Por Javier Ríos R. Artículo publicado en revista Jesuitas Chile n. 49

Era casi imposible no tocarse con las personas que se movían lo justo y necesario en una Alameda que parecía mar y con una corriente poderosa, como la del Pacífico. Banderas chilenas, del pueblo Mapuche, de equipos de fútbol o de Víctor Jara, entre otras, al levantar la vista en plena Plaza Italia. Al caminar, apretujado entre la multitud, se descubría un museo de poesía ambulante. Carteles que exigían justicia y dignidad. Era el viernes 25 de octubre, la postal de un día que será difícil de olvidar para el millón 300 mil personas que estuvieron en las inmediaciones del centro neurálgico de las protestas en Santiago, animando la marcha más grande de Chile.

En cada ciudad del país las sensaciones eran parecidas, las tensiones similares. Siete días antes surgían los hitos, el de la resistencia juvenil saltando los torniquetes del Metro, simbolizando las demandas ciudadanas; así como el de la violencia que impactaba en todas las vidas de alguna forma: con chispazos amarillos y rojos en los incendios de locales comerciales, o con la negra silueta de los balines policiales surcando el aire e impactando manifestantes. Esperanza, rabia, miedo, incertidumbre, sensaciones en medio del Estado de Emergencia.

La Compañía de Jesús, consciente de las muestras de violencia estructural y de las potentes reacciones populares que vinieron después de ese emblemático día, promovió distintas acciones que apuntaron al diálogo, buscando el camino de la no violencia para pensar un Chile en que la justicia y la igualdad tuvieran un papel preponderante.

Ese fue el mensaje que el Provincial, Gabriel Roblero sj, hizo llegar a la comunidad después de días de reflexión: “Reparar el Metro, reconstruir supermercados, etc. Implica mucho tiempo, pero ¿cómo se repara en verdad una parte de la sociedad llamada ‘vándalos’, ‘violentistas’ y ‘criminales’?”, preguntaba en una carta al director publicada en un periódico  nacional.  Los medios y la opinión pública se conmueven, se impactan frente al daño y la destrucción material. Sin embargo, nadie aún quiere mirar frente a frente al violento y explicar lo que hemos hecho como sociedad para causar tal nivel de odio. Si nuestra sociedad no conversa sobre ellos no tenemos mucha salida (…) Lo que no puede pasar es que el sistema se vuelva a readecuar como antes. En nosotros como sociedad pareciera que no hay destrucción, sino una corrosión interna que avanza minuto a minuto. Si no vamos al fondo, la destrucción y violencia que hemos padecido estos días, volverá nuevamente a ocurrir en nuestro país en un tiempo más”, señaló.

Un gran porcentaje de la sociedad civil, que siguió manifestándose en busca de más derechos, en un mes marcado por el sonido de las cacerolas en las calles, nos puso a todos a pensar el cómo y el porqué del nuevo escenario. Nadie se lo esperaba,  dijeron algunos. Es la consecuencia de un modelo que creamos todos, retrucaron otros.

Sin escapar a estas preguntas, muchas de las obras de la Compañía de Jesús buscaron reaccionar de diversos modos frente a la situación que el país experimentaba. Tratando de reflexionar en torno a ellas, acudimos a los que estuvieron ahí, junto a los más damnificados. Uno de los que pudo sentir de cerca la  preocupación de la gente en situación de calle, así como de los ciudadanos que buscaron un lugar de encuentro en la Iglesia, fue José Yuraszeck sj, Capellán General del Hogar de Cristo, quien se sumó al análisis de las causas y nos contó cómo enfrentaron  el estallido en el área social de la Provincia: “Hace mucho tiempo le venimos dando vuelta a las grandes brechas que hay entre las necesidades cotidianas de mucha gente y las reales posibilidades de satisfacer esas necesidades. Esta sensación se ha manifestado en temas de salud, vejez digna, pensiones, atención a las personas con discapacidad tanto física como mental. El tema del hacinamiento crítico de allegados, déficit habitacional, derecho a la vivienda; todas esas cosas que son aspiraciones muy sentidas, terminan siendo finalmente caldo de cultivo”, nos comenta acerca de la  evaluación que tuvieron que hacer para promover una salida de diálogo para el conflicto.

En el mismo tono de su análisis, Diego García, profesor de la cátedra de Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, cree que lo que ocurrió venía precedido de síntomas y estos se podían ver en las marcadas desigualdades: “Existe un grave conflicto entre las élites, que incluyen a la academia, a los medios de comunicación, los políticos, los poderes económicos y cualquiera que sea poseedor de privilegios; entre ellos y el resto de la población… Las élites son como extranjeros en el país que gobiernan; eso se manifiesta en la segregación espacial. Los datos están ahí: por ejemplo, el ingreso promedio, la diferencia entre los sueldos de hombres y mujeres. Se está viviendo al límite y ante cualquier contingencia esto se desbarata. Finalmente, no lo vimos porque no lo quisimos ver”.

Caminando juntos por el sendero de la no violencia

En Estación Central, Yuraszeck nos cuenta el trabajo de los Círculos  territoriales, cabildos organizados por el Hogar de Cristo, Techo y Fondo Esperanza, en los que pudo verse de cerca cómo los chilenos nos reencontramos y pudimos poner de manifiesto nuestras preocupaciones en comunidad. Su postura ante la crisis va por el camino del diálogo: “Hay que intentar conversar con personas que no piensan igual que tú, sin sacarse la madre, y no es tan sencillo. Habitualmente las posturas similares se encuentran. Las redes sociales lo potencian, incentivan a encontrarse con personas parecidas y cuando te encuentras con  alguien que piensa distinto inmediatamente comienzan las descalificaciones. En estos momentos el esfuerzo debe  ser deliberado para tratar de tender puentes, si no, cada uno se queda en su trinchera, velando por su propio interés (…) Las respuestas deben ser colectivas o comunitarias, hay que  hacer un esfuerzo para ello. El daño a la propiedad pública, la violencia desatada contra Carabineros, contra un hotel, contra lo que pillen abierto, no lo justifico. Hay que ser capaces de calibrar entre las frustraciones y las esperanzas”.

Luis Roblero sj, Director de la Comisión Nacional de Pastoral Carcelaria y Capellán Nacional de Gendarmería de Chile, concuerda con aprovechar las ganas de la gente de participar como un “arma” para buscar la paz y así superar la violencia. “Que el ‘sentarse a conversar’, o el llamado a la ‘paz social’ no se transformen en la letra de un eslogan o de un canto lindo, bien intencionado, para tranquilizar a las masas, sino que en una nueva modalidad de hacer política y comunidad entre todos”, señala. “Pareciera que de la noche a la mañana abrimos los ojos y ganamos conciencia plena de los mil y un abusos que se dan a diario en nuestro país y que violentan al extremo la vida de todos. La violencia desatada en las calles, que habla de esa otra violencia silenciosa que padecen millones de personas que se sienten abusadas en su vida diaria, literalmente obligó a los partidos políticos a dejar sus pequeñeces para sentarse a hablar de los problemas reales de la gente”, complementa. Pero no todas las miradas vienen de Santiago. Desde 2012 que Juan Fuenzalida sj está en la misión jesuita en Tirúa y, por su trabajo junto a las comunidades de pueblos originarios de la zona, tiene un particular entendimiento del despertar del pueblo chileno.

“Es notable, impresionante, ver la cantidad de banderas mapuche presentes, simbolizanalgo, que a la gente le hace sentido. Es una bandera que habla del pueblo, de otra forma de estar presentes en el territorio, de luchas por justicia. Representa una serie de valores que hacen sentido a lo que hoy se está viviendo. A la vez, coexiste el mensaje de que acá hubo una lucha en la que estamos de acuerdo y queremos reconocer al pueblo Mapuche”, complementa mientras se prepara para otro viaje dentro de la región de la Araucanía.

A luchar por superar la violencia estructural

Existe un largo recorrido desde que los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín se refirieron a la “violencia institucionalizada”, y vislumbraron ya en 1968 que esta podría generar más violencia en la población. “La paz solo se obtiene creando un orden nuevo que ‘comporta una justicia más perfecta entre los hombres’. En ese sentido, el desarrollo integral del hombre, el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, es el nombre nuevo de la paz”, fue una de las conclusiones del documento final de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en esa ocasión.

El texto actúa como inspiración para el profesor Diego García, quien plantea una lucha en contra de la violencia institucionalizada como prioritaria: “No es una violencia que genera lesiones o destrucciones en el patrimonio, pero son formas estabilizadas de relación que menoscaban la vida de las personas o la de uno en desmedro de las de otros”.

El investigador plantea que es fundamental que toda la sociedad  se ponga a trabajar por la paz estructural, encontrando en el caso de Gustavo Gatica (estudiante herido por balines de la policía en sus dos ojos, perdiendo la visión) un ejemplo de cómo plasmar en la acción la superación de las injusticias: “La Academia de Humanismo Cristiano, saca una declaración rechazando la violencia, pero también han hecho acciones para apoyar a la familia en una demanda judicial, acciones para ayudar económicamente el tratamiento y ahora se supo que los compañeros se van a poner a estudiar braille para que termine sus estudios. Creo que hay que trabajar en esa dirección, señalarse menos con el dedo y trabajar en ese sentido, con acciones de paz”. Entre las distintas opiniones y conjeturas a futuro, también existen coincidencias. Para Juan Fuenzalida sj la violencia estructural que viene del Estado, así como la violencia simbólica, debe superarse con acciones. “El Estado no estimula la diversidad. Es una vergüenza que a esta altura todavía no se reconozca al pueblo Mapuche como pueblo. Es muy difícil de sostener (…) Hay una violencia simbólica también. La violencia de una presencia del Estado que no permite la vida de un pueblo y también de un territorio. No se permite la vida de un territorio con chilenos y mapuche. Que las decisiones se tomen todas en Santiago… tener todo unificado para el territorio nacional porque, si no, ‘dejamos de ser chilenos’, así tenemos que tener todos los mismos horarios. Cuando las realidades del sol, de los ciclos circadianos son distintas en todos lados”.

Por su parte, la esperanza de José Yuraszeck sj es que en base al trabajo que realizaron se puedan encausar demandas profundas, superando la desigualdad estructural: “Estuvimos diez a quince días silenciosos, escuchando mucho, participando de muchas reuniones y de inmediato nos pusimos a trabajar para usar nuestra metodología. Una de las falencias graves que tuvo nuestro país fue no haber sido capaz de canalizar los descontentos, las frustraciones, y la salida ha sido destruir. Esta metodología permite canalizar los requerimientos; si lo haces representativo y ordenado será muy bueno”.

Asimismo, Juan Fuenzalida sj cree que por el camino institucional también se pueden encausar las demandas generales: “La nueva Constitución es un camino, siempre que sea hecha de cierta forma y que demuestre de verdad lo que es el país. Me gustaría el reconocimiento de los pueblos originarios, porque tienen una tremenda riqueza: la cosmovisión que tienen para entregar. Esta cosmovisión dice que somos seres interrelacionados, con conexión con seres espirituales, con el medio ambiente, con la comunidad… para crecer como personas eso es lo que nos enferma o nos sana. Hay que aprender, validar y hacer nuestro también este modo de vivir”.

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