La solemnidad de Pentecostés cierra el tiempo pascual, este gran domingo de cincuenta días en que, en medio del confinamiento y la pandemia, hemos estado añorando la presencia consoladora de Jesús resucitado; con miedo, al igual que los primeros discípulos. Pero, con un miedo distinto al suyo: no tenemos enemigos visibles a los que temer. El enemigo es invisible, pero es de aquellos a los que Jesús dijo que no debíamos temer, porque sólo puede privarnos de la vida temporal, física. Y, paradójicamente, este enemigo invisible nos ha proporcionado la oportunidad de reconocer que dependemos de los demás, y que los demás dependen de nosotros. Sólo en unión con los demás podremos superar la pandemia. Y, además de unirnos en la observancia de las medidas sanitarias, todos los creyentes reconocimos la necesidad de unirnos en la oración, la penitencia y el amor fraterno. Ahora bien, porque “no sabemos orar como es debido, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom. 8,26). Él nos pone en comunión con el Padre y el Hijo, y derrama sus dones sobre nosotros: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios (cf. Isaías 11,1-2). En estos días, nos hemos preparado para que la efusión del Espíritu nos haga descubrir lo que es mejor y más justo en nuestra situación, de modo que nos fortalezca y nos consuele. Así podemos no sólo animarnos, sino animar a otros a asumir las incomodidades de este momento, como una mínima participación de la Cruz de Cristo.

Para esta fiesta podemos prepararnos con una Vigilia que, en el momento actual no podremos celebrar en comunidad. Pero podemos meditar personalmente o en familia sobre la Mesa de la Palabra. En ella, la Iglesia nos invita a recordar la confusión de las lenguas en Babel (Génesis 11, 1-9) que es anulada por el Espíritu, para que todos celebremos las maravillas de Dios desde nuestras propias lenguas y culturas (Hch. 2,1-1). También se puede recordar la entrega de la Ley, en el Sinaí, cincuenta días después de la Pascua, momento en que se constituye el pueblo elegido (Éxodo 19, 3-20). Y en el profeta Ezequiel podemos reconocernos como pueblo resucitado por el Espíritu, a partir de sus huesos secos (Ez. 37,1-14), y abrirnos al cumplimiento de la profecía de Joel (Jl 3,1-5), que Pedro proclama explicando lo que pasa en la comunidad naciente.

La vigilia culmina con la reflexión de Pablo en la carta a los Romanos sobre la acción del Espíritu en la creación entera (Rom 8, 22-27). Ella y nosotros esperamos anhelantes ser liberados de los sufrimientos del tiempo presente, liberación de la que ya participamos en esperanza. Finalmente, escuchamos a Jesús invitándonos a acudir a Él, de quien manan las fuentes de agua viva (Jn. 7,37 s.).

La Liturgia de la Palabra en el día mismo de la fiesta resulta iluminada por las lecturas comentadas: En Pentecostés, el Espíritu anima al nuevo Pueblo de Dios; en éste, el lenguaje del amor trasciende y supera la diversidad de lenguas. El Espíritu que descendió sobre los discípulos manifiesta públicamente los dones que Jesús les ha entregado ya en el Cenáculo: El amor y la paz en plenitud, respuesta a las peticiones de la secuencia y realización de lo que describe Pablo en la segunda lectura de este día. Somos realmente un único Cuerpo de Cristo enriquecido con diversos dones, para hacer visible en el mundo –por nuestra manera de vivir- la alegría del Evangelio, la gloria de nuestro Dios.

José M. Arenas SJ

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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