Quinta semana de Pascua

Hemos pasado ya la mitad del tiempo pascual, en el que aprendemos a reconocer al Señor resucitado presente en la comunidad. No sólo en la comunidad de Jerusalén, sino también en la nuestra, continuadora de aquélla. Jesús está presente y no como mero espectador. Así como antes unió al perseguidor Saulo y lo transformó en Pablo, el apóstol, sigue convocando a otros para que se unan a su Cuerpo, y nos convoca también a nosotros, para que permanezcamos en Él, porque sin Él nuestra vida se hace estéril, y, como sarmientos separados del tronco, ya no serviremos para nada.

Aunque tenga rasgos de “Historia Oficial”, el libro de los Hechos nos da a conocer una comunidad humana viva, real, con virtudes y defectos. El Espíritu actúa en ella rara vez de manera espectacular. Saulo recién convertido necesita un ‘padrino’ que garantice la sinceridad de su conversión y, como suele ocurrir con los conversos, el fervor de su cambio resulta contraproducente para la paz de la comunidad, por lo que se lo envía a su ciudad natal. Así, la Iglesia puede gozar de paz… y seguir creciendo asistida por el Espíritu.

La clave para que la comunidad y cada uno de sus miembros dé fruto es la unión con el tronco: Jesucristo. Una unión que no es un conocimiento intelectual, sino lo que san Ignacio llama conocimiento interno: llegar a tener ‘los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús’, para que la comunidad entera y cada uno de sus miembros haga lo que Cristo haría en nuestro lugar. Por eso, la Eucaristía no es una mera visita a Jesús, sino el encuentro más íntimo posible: el que nos hace parte de su Cuerpo, para seguir haciendo lo que Él hacía. En eso consiste el creer en Él, que nos describe la carta de san Juan en este domingo.

A lo largo de la semana, podemos seguir contemplando cómo el Espíritu guía y hace crecer a la comunidad, incluso por medio de los conflictos como el de la observancia de la Torah… que se resuelve colegialmente. Sin olvidar el respeto a la cultura del pueblo propio, como hace Pablo en el caso de Timoteo, hijo de madre judía y, por lo tanto, miembro del pueblo judío. Un caso que nos hace preguntarnos ¿cuándo dejamos de respetarnos y transformamos la diversidad cultural en conflicto religioso y racial?  Estamos llamados a ser uno en Cristo, por encima de cualquier frontera. A medida que nos acerquemos a esa meta, podremos alegrarnos y exultar juntos, como nos propone el Papa en su reciente exhortación a la santidad.

En el santoral, durante la semana, además de la celebración de san José Obrero, con la que iniciamos el mes de mayo, se destaca la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, conservada entre nosotros el día 3, por respeto a la tradición popular. Por eso, la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago la celebramos el viernes 4.

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