Fuente: Jesuits Global

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