Pausa Ignaciana: “Cafarnaún, la ciudad olvidada” o el cine que no ... Por María Ester Roblero

El próximo martes 18 de agosto se cumplen 68 años de la muerte del Padre Hurtado. Su pascua cada año es celebrada con una serie de tradiciones en su Santuario, que recuerdan a Chile que su vida fue “una visita de Dios a nuestra Patria”.

Estos ritos de conmemoración incluían, hasta el año pasado, la asistencia del Presidente de la República a su tumba, quien en una sencilla y emotiva ceremonia dejaba un ramo de flores de aromo sobre el sarcófago de piedra donde descansan su restos. Ese gesto acoge el llamado de Gabriela Mistral que, desde el extranjero y tras la muerte de Alberto Hurtado, escribió en 1952: “Y alguna mano fiel ponga por mí unas cuantas ramas de aromo o de “pluma Silesta” sobre la sepultura de este dormido que tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno, viejo acreedor silencioso y paciente”.

Este año será muy distinto. Más silencioso, en cierto sentido. Sin embargo, a menor agitación, tal vez se cumpla otro lejano y vigente llamado de Gabriela Mistral: “Sabemos oír a los muertos; en cuanto se hace un silencio en nuestros ajetreos mundanos se les oye y distintamente, oír al Padre Hurtado será una obligación de responsable….,  porque la miseria, la bizca y cenicienta miseria, sigue corriendo por los suburbios manchando la clara luz de Chile”.

Oír al Padre Hurtado no es difícil. Aunque sea paradójico, basta con mirar a nuestro alrededor como él miraba Chile. Por eso es tan impactante quedarse sentado un rato en su museo, el Memorial de la Solidaridad, en una de las salas donde se ve aprecia una gran foto de su mirada inquietante. Es la mirada de un hombre que nació con un siglo XX plagado de guerras, años locos, años sangrientos, años en guerra…, pero también la mirada de un hombre de fe que aseguraba: “Cristo tuvo esperanza y esa esperanza somos nosotros”.

Oír al Padre Hurtado es relativamente simple ya que fue escritor prolífero; pero no es grato si estamos muy apoltronados en la zona de confort. La voz fuerte e inquieta del Padre Hurtado cae encima como un rayo. Además, quienes hemos tenido la bendita oportunidad y experiencia de pasar tiempo en el Santuario sabemos que tras la aparente paz del lugar, los lindos y cuidados jardines…, la voz del santo es suplicante. Siempre bulle algo intenso alrededor suyo. Es “el empujón del apresurado que nos saca de nuestro estupor”.

A veces podemos sentir el empujón del Padre Hurtado a través de algunas de sus frases: “El que ha mirado una vez a los ojos de Jesús, no lo olvidará jamás”; “La caridad empieza donde termina la justicia”; “¿Qué haría Cristo en mi lugar”… Pero tal vez el remezón se siente con mucho más intensidad en su santuario, al llegar al barrio que él eligió para iniciar el Hogar de Cristo, lleno aún de pobreza. O en alguna de las capillas del lugar, cuando miras a tu vecino de banco que sentado al lado tuyo reza con una devoción sobrecogedora…, o al ver a un anciano que apoya la cabeza sobre el altar en actitud implorante: “Toda la inquietud humana marcha hasta aquí buscando alivio. En una interminable caravana, los enfermos, los desocupados, las madres inquietas por la suerte de sus hijos, los jóvenes que se sienten solos e incomprendidos vienen a sepultar sus pesares y a rogar la intercesión del hombre de Dios. Y el Padre Hurtado vuelve esas miradas y esos pasos a Jesús”.

Pero también son los testimonios que van quedando estampados en los libros de visita los que empujan en sentido contrario a nuestras rutinas: son las plegarias por el padre, o el hijo, o la hija presos; por los trabajos perdidos; por los efectos de la droga que ha secuestrado hasta los nietos… Cientos y miles de testimonios llenan hojas que se han ido transformando con los años en una radiografía de un país que sufre, que pide, que tiene esperanza. Y por eso, ahí en el Santuario del Padre Hurtado, las emociones que irrumpen en tropel no son todas sinónimos de paz… Más bien pueden asemejarse a los que provocaba el mismo Jesús pronunciando las Bienvaventuranzas y con ellas dándolo todo vuelta.

Este 2020 habrá más silencio en el Santuario durante agosto. Sin visitas oficiales y con menos peregrinos. Pero esto que podría ser triste, especialmente para los voluntarios del Santuario acostumbrados a guiar y acoger a los visitantes en esta fecha, puede transformarse en la oportunidad de oír mejor al propio Padre Hurtado; una ocasión de transformarnos en personas del “género Padre Hurtado”, como describía Gabriela Mistral…, o sea de las que buscan “en la espesura del egoísmo humano, las sobras de los hartos”, aunque habría que completar la frase señalando que desde el padre Hurtado la caridad nunca más fue sinónimo de limosna sino de justicia.

Siendo el Padre Hurtado un referente de solidaridad en nuestro país, la invitación es a unirse este 18 de agosto a dos celebraciones que se transmitirán online desde el Santuario: una “hora santa” a las 16.00 hrs. y una misa a las 19.00 hrs. Hoy más que nunca oír al Padre Hurtado es una obligación responsable.

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