Informamos con profunda tristeza, que hoy viernes 24 de julio, falleció el P. Josse van der Rest.

El P. Josse van der Rest SJ tenía 96 años de edad; 76 años de vida religiosa en la Compañía de Jesús; y el 9 de julio, había cumplido 65 años de sacerdocio.

El funeral de Josse se realizará mañana, sábado 25 de julio, en el cementerio de la Compañía en Padre Hurtado, luego de una breve detención del cortejo en las afueras del Hogar de Cristo (Hogar de Cristo 382, comuna de Estación Central, a las 11.00 hrs.), donde se tendrá un momento de oración, memoria y canto. Este momento se transmitirá de manera virtual por las redes sociales del Hogar de Cristo (para conectarse: https://www.facebook.com/hdecristo/live – no requiere ingresar usuario ni contraseña).

Nos unimos en la oración por Josse, por su familia que se encuentra lejos y por esta Provincia que tanto quiso.

Más chileno que belga

Vivió más de 60 años en Chile y solo 35 años los vivió en su país natal, Bélgica.

La biografía de Josse van der Rest está salpicada de hechos increíbles. Fue un sacerdote jesuita que nunca quiso ir a misa en su infancia, porque era “anti curas”, y en su juventud se enroló en la guerra para ser espía.

Nació en una familia rica, dueña de 850 industrias en 55 países alrededor el mundo y cuya educación fue acomodada, con profesores que llegaban a su propia casa. De cuatro hijos, fue el primogénito, luego adoptado por un tío que suplió a su padre, porque el suyo falleció cuando su hermanito menor apenas cumplía un año.

De su adolescencia, recuerda el tiempo que fue jefe de tropa scout, y cuando incluso se tomó una foto a los 16 años con el rey Balduino de Bélgica. No asistía a misa y sólo iba a retiros en Semana Santa, donde lloraba como Magdalena, cada vez que oía los cánticos en el monasterio.

Recorrió cientos de países, dio clases en seis universidades de Europa y su total dedicación fue resolver problemas de las personas que viven en la pobreza. Él mismo aseguraba que lo hizo robando terrenos. “¡Así es!”, recalcaba, mientras lanzaba una fuerte carcajada. Con su acento “gringo” y lenguaje relajado, relataba que, hasta el Cardenal Raúl Silva Henríquez, le citó una vez y lo hizo arrepentirse de rodillas por los robos de terrenos. Luego él mismo, tras perdonarlo, lo alivió diciendo: no te preocupes, te tengo otros terrenos en Conchalí.

Así como un Robin Hood moderno, fue por la vida con un corazón ardiente que amó por sobre todo a quienes tenían carencias materiales y estaban desamparados. Llegó a Chile el año 1944, mismo día que se fundó el Hogar de Cristo. Admirador del Padre Alberto Hurtado, cuya formación sacerdotal fue gran parte en Bruselas, su figura lo inspiró para vivir en nuestro país, donde se ocupó de inmediato de los sectores más carenciados. No sabía español, pero muy pronto, entre niños y jóvenes marginales aprendió hablar chileno. Rápido entraron el hueón y los hueones a su jerga. Con varias anécdotas y también algunas amonestaciones, recordaba que aún después de tantos años en Chile no distinguía cuando estos términos resultaban graciosos o groseros.

Su historia ha sido tan atractiva que ha motivado la creación de películas como El cuerpo de la sangre, del año 1972 realizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile y otra en la televisión francesa.

Su vocación sacerdotal surgió en plena guerra cuando era franco tirador en medio de la selva y a cargo un tanque que avanzaba 10 kilómetros por hora. Recuerda un día que llegó con sus pocos soldados a Baviera y vio en una plaza una estatua que habían roto los bombarderos, con la imagen del sagrado Corazón de Jesús. “Allí sentí el llamado”. Un soldado yanqui, había escrito en esa imagen no tengo otras manos que las de usted. “Esa frase se clavó como un puñal en mi corazón”.

Sus estudios fueron en Roma, donde obtuvo el grado de Doctor en Teología Ascética y Mística de la Universidad Gregoriana de Roma, pero su camino fue estar cerca de quienes más carencias tenían y en un país lejano que no sabía ni donde quedaba.

En Chile buscó vivir con las personas más pobres. Así llegó al Zanjón de la Aguada, luego a campamentos, como el Colo-Colo y poblaciones como La Victoria. Su misión, decía, era hacer revolución social con otros sacerdotes y además aprender a ser chileno.

Siempre estuvo dispuesto a compartir su testimonio de vida, sobre todo de la propia Compañía de Jesús, a la que admiró por su estilo progresista y su enorme presencia internacional: “He sido un revolucionario y siempre me dejaron vivir como era, porque no soy de esos que se miran el ombligo. “¡No!, ¡hay que ser modeeeerno!”. Toda mi vida he sido interreligioso, trabajo con mahometanos, hinduistas, budistas, y nunca discutimos religión. Esas son huevadas que hacen los teólogos cuando no tienen nada que hacer, se miran el ombligo y empiezan a discutir. Sé que un día se van a unir 7 mil millones de personas que creen en el mismo Dios. “¿Por qué se matan los mahometanos y los cristianos si creen en un mismo Dios?”

Una de sus inquietudes era saber por qué Jesús prefería rodearse de personas vulnerabilizadas, a los que abandonan sus familias, a los que son borrachos y jamás llegarán a ser presidentes de la República. “Eso es un misterio para mí muy difícil de entender. La religión es todo un misterio. Además, nunca le leído un texto inteligente sobre la resurrección de los muertos. ¿Usted conoce alguno? Mire estoy viejo y desesperado por saber cómo será eso, pero nada, ningún cura ha escrito sobre eso. Es un misterio”.

 

 

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