Por: Samuel Yáñez Artus

La semana pasada estuvo marcada por el debate sobre el proyecto que hace posible el retiro del 10% de las cuentas de capitalización individual para la jubilación. Falta aún su tramitación en el Senado. Concentradas, se dieron cita y entreveraron, en este hecho, como las llamó la página editorial de la revista Mensaje de julio, las “tempestades” de la pandemia, de la crisis social, y la que acecha a la democracia. Tres asuntos distinguibles, de diversa profundidad, hoy entrelazados. El debate parlamentario atrajo más atención que la usual, y despertó emociones colectivas, esperanzas y miedos sociales que se experimentan como mareas crecientes. Atendamos un momento a estos estados emocionales.

Tuve la oportunidad de leer, hace unos días, una entrevista realizada a León Cohen, reconocido psiquiatra. Sostiene que actualmente nuestro estado anímico está marcado por la perplejidad. Es un tiempo de angustia, incluso de sensaciones psicóticas de cercana  desintegración. El virus se mete en tu organismo de manera invisible e imprevista, desatando un proceso patológico que puede llevar a la muerte. La amenaza pandémica se une a la incertidumbre económica y laboral, al hambre y a la preocupación por el futuro nacional. Lo peculiar de esta difícil situación anímica de ahora, según Cohen, sería que estas tempestades se sienten como fenómenos exponenciales y acelerantes. Su amenaza crece y crece, su acercamiento se acelera. Son mareas que pueden arrastrarnos quizás dónde. Estos estados emocionales, a los cuales hay que agregar lo que dejarán los meses de encierro, pueden  llevarnos a diversas patologías de salud mental, individuales y colectivas, hasta la locura. Por esto es importante reaccionar.

En las tempestades, lo que hace falta es detenerse enérgicamente, poner paños fríos, contener, contraerse al universo doméstico y cercano en que podemos apoyarnos, y bracear con firmeza y la máxima tranquilidad posible. Tenemos que recurrir a los recursos de toda índole que nos puedan ayudar, psíquicos, morales, políticos, económicos, espirituales. Será crucial tener una tabla, un bote salvavidas, energía y valor. Y actuar de manera realista. En tiempos de tempestades, aunque son bien usuales, no ayudan otras actitudes dominadas por la angustia: la negación (una conducta maníaca), los mecanismos obsesivos por ordenar el caos a todo trance (una conducta compulsiva), o entregarse a acciones motivadas por el egoísmo y el sentimiento de omnipotencia (conductas narcisistas). Es mejor acotar los planes, mantener una actitud realista y un orden razonable (abierto a la crisis), ir atento en medio de las aguas, mantener la libertad y el deseo de colaboración.

Me ha dado que pensar León Cohen. Creo que es tiempo, en Chile, de compartir el pan y  ordenar los afectos, algo tan propio de la espiritualidad ignaciana. Ordenar los afectos individualmente, pero también colectivamente. ¿Qué estados anímicos, qué deseos e intenciones, motivan lo que hacemos?

A la luz de lo señalado más arriba, mi impresión es que el estado afectivo colectivo está sufriendo los embates de ímpetus desordenados, reacciones maníacas, obsesivas y narcisistas que invaden la escena de los medios de comunicación y no ayudan a promover una actitud realista que en todo ayude a enfrentar este momento. Es cosa de meditar en la semana recién pasada. Por ejemplo, ¿es realista pensar, por un lado, que el retiro del 10% de las AFP terminará por fin con el sistema, o por la otra parte, que este retiro es la debacle total, como parecieran pensarlo unos y otros a la luz de sus conductas? ¿No es el asunto, más bien, el de una urgencia humanitaria con los propios compatriotas? A ratos, tengo la impresión que los estados anímicos colectivos están bastante enfermos y que requieren tratamiento. Los periodistas, los políticos, los educadores, y muchos otros y otras, tenemos que aprender de los profesionales de la salud para acondicionar nuestras prácticas, discursos y actitudes, a una promoción de actitudes y emociones hoy necesarias en este trance crítico, de tal manera que nos conduzcamos “sin determinarse por afección alguna que desordenada sea” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 21). Estamos en tiempo de médicos, sobre todo, de médicos sociales.

*(syanez@uahurtado.cl)

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