Por Juan Pablo Espinosa Arce (*)

Tuve la oportunidad de leer durante el verano un breve libro del pensador judío Gershom Scholem (1897-1982). Scholem nació en Berlín y fue profesor de mística judía (La Cábala) en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Es considerado uno de los principales conocedores de la mística del pueblo de Israel, lo cual se manifiesta en la publicación de un sinnúmero de obras sobre esta temática. El libro que me acompañó fue Todo es cábala: diálogo con Jörg Drews, seguido de Diez tesis ahistóricas sobre la Cábala publicado por la editorial Trotta (2001).

En un momento de la exposición, Scholem comenta que la cultura, las historias, la narrativa y las formas más propias de ser humano, sobre todo en los momentos más críticos de su devenir, se componen de salones y de sótanos. Ambos símbolos, los salones y los sótanos, representan ubicaciones y formas de comprender la realidad muy específicas. Los primeros (salones) indican las cuestiones más explícitas, luminosas, cotidianas, normales. Por su parte, los sótanos, indican lo que Scholem llama el “reverso de la historia”, aquellas cosas consideradas tabú, las cuestiones ocultas – y ocultadas –, esos bajos fondos de la vida humana. La historia, muchas veces, es una composición armada solo en los salones, desconociendo los sótanos, el reverso.

Chile, nuestra vida, nuestra corporalidad, nuestra alma, la vida de los otros, el cuerpo y el alma de nuestros semejantes, esta historia de dolor, de esperanzas, de gritos por la justicia, de incertidumbres, de rincones y bifurcaciones está entretejida fuertemente por los salones y los sótanos. Pienso que un ejercicio de sana madurez psicológica, espiritual y humana es el reconocimiento de estos espacios simbólicos y vitales en los que se va entretejiendo la vida. No somos solamente sótanos ni solo salones. Tenemos una historia fuertemente implicada en ambas estancias. Gershom Scholem crítica fuertemente ese olvido deliberado que se hace de los sótanos en vistas a la recuperación (también deliberada) de los salones luminosos y casi perfectos. En el Chile que cambió, en el país que avanza por una historia que busca escribirse entre todos, en nuestra vida que lleva también las marcas físicas e internas de esos cambios, hemos de aprender a recuperar estas instancias de sótanos y salones, ambas abrazadas, ambas reconocidas, ambas con la posibilidad de reconocer al Espíritu.

En el reconocimiento de nuestros sótanos y salones nos vamos capacitando para elegir de nuevo, para discernir, para desarrollar nuestro waze espiritual, nuestro GPS interior que nos ayuda a, como dice San Ignacio, lograr unir nuestra vida con la vida de Jesús. Otro pensador que aborda los conceptos de luz-sombra (o salones-sótanos), Carl Gustav Jung que fue un psiquiatra suizo, decía que la sombra y su reconocimiento nos a ayuda a crecer, a madurar en nuestra afectividad. Pero para lograr estos propósitos es necesario no pasar de largo por el sótano. Es necesario bajar hasta las profundidades de lo humano para que recociéndolas podamos entender la vivencia del salón.

Una última perspectiva en torno al salón y al sótano, y que entra a dialogar con la Cuaresma y el camino hacia la Pascua. La vivencia del tiempo cuaresmal muestra el descenso de Jesús hasta los sótanos de la vida y de la historia. El signo del bautismo que él le pide a Juan, su camino por el desierto, el encuentro con todos aquellos que viven en la más pura exclusión, muestra que la sombra, el sótano, los reversos de la historia, han sido abrazados y asumidos por el Dios de Jesús. Jesús no es el “Mesías triunfalista del salón”, sino el Mesías que asume y se revela en la Cruz. Para llegar a la Pascua, a la Resurrección, a la tierra de la libertad, Jesús pasó – y nos invita a pasar – por la experiencia de los innumerables sótanos de la vida de todos los días. Desconocer nuestros reversos impide acercarnos y convertirnos al Cristo Pascual.

Los salones y los sótanos vividos en plena Cuaresma, con un plebiscito “a la vuelta de la esquina”, con un Marzo desafiante, parecieran adquieren un sentido nuevo. Cada uno de nosotros debe aprender a descifrar cuáles son estos simbólicos y potentes espacios. Eso, en definitiva, representa un ejercicio de sano, maduro y humano discernimiento. ¡Buen camino por los salones y los sótanos!

*Académico Facultad de Teología UC; Académico Universidad Alberto Hurtado; Estudiante Doctorado en Teología UC.

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