Refugiados en Padre Hurtado: el largo viaje de una familia de Afganistán para llegar a Chile

Acogidos por la Compañía de Jesús, la familia de Ahmad vivió en los salones del Centro de Espiritualidad Loyola, recordando el peligroso viaje que los trajo al país huyendo del régimen talibán, entre bombas y amenazas, y el recuerdo de un pasado que no pudieron transformar en futuro trabajando en una organización de defensa de los derechos de las mujeres.

Por Javier Ríos R.

Artículo publicado en Revista Jesuitas Chile n. 53

Con lo puesto. Con la camisa y pantalón con la que acostumbraba trabajar, Ahmad abrazó a su familia y les dijo que tenían que empacar un poco de ropa. Sabía que su vida y la de los suyos cambiaría radicalmente. En un par de horas su jefe logró ponerlo en un sistema electrónico de postulación para recibir refugio. Su destino, escrito en la pantalla, estaba a 16 mil kilómetros: Santiago de Chile.

Es temprano y el sol de noviembre cae sobre el Centro de Espiritualidad Loyola de la Compañía de Jesús en Chile, en la comuna de Padre Hurtado. En sus patios juegan Tamkin, Sobhan, Setaisesh y Osman con unos balones de fútbol; corren de un lado al otro, olvidando los ruidos de las explosiones, que son el último recuerdo de Afganistán para esta familia que llegó refugiada en el mes de septiembre y que hoy sueña con un futuro mejor en nuestro país.

Mientras su esposa Diana ordena algunas donaciones de ropa que les han llegado, Ahmad nos cuenta la historia de cómo fue cruzar el mundo para iniciar una nueva vida lejos del régimen talibán que hoy dirige los destinos de su natal Kabul: “En nuestra tierra teníamos de todo, una vida muy confortable, trabajo, todo (…) Y tuvimos que salir con lo que teníamos a mano. Nos dimos cuenta de que nuestra vida y la de más gente que trabajaba ahí estaba corriendo peligro”, comenta mientras nos ofrece una taza de té para compartir e iniciar esta conversación.

—Cuéntanos cómo llegaron a un país tan lejano, con diferente cultura e idioma.

Nosotros trabajábamos en una oficina hace siete años, una ONG dedicada al trabajo con niñas y mujeres, con la idea de que trataran su amor propio y la confianza. Cuando llegaron los talibanes al poder fue muy difícil. Quedarnos en nuestro país era imposible porque significaba una gran amenaza para nosotros: los talibanes no aceptan que uno trabaje para que las mujeres tengan amor propio y que puedan participar en deportes, en nada que tenga que ver con el empoderamiento de ellas.

—Con mucha incertidumbre comenzaron un periplo que duro casi un mes. ¿Cómo vivieron el proceso de abandonar Afganistán?

Tuvimos que agarrar nuestras cosas y partir rápidamente al aeropuerto público Internacional de Kabul. Había mucha gente esperando, se veía fuego, se escuchaban sonidos de explosiones, bombas detonando; 200 personas muriendo en las cercanías, diariamente. Tuvimos muchos problemas en la frontera porque teníamos prisa por nuestra familia y los niños. Esa presión la vivimos hasta que logramos pasar a Pakistán, donde estuvimos por 26 días no en las mejores condiciones. Tras eso, nos fuimos a Dubai. Un largo viaje vino después cuando tuvimos que ir a Francia (70 horas), y desde ahí logramos tomar un vuelo hacia Chile. Estábamos muy cansados, mas de 30 días, las dos familias (viajaron junto a la familia del hermano de Ahmad); fue muy difícil para mi mujer, para los niños y para mí.

—¿Sentiste miedo?

Sí, mucho, en Afganistán, principalmente. Saber que teníamos que salir y dejar a otros familiares allí. Ser conscientes de que los talibanes nos buscaban, porque estaban buscando noticias de gente así. Sobre todo, miedo por las mujeres. Ahora miramos atrás y fue muy peligroso para nosotros. Teníamos temor de que nos deportaran y tener que volver al régimen talibán. Allí hubiéramos recibido un castigo fuerte en frente de nuestras familias, o podríamos haber muerto. Todo fue muy peligroso. Hoy estamos muy preocupados por nuestros otros familiares que no tienen trabajo, porque los talibanes presionan, les quitan los autos, y las mujeres no pueden salir de las casas, las escuelas están cerradas para ellas. Estamos muy preocupados por el futuro, todos los días hay ataques en las mezquitas, los talibanes decían que llevarían paz y no ha sido así.

—Ser mujer bajo el régimen talibán es quedar totalmente marginada o arriesgar la vida. Cuéntanos qué cambió con su ascensión al poder.

Antes de los talibanes vivíamos muy bien, en una villa con trabajo. Los talibanes se hacían sentir con ataques suicidas sobre algunos objetivos específicos, pero no perturbaban nuestras vidas, tanto. Sin embargo, cuando se tomaron el gobierno vinieron a cambiar todo, especialmente para las mujeres, que no pueden ir a las escuelas; cerraron muchas. La educación dejó de ser prioridad, la escuela, la universidad. La vestimenta cambió mucho. Ha sido muy duro para ellas. No pueden salir de la casa. En algunos casos especiales, si un familiar hombre tiene permiso para ello, se puede dar, que puedan caminar por las calles, pero solo por tener un trabajo como enfermera o profesora, y debe ir con un hombre. Es muy difícil para las mujeres, prácticamente no tienen permitido nada. Ahora solo las niñas pueden ir a un tipo de escuela para mujeres, pero no tienen permitido seguir estudiando después de un tiempo. Solo pueden hacerlo las enfermeras y profesoras, pero tampoco tienen derecho a cobrar un salario.

—Ahora comienzan una nueva vida. ¿Cómo fue el recibimiento de los jesuitas en Chile y cuáles son sus perspectivas para vivir en nuestro país?

La Compañía de Jesús ha sido una ayuda muy importante. Llegamos aquí sintiendo su apoyo, nos ayudaron con la comida, con la ropa que no pudimos traer. Este lugar para quedarnos (señala uno de los salones de la “Casa Pedro Fabro”), nos ha ayudado mucho, ha sido muy bueno para nosotros. Extrañamos de Afganistán las clases de escalada, yoga y diferentes clases para las mujeres que los voluntarios organizaban en nuestra ONG. También los voluntarios ayudaban en colegios… Pero nos sentimos muy en paz, relajados, aunque de todas formas un poco en alerta por nuestro futuro y el de nuestros hijos, porque no tenemos casa ni trabajo, no conocemos el idioma. Le pedimos a las autoridades que nos ayuden con eso, especialmente con educación y salud para nuestros niños. Sabemos que hay mucha inmigración llegando a Chile, es un poco confuso. Nos gustaría ayudar a hacer lo mismo que hacíamos allá.

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