Pausa Ignaciana: “Cada uno de nosotros”

Por Diego García M. (Profesor de Filosofía UAH)
A veces tendemos a pensar que la educación moral consiste sólo en saber qué es lo que corresponde hacer, distinguiendo lo que está bien de lo que está mal, lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto, lo virtuoso de lo vicioso. Sin embargo, en la etimología de la palabra ética -que se origina en el griego ethos-, una de sus acepciones se refiere al carácter, vale decir, una cierta educación de los fundamentos anímicos necesarios para hacer frente a los retos de la vida. En efecto, así como hay personas que fallan moralmente porque obran de mala manera -y decimos que son inmorales, porque hacen lo que no deben a sabiendas-, hay otras cuya carencia radica no en sus malas acciones, sino en su falta de carácter. Para estos últimos, Ortega y Gasset reservó la expresión “desmoralizados”. El que está desmoralizado no es una “mala persona”, sino que es alguien que “no se la puede” con lo que la vida le pone como pruebas. En cambio, el que está moralizado enfrenta esos retos, especialmente los que son no sólo difíciles sino derechamente adversos. Un buen resumen de la actitud moralizada ante la vida es el famoso “lo damos vuelta”.
En otro plano, el discurso moral muchas veces se centra excesivamente en lo que somos capaces de hacer, pero menos en el hecho que a veces toca padecer. Un pensador bilbaíno contemporáneo, Daniel Innerarity, ha escrito un hermoso libro, Ética de la hospitalidad, en el cual nos recuerda que la vida moral no consiste sólo en lo que hacemos, sino en cómo enfrentamos aquello que nos pasa. La modernidad ha creído mucho en el paradigma del control tecnológico de las circunstancias: sabemos lo que hacemos, controlamos todo lo que hacemos y todas las consecuencias de lo que hacemos, ¡planificamos! Sin embargo, en el transcurso de nuestra vida continuamente las circunstancias obstaculizan y desfiguran nuestros planes. Innerarity formula una “crítica de la acción pura” (la pretensión de que controlamos todo lo que hacemos) y aboga por una disposición a la recepción hospitalaria de lo extraño que irrumpe desbaratando lo que teníamos previsto hacer.
Ambas cuestiones, carácter y recepción hospitalaria, serán recursos morales fundamentales para enfrentar la pandemia en que se encuentra la humanidad en estos momentos. No teníamos planeado que esto aconteciera, pero puesto que nos ha acontecido necesitaremos muchos recursos anímicos para encarar los sacrificios que nos va a imponer. He leído algunos discursos de gobernantes europeos (Emmanuel Macron, Angela Merkel, Pedro Sánchez) y ninguno de ellos le baja el perfil a la situación ni pretende que ya hemos encontrado una solución o que esto es moco de pavo, o que lo estamos haciendo mejor que el país de al lado. NO. Estamos en una situación crítica, peligrosa y cuyo resultado es aún incierto. Los científicos -dice Merkel– trabajan a toda máquina para encontrar una cura. Para que ellos trabajen, necesitamos ganar tiempo. Y allí es donde cada uno de nosotros tiene una enorme contribución que hacer: impedir que el virus avance y, si por una parte, hay que cortar la cadena de su propagación, por la otra hay que fortalecer la cadena del cuidado mutuo con mucha voluntad, coordinación y disciplina. Tal vez una de las dificultades que implica esta lucha es que las medidas que se nos piden son tan simples, tan desprovistas de sofisticación tecnológica -mantener la distancia unos de otros, lavarse las manos, cubrirse con el antebrazo al toser- que no parecen a la altura de una amenaza tan grave. Y sin embargo, la opinión de los expertos es que es eso lo que hay que hacer.
Entonces sobrevienen al menos dos cuestiones que podrían ser obstáculos para llevar a cabo nuestra responsabilidad. Una, la de creer que por ser medidas tan simples no es tan grande el riesgo y dejarlas pasar: vemos cómo hay quienes desafían las recomendaciones y realizan reuniones sociales -matrimonios por ejemplo- con una frivolidad muy irresponsable. O cómo se expone a los trabajadores a aglomeraciones en los medios de transporte, con lo que la eficacia de las medidas de una cuarentena queda en entredicho. Y otra cuestión es la angustia que supone aislarse. Merkel lo ha dicho con precisión:  “Por consideración, debemos mantener la distancia entre nosotros. (…) Especialmente en períodos de emergencia quisiéramos estar cerca unos de otros. Conocemos la cercanía física, tocarnos, como expresión de cariño. Pero por desgracia, en este momento es lo contrario (…), sólo mantener distancia es expresión de que nos importa esa persona”. Por eso, la misma canciller anima a mantener la comunicación por los medios que las tecnologías nos proporcionan hoy -teléfono, video conferencias, correos electrónicos- y en muchas ciudades hemos visto cómo las personas se comunican de balcón a balcón, dándose ánimos cantando, lo que es una muestra de mancomunión que emociona. En otros sitios se organizan las personas para atender las necesidades de los más vulnerables (cómo ir a hacer la compra de las personas más ancianas, o cocinar para los niños que no tendrán su almuerzo en la escuela). Si hay que paralizar el planeta, enfoquémonos en lo esencial y que eso no le falte a nadie.
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Para proteger la vida, habrá que hacer enormes sacrificios. Es de gran importancia que se distribuyan con equidad. Se habla de los costos económicos que esto tendrá. Los planes extraordinarios para ir en apoyo de fuentes y puestos de trabajo seguramente significarán severos trastornos en nuestra vida cotidiana y en nuestras aspiraciones materiales. Pero habiendo equidad y sobre todo mayor protección hacia los más vulnerables, los sacrificios se pueden hacer con mejor disposición y hasta con alegría. Lo que es indecente e inmoral es comportarse como aves de rapiña: hemos visto como hay especulación de precios en insumos básicos. Esa “ortodoxia económica” de dejar la “ley” del precio a su propio arbitrio es repugnante, mucho más aún cuando quienes están llevando a cabo el mayor esfuerzo y con mayor riesgo -quienes tienen que atender a los pacientes, o mantener activos servicios básicos, exponiéndose al contagio- trabajan en condiciones de precariedad. No tenemos derecho a hacer algo así.
Uno de los aprendizajes que tal vez obtengamos de esta dura prueba es que finalmente sí hay sociedad, y no somos solo individuos, en contra de lo que dijera alguna vez Margaret Thatcher, un error suyo muy popular y que ha causado tanto daño. Hay quienes actúan pensando que si ellos están bien, lo que pase a su alrededor no les afecta (por ejemplo, el comportamiento de quien acapara lo más que puede en esta situación de emergencia). Pues bien, estamos aprendiendo que la mejor manera de estar seguro cada cual es que alrededor se encuentren todos sanos. Si quieres ser egoísta, procura ser inteligente. Un egoísta imbécil es un peligro público.
Pedro Sánchez en España ha dicho días atrás que la única alternativa es una victoria total contra el virus, pero ha admitido que vienen días de prueba muy dura en que la expansión del contagio alcanzará sus puntos más altos: lo peor está por llegar, y pondrá a prueba la fortaleza moral de todo un país. Es la posición correcta, no podemos bajar la guardia ni trabajar sobre hipótesis optimistas, por más que todos las deseamos. Más bien, debemos prepararnos lo mejor posible para el peor escenario, no podemos fiarnos a la esperanza que el virus mutará en una “buena persona”, aunque se trate de nuestro deseo más profundo. Hagamos nuestro aporte cumpliendo las recomendaciones, y contribuyamos a que el ambiente no se intoxique más de lo que está. Por ejemplo, seamos sobrios en las comunicaciones e informémonos en fuentes fiables. El sitio web de la OMS, por mencionar un caso, es accesible y útil, y está fuera de las guerrillas twitteras demasiado ocupadas en encontrar culpables antes que soluciones. La de la OMS no es información infalible -seguramente- pero actúa sobre la base de la mejor evidencia disponible[1]. Es preferible equivocarse por exceso de cuidado que por temeridad.
Esta crisis está en curso, no sabemos aún cuánto más nos espera por delante ni qué tan difícil será. No podemos anticipar cuántas lágrimas, cuánto luto, habremos de sobrellevar. Pero de lo que cada uno de nosotros haga, por su propio bien y por el bien de todos, dependerá la calidad del futuro que sepamos construir cuando la enfermedad haya sido derrotada, y la compasión y el sentido de responsabilidad por los demás empiecen a ocupar por fin un sitio más central en nuestras relaciones sociales, en nuestras instituciones y en nuestra cultura.
[1]    El sitio de la OMS: https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019

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