La Compañía de Jesús ha logrado mantener su vitalidad apostólica a lo largo de los siglos gracias a dos actitudes fundamentales: la intensa comunicación entre sus miembros y con su cabeza, y la experiencia de comunión en cuanto a sus recursos. Decía el P. Arrupe en una alocución a la CG 31: “La Compañía, cierto, es una por esencia, y preexiste a la Provincias; bien se dice que ‘se divide en Provincias, Vice-Provincias, Misiones’, no que ‘se forma de Provincias’. (…) no hay que tomar en consideración solamente las líneas verticales, por las que se ordena la comunicación entre los miembros y la Cabeza (…). Todo el cuerpo está articulado y vive orgánicamente, según las Constituciones mismas, igualmente por las comunicaciones horizontales. A los superiores mismos les incumbe la obligación de fomentar esta mutua relación.”

Desde siempre, las provincias que disponían de más recursos ayudaron a las que se encontraban en situación de mayor necesidad. Sin embargo, recientemente, se dieron pasos en la perspectiva de la colaboración interprovincial que van más allá de la generosidad con los recursos humanos y económicos. En el año de 1957 la CG 30 (D. 49) pedía que se desarrollara aún más la colaboración interprovincial; y en 1966 la CG 31 en su decreto sobre la Cooperación interprovincial (48) alentaba a la Compañía hacia una mayor colaboración entre las Provincias “que hoy requiere cada vez más la actividad apostólica, y que el Concilio Vaticano II recomienda insistentemente”.

En el decreto sobre “la unión de los ánimos”, la CG 32 (1975) insiste en la realización de reuniones periódicas entre los Provinciales de la misma Asistencia para fortalecer la comunicación y la unidad entre los miembros de la Compañía; y veinte años más tarde la CG 34 “confirma la creación de Conferencias de superiores Mayores recomendada por la CG 31, como una estructura adecuada para la colaboración inter- y supra-provincial, e insta al Padre General que no deje de promover el desarrollo gradual de estas Conferencias.” Aunque reconozca las diferencias notables entre las Conferencias como resultado positivo del esfuerzo por responder a diferentes situaciones culturales y regionales, la CG reconoce la necesidad de ciertos mínimos de coincidencia entre las Conferencias, las cuales deben 1) abrir la Compañía de la región a la dimensión universal; 2) ayudar a los Provinciales a realizar su responsabilidad en favor de la Compañía y la Iglesia en la región; 3) facilitar la unidad, la comunicación y una visión común entre los Superiores, que favorezca en ellos un liderazgo efectivo; 4) fijar prioridades, planificar y coordinar una acción común. El decreto define, además, la principal función del Moderador de la Conferencia, al cual le toca “ayudar a crear una visión común de la Región y de toda la Compañía, guiando los esfuerzos hacia la selección de prioridades, la planificación y la toma de decisiones”. Pocos años después en noviembre de 1999, fue creada la Conferencia de Provinciales de América Latina y El Caribe (CPAL).

La CG 35, reunida en 2008, vuelve a tratar del tema de las Conferencias en su decreto 5 sobre el “Gobierno al servicio de la misión universal”. Gran parte del documento (n. 17-23) está dedicado a las Conferencias de Provinciales reconocidas como “una iniciativa significativa en la estructura de gobierno de la Compañía”. En un mundo donde los desafíos son globales, la Congregación reafirma la importancia de las Conferencias como estructuras para fomentar el sentido de la misión universal, facilitando “la unión, la comunicación, una visión común entre los superiores mayores y la colaboración inter y supra-provincial”.

Más recientemente, la Congregación General 36 (2016), en su decreto 2, “Un gobierno renovado para una misión renovada”, reconociendo que las Conferencias tienen ya un camino hecho, les pide que realicen una autoevaluación que deberá lograr como resultado una mayor coherencia entre los estatutos de las seis Conferencias, un proceso de discernimiento apostólico y la consecuente planificación en cada Conferencia, una mayor claridad sobre los recursos disponibles para la formación y los objetivos apostólicos y, finalmente, una mayor colaboración entre los Presidentes y el Padre General para discernir y animar la misión universal de la Compañía. Todo eso entendido en el marco de las tres perspectivas que la Congregación ha considerado apropiadas para el desarrollo de nuestra misión: el discernimiento, la colaboración y el trabajo en red.

A pocos meses de mi elección tuve la oportunidad de participar en el encuentro “Impactando” (marzo de 2017) en Lima, Perú, y pude constatar la gran vitalidad de la CPAL. En aquella ocasión, en la que se hacía la evaluación de medio término del Proyecto Apostólico Común 2010-2020 (PAC), alrededor de 100 personas (de las cuales por lo menos la mitad eran laicos y laicas) daban señal clara de que ya se pueden cosechar frutos maduros, abundantes y sabrosos de las dos décadas de vida de esta conferencia.

La CPAL ha hecho un camino en discernimiento. Ha pasado por cambios en sus estatutos, en su estructura, en su composición, e inclusive en la ubicación de su oficina. Las asambleas semestrales de Provinciales ya cuentan 37; son días de trabajo intenso en los que se van evaluando los pasos dados y se preparan aquellos todavía por dar. Las asambleas son también ocasión propicia para gestar proyectos a nivel regional que involucran a las Provincias que quieren desarrollar actividades, obras, apostolados en común (casas de formación, experiencias en las fronteras, intercambios entre obras, etc.).

A lo largo de estas dos décadas, la CPAL ha ayudado a fortalecer y a formar importantes redes apostólicas en el campo de la educación infantil, media y superior, los centros sociales, el trabajo en espiritualidad, la pastoral juvenil, la atención a refugiados y migrantes, la solidaridad y pastoral indígena, la radio y la comunicación, entre otras. Se han diseñado importantes materiales y proyectos de formación para la colaboración, creado los tres Centros Interprovinciales de Formación para la etapa de Teología, y acordado la organización de filosofados regionales, aunando los esfuerzos en brindar formación de calidad a los jesuitas no solo de la CPAL, sino de otras provincias.

En todos esos procesos, una característica ha sido la apertura para trabajar codo a codo entre jesuitas y personas que, sin pertenecer jurídicamente a la Compañía de Jesús (laicos, laicas, religiosas) son efectivamente miembros del cuerpo apostólico, así como con otras personas e instituciones que se identifican con objetivos misionales nuestros, y con los cuales se ha crecido como colaboradores de la Missio Dei.

Han sido, pues, dos décadas de intenso trabajo y de grande generosidad por parte de todos los implicados en esta construcción. Quiero recordar con especial agradecimiento a los padres Ivern, Cavassa y Cela, junto con los equipos humanos que ellos animaron, e implorar la bendición de Dios para el P. Jaramillo y para todos los que hoy hacen parte de esta “casa común”.

Si “por los frutos se conoce el árbol”, no hay duda de que la CPAL es una apuesta que ha valido y vale la pena.

 Arturo Sosa, SJ

Superior General

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