Pausa Ignaciana: “Dígame Padre…”


Por Diego García Monge (Profesor de Filosofía UAH)
Resiliencia es una palabra que ha alcanzado notoriedad en el ultimo tiempo, y designa una capacidad, en el caso de los seres humanos, para recuperarse de la adversidad y seguir proyectándose al futuro. Es una buena palabra para describir lo que podría  ser el talante de una comunidad cristiana creyente.
En este año y medio agónico, casi no ha habido día en que una muy mala noticia no nos haya afectado como comunidad. Una de las preguntas permanentes que nos hacemos es, sin embargo, cómo damos testimonio creíble que para nosotros la vida prevalece sobre la muerte. Con toda su dificultad y dramatismo, este año y medio ya está esbozando la que será una de sus buenas noticias: El camino de la reconstrucción de la Iglesia, –el mismo encargo que recibió San Francisco en su minuto-, haciéndonos cargo de todos nuestros terribles yerros, pasará por un regreso a la persona de Jesús.
Participo de un grupo de reflexión compuesto mayoritariamente por profesores universitarios, que nos reunimos mensualmente a compartir lo que son las experiencias de Dios, las nuestras y las del mundo del que nos ha tocado ser parte. Aunque un grupo así podría tener la tendencia a intelectualizar un asunto en el que se nos apela existencialmente, veo a mis compañeros y descubro que no son gente dedicada sólo a “razonar” la fe, sino a buscar con afán una buena noticia para nuestras vidas.
Historiadoras, teólogos, cientistas políticos, profesores de estética, psicólogas, psiquiatras, a lo mejor nos toca inspirarnos en los tres reyes magos, los fabulosos hombres de ciencia que buscaban un rey al que ofrendar sus regalos, y encontraron un niño envuelto en pañales en una pesebrera. Así, por ejemplo, una de mis compañeras lidera una fundación que apoya a mujeres privadas de libertad; otra procura que la filosofía se convierta en una práctica que llegue a niños en condiciones vulnerables; un par de curas teólogos aparte de “investigar, enseñar y publicar”, acompañan a las porfiadas comunidades de base en las periferias de Santiago que confían en que lo que Jesús vino a  anunciar  era una buena noticia para los pobres y la liberación para los oprimidos… Y así cada uno de los restantes: oro, incienso y mirra.
También es cierto que en ocasiones, lo que parece ser nítido en la teoría, nosotros nos encargamos de hacerlo opaco en la práctica. En una de nuestras últimas reuniones, leímos un capítulo del libro de José Antonio Pagola, Jesús. Una aproximación histórica. Algo que nos llamó la atención es lo poco que conocemos a Jesús, y lo muy desconcertante que nos resultaba. Por ejemplo, ahí supimos que tuvo una relación muy difícil con su familia directa y que ésta incluso pensaba que estaba loco (Mc 3, 21).


Por otra parte, algo que sabíamos más pero cuyas consecuencias rehuimos es que Jesús se reunía con gente a la que el calificativo de “indeseable” le venía como anillo al dedo: desde recaudadores de impuestos hasta mendigos ciegos, vagabundos y gentes sin trabajo que no tenían nada mejor que hacer, personas desprovistas de todo prestigio social, seres humanos “maltrechos y abatidos, como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36).
¿A quiénes elegía Jesús para rodearse? ¿Cómo se comportaba con ellos? ¿Qué imitación de Jesús cabe hacer si queremos ser seguidores suyo? ¿De quiénes se habría rodeado hoy? Al ver la enumeración anterior, pienso si acaso Jesús no se habría acercado a tantos personajes de la picaresca santiaguina. El Divino Anticristo tal vez, empujando su carro de supermercado con sus cachureos dentro, vestido con falda y pañuelo en la cabeza, entre el esnobismo del Barrio Lastarria y la adusta Universidad Católica, probablemente habría colegueado con Jesús. Entre los cantos viejísimos de la fe de nuestra infancia, me viene a la cabeza “con vosotros está, y no le conocéis”. ¿Será cierto? ¿Buscaríamos la cercanía de los indeseables? ¿O nos parecería sensato y juicioso tenerlos “de lejitos no más”?
Cuando camino por las cercanías a la Plaza de Armas, me impresiona la mucha gente que duerme en la calle. Sólo en la cuadra donde vivo hay tres, en la plazoleta que antecede al Consejo de Defensa del Estado varios duermen en las bancas o en carpas. Algunos piden una limosna, otros parecen estar tan en otra parte que sólo sonríen benevolentes si se les dirige un saludo, sin pedir nada. Miguel, a la entrada de mi edificio, a quienes ya conoce, no nos pide sino que nos cobra, y de ser posible, “un billete para poder viajar”. Cuando está contento, tararea canciones de Sandro que en su boca adquieren una hondura insospechada (“Al final, la vida sigue igual, hey!”). Le cuesta darse a entender, pero le gusta saludar, estrechar la mano y es agradecido. “Con vosotros está, y no le conocéis”.
Consuela y admira que en muchos sitios, parroquias, escuelas, centros comunitarios, con toda sencillez, sin grados ni post grados universitarios (no en vano, cuando los fabulosos reyes magos llegaron al pesebre, los humildes pastores ya estaban allí), la salida al encuentro con Jesús en la persona del indeseable se realiza sin aspavientos ni cálculos ni racionalizaciones psicológicas con las cuales hacer el quite a lo que Jesús dijo con tanta claridad:  “Cuando hicieron alguna de estas cosas al más insignificante de estos, mis hermanos, ¡me lo hicieron a mí!” (Mt 25, 40). Pero aún así, al ver todavía a tantos con sus vidas tan a mal traer a cuestas, difícil es no pensar que el seguimiento de Jesús –la reconstrucción de una Iglesia que a veces parece reducida a escombros- la tratamos de hacer mediante atajos.
Un amigo cura me contaba una anécdota teológicamente estrambótica y radical, y que tomarse en serio tal vez asuste a los que tenemos una fe apenas tibia. En la casa de la comunidad donde vivía, en Estación Central y junto a una capilla, solía instalarse junto a la puerta un vagabundo como tantos otros que deambulan por Santiago. Así podía esperar ratos bien largo aguardando que alguien apareciera. Cuando algún padrecito de la casa regresaba por la tarde, mientras buscaba las llaves y luego se afanaba en abrir la puerta, el vagabundo permanecía de pie a su lado y le dirigía la pregunta decisiva: “Dígame padre, ¿soy o no soy Cristo?” y acto seguido le dejaba estirada la palma de la mano esperando la respuesta: ¿Qué respuesta?

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