Quinta semana de Pascua

Hemos pasado ya la mitad del tiempo pascual; dentro de dos semanas celebraremos la Ascensión del  Señor y, a la semana siguiente, la solemnidad de Pentecostés cerrará este gran domingo de cincuenta días.  La mesa de la Palabra nos va preparando para el momento en que la presencia del Señor entre sus discípulos  será menos visible.
Por eso, el evangelio de este domingo nos llama a no inquietarnos. El Señor deja a sus discípulos por un período breve, tras el cual vendrá a buscarlos. Tanto en los domingos como en las misas de la semana, se proclaman en el evangelio de san Juan las palabras de Jesús en los “discursos de la Cena”. Se da un ambiente consolador, por la intimidad y el cariño de Jesús, incluso cuando responde a  preguntas o intervenciones poco felices de los discípulos. Pero, es un ambiente de despedida, lo que supone un matiz de tristeza, unido al “oficio de consolar” que Jesús despliega en sus palabras.
Por su parte, el texto de los Hechos que se proclama este domingo, nos muestra cómo actúa normalmente el Espíritu en la Iglesia. No se nos narran milagros espectaculares, sino un conflicto, tan pedestre como muchos otros conflictos en nuestras comunidades. Y los Doce, seguramente tras la oración mencionada anteriormente como algo diario en la comunidad, movidos por el Espíritu, instituyen a “los Siete”. Y aunque se declare que son “para servir a las mesas”, no cabe duda de que se trata de autoridades propias para los “helenistas”. Así, por el Espíritu, el Señor se hace presente entre los suyos y sigue guiándolos. La estructura eclesial se va formando en respuesta a las necesidades de la comunidad; al servicio de ella. Como dice la carta de san Pedro, la piedra fundamental es Cristo. Y conviene destacar, en esa misma lectura, que el “sacerdocio santo”, que ofrece “sacrificios espirituales agradables a Dios”, no se reduce al clero, sino que son todas “las piedras vivas” que constituyen la Iglesia.  El fundamento es Cristo, quien es “Camino, Verdad y Vida”, para que lleguemos definitivamente al Padre.
Durante la semana, acompañamos el primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé. Como la multiplicación de los panes en Juan 6, la curación del tullido en Listra constituye una tentación para los evangelizadores y es un signo ambiguo para los evangelizados. Pablo y Bernabé lograrán evitar el culto idolátrico a sus personas, hasta llegar a ser perseguidos y rechazados. Luego, podrán regresar a Antioquía para dar cuenta de su misión a la comunidad que los había enviado. Podrán dar testimonio de cómo el Señor ha abierto la puerta de la fe a los paganos. Pero, también tendrán que defender, ante la Iglesia en Jerusalén, su manera de evangelizar sin obligar a los gentiles a pasar por el judaísmo para incorporarse a Cristo. Algo que aprobará el Espíritu Santo y la comunidad entera. Así vemos que los conflictos constituyen ocasiones de crecimiento y profundización en la fe y en la doctrina. Al mismo tiempo, el hecho de que el propio Pablo haga circuncidarse a Timoteo es un ejemplo de respeto a la cultura de su pueblo, porque, al ser hijo de madre judía, Timoteo era judío.
El santoral sigue dejando lugar a que contemplemos, en primer lugar al Resucitado.  Así, la fiesta del apóstol san Matías, el día 14, resulta impedida por el domingo.  El lunes 15 se puede mencionar a san  Isidro, labrador (1082-1172). El martes 16 la familia orionista recuerda a su fundador, san Luis Orione (1872-1940), mientras el calendario jesuita recuerda a san Andrés Bobola,  sacerdote polaco martirizado por los cosacos en 1657. El 18 se  puede recordar a san Juan I, papa y mártir, que murió encarcelado por Teodorico, el año 526 por no haber logrado que el emperador de Bizancio, Justino I, dejara de perseguir a los arrianos. El 20 se puede también recordar a san Bernardino de Siena, gran predicador franciscano (+1444).

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