PAUSA IGNACIANA: Cooperar en la renovación

Por Tony Mifsud s.j.
Mucho se habla hoy en día de la crisis de la Iglesia debido a las múltiples denuncias contra sacerdotes.  Al abrir el diario por la mañana, uno espera no encontrar ninguna noticia al respecto, porque esto parece una caja de pandora o las páginas de un libro que no llegan nunca al final.  Las personas acusadas tampoco son desconocidas; aún más, hacia algunas se ha tenido un gran respeto y un gran reconocimiento.
El dolor, la rabia y la vergüenza se expresan en dos preguntas: ¿Por qué? y ¿hasta cuándo?  Es imposible no hacerse la pregunta sobre el por qué ha pasado tanto tiempo y sólo ahora se está consciente del problema.  Otras veces, uno se pregunta si algunas autoridades de la Iglesia están conscientes de la gravedad del problema que no sólo involucra personas individuales, sino toda una institución que ha fallado porque sus autoridades no han sabido responder a tiempo.

“En esta situación, la persona católica tiene que tomar una decisión: dejar la institución porque no corresponde a aquello por lo cual se comprometió durante toda su vida, o, por lo contrario, quedarse y comprometerse más a fondo con ella para cooperar en su renovación y así poder cumplir mejor su misión”

Obviamente, la primera preocupación son las víctimas, las víctimas de un crimen que deja huellas profundas que entorpecen el crecimiento porque se tienden a ocultarlo de uno mismo para poder sobrevivir.  Por consiguiente, resulta fundamental escuchar, acompañar, reparar para devolver la dignidad robada a la víctima.
Pero hay otros afectados de los cuales nunca se habla: los miembros de la institución. Actualmente, la figura del católico (laica, laico, sacerdote, religiosa, religioso…) se encuentra desacreditada en la sociedad y se le mira con sospecha. Así, uno que se ha entregado a la institución de la Iglesia con fidelidad, se siente profundamente decepcionado por esa misma institución y desacreditado a los ojos de muchos por pertenecer a ella.  Inocente, pero pre-juzgado socialmente como cómplice de crímenes abominables, ya que la sociedad no presume inocencia en esos casos.
En esta situación, la persona católica tiene que tomar una decisión: dejar la institución porque no corresponde a aquello por lo cual se comprometió durante toda su vida, o, por lo contrario, quedarse y comprometerse más a fondo con ella para cooperar en su renovación y así poder cumplir mejor su misión.
La primera alternativa corresponde a aquellas personas que no distinguen entre Dios y la institución, es decir, confunden el mensajero con el mensaje.  La segunda alternativa describe a una persona enraizada en Dios que busca mejorar una institución para que el mensajero no distorsione el mensaje.
 

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