Informamos con profunda tristeza, que hoy sábado 27 de junio, falleció el P. Sergio Zañartu SJ.

EL padre Sergio tenía 88 años de edad al momento de su muerte, 74 años en la Compañía y 60 años de sacerdocio.

Encomendemos al querido padre Sergio en nuestras oraciones en agradecimiento por su vida, por su docencia que tantos frutos dejó, y su entrega en la Compañía de Jesús

El funeral de Sergio se realizará de manera privada en el cementerio de la Compañía en Padre Hurtado, en una ceremonia encabezada por el provincial Gabriel Roblero SJ.

Sergio Zañartu SJ, “confieso que he estudiado”, reseña realizada por Juan Ochagavia SJ

A los 88 años el P. Sergio Zañartu ha ido a encontrarse con Dios, su Padre y Señor, a quien buscó y quiso conocer más y más toda su vida. Y a encontrarse también con su papá y mamá, con sus dos hermanos, Mario y Jaime, y con su hermana Marta.

La familia vivió en una parcela de La Florida, cuando todo era campo. Estudió como interno en el colegio San Ignacio y sintió la vocación a la Compañía al escuchar las historias del padre Campitos sobre las misiones con los mapuches. Muy típico del carácter decidido de su padre, Sergio cortó con todo y entró al noviciado poco antes de cumplir los 15 años.

Sergio tenía alma de poeta. Sus compañeros lo recuerdan desde el noviciado recitando el poema de aquella perrilla que “no era una perra sarnosa sino una sarna perrosa en figura de animal”, que salió valiente a dar cuenta de un fiero jabalí.

Amante de las letras en el juniorado y de la dialéctica en filosofía, su amor definitivo fue la teología. Primero en Argentina, marcado por el profesor Joaquín Aduriz; después en Francia, donde hizo estudios sobre el judeo-cristianismo bajo la dirección del P. Danielou. Pero como su investigacion no coincidía con las de su profesor guía, en gesto muy suyo abandonó el doctorado y regresó a Chile a comenzar otro doctorado, esta vez sobre Ignacio de Antioquía. Como tenía otras ocupaciones, así tardó ocho años en sacarlo, lo que da cuenta de un rasgo muy suyo, la constancia.

Al final de su vida, en vena nerudiana, Sergio pudo afirmar “Confieso que he estudiado”. Fue un intelectual, pero a la vez desempeñó muy bien cargos administrativos tales como la dirección de la revista Mensaje, superior de la residencia de San Ignacio y decano por dos períodos de la facultad de teología de la Universidad Católica. En tiempo de dictadura se jugó por entero por mantener la libertad de Mensaje y fue el primero en escribir sobre las torturas.

Estuvo 40 años al servicio de la Universidad Católica, 33 de ellos en la docencia e investigación, lo que motivó que la Universidad lo destacara con un honroso premio. Para él la investigación era inseparable de la docencia, de la pastoral y de la vida espiritual. Al comenzar cada clase invitaba un momento a dar gracias a Dios por lo estudiado y aprendido con la mente y el corazón. Sus alumnos valoraban su rigor intelectual y la perseverancia en el trabajo. Era parco y exigente en poner notas en las pruebas del semestre, pero generoso y lleno de bondad en los exámenes finales, con lo que lograba que todos caminaran a buen paso.

Publicó doctos trabajos sobre Trinidad y Cristología en los primeros siglos. Esto le valió reconocimientos de parte de la Universidad y de la Santa Sede, que lo nombró miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Su alma de pastor lo llevó a tener siempre una labor en alguna capilla sencilla. Durante 16 años fue capellán de El Barrero, donde se daba por entero visitando las casas y haciendo amistades. Participaba semanalmente en la Renovación Carismática, según él para dar salida a lo afectivo.

Una vez jubilado de la Facultad siguió trabajando en los Padres de la Iglesia hasta tres o cuatro años antes de su muerte. Desde ahí entró en un misterioso silencio teológico porque sentía que no tenía algo nuevo que investigar.

El Señor lo ha llamado en la fiesta de San Cirilo de Alejandría, uno de los autores importantes de las luchas trinitarias. Sergio goza ahora del conocimiento sin velos de la gloria de Dios en compañía de tantos que él quería y que lo quisieron. Sergio, que descanses en paz. ¡Amén!

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