En medio de la pandemia resalta y adquiere más sentido la necesidad de ser colaboradores. Tal vez la urgencia de la colaboración nos ayude a destrabar las dificultades conceptuales que tenemos para definir lo que debería ser la colaboración en la Compañía de Jesús. En esta materia estoy convencido de que hemos avanzado a tanteos y golpes; y sé que los golpes más fuertes se los han llevado generalmente los colaboradores laicos y laicas, más que los colaboradores jesuitas. Hay gente que ha salido herida, y sabemos que la recuperación toma tiempo, y que puede darse o no darse.

Hay mucho terreno a explorar (entre ensayos, errores y aciertos) y muchos desafíos institucionales que es necesario enfrentar con lucidez y generosidad. Uno de ellos tiene que ver con la forma como se estructura la Compañía de Jesús y en ella el ejercicio de la autoridad, y con los alcances prácticos en términos de responsabilidades de sus múltiples y diversos colaboradores y colaboradoras.

La distinción entre colaboradores jesuitas y otros colaboradores (laicos o laicas, y otros) es no sólo necesaria sino conveniente para unos y para otros. No es lo mismo ser miembro de la Compañía de Jesús y vivir las exigencias por las que se optó al ser parte y ser recibido por ella, que ser colaborador no jesuita en la Compañía de Jesús, y optar por el proyecto apostólico que en ella se construye entre todos.

La Compañía de Jesús es jerárquica por constitución. Su cabeza es Cristo Jesús del cual somos compañeros, y su vicario: el Papa. Y el máximo cuerpo de autoridad en la Compañía (que está al servicio de Cristo y su vicario) es ella reunida en Congregación: los pocos profesos que permanecen en Roma, en tiempos de Ignacio, y hoy los delegados de las provincias para una CG. La Congregación General ejerce ese poder

legislando y dando orientaciones; y luego de reunida, delega todo su poder en el P. General con vistas a la misión, y éste, a su vez, lo delega con mesura en aquellos que nombra superiores mayores (provinciales, superiores regionales y presidentes de conferencia), quienes a su vez, nombran superiores locales.

Su organización jerárquica no significa que el PODER sea el de mandar arbitrariamente, sino que quien ejerce el poder no ha de ejercerlo sino por delegación y en función de la misión (la de Dios) que se recibe del Cristo a través del Romano Pontífice. Para discernir esa misión se reúne la Congregación General; para discernirla se nombra un Superior General; para discernirla se nombran superiores mayores; para discernirla se nombran superiores locales; para discernirla esos superiores buscan y nombran colaboradores; los más variados: unos jesuitas, otros no, unos directores otros no, etc.

Y es ese ejercicio de la autoridad (que no debe ser otra cosa que el ejercicio del discernimiento) lo que garantiza que la Compañía de Jesús (la orden de religiosos jesuitas) pueda ser eso: “de Jesús”. Es, en parte, lo que le ha permitido sobrevivir durante 450 años de historia. Porque el Espíritu permanece, a pesar de nuestras mezquindades y defectos. Por eso, pedirle a la Compañía de Jesús que deje de ser jerárquica (en ese sentido) es desnaturalizarla.

En el Cuerpo Apostólico de la Compañía de Jesús participamos todos los colaboradores y colaboradoras que acogemos su misión como propia. Pero eso no quiere decir que la Compañía de Jesús tenga que dejar de ser jerárquica; y ¡mal haría, quien sea encargado, en omitirse y disolver la autoridad encomendada en un asambleísmo amplio o pequeño!

Ahora bien, es verdad que la Compañía de Jesús en la regencia de sus obras, donde tiene multitud de colaboradores diferentes (unos jesuitas y otros no jesuitas) sin los cuales no podría hacer todo lo que tiene que hacer, tiene que integrar de la mejor manera posible, en su responsabilidad de discernimiento, la presencia y la palabra de esa multiplicidad de colaboradores no jesuitas. Y ha de hacerlo no porque los necesite

como si faltara “personal”, sino en virtud de sus capacidades y de su estatuto propio como colaboradores no jesuitas (sean laicos, religiosos, sacerdotes, hombres o mujeres, etc., incluso no creyentes) de la “missio Dei”, misión de todos. Pero para propiciar eso no hay que pedirle a la Compañía de Jesús que deje de ser lo que es y abandone su modo jerárquico de ejercer el discernimiento y la autoridad.

En eso consiste el desafío de la colaboración no solo en los niveles de la ejecución sino también en los niveles de decisión.

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