Las movilizaciones –sobre todo, las de carácter masivo, como las de octubre y noviembre– corresponden a coaliciones de diversos actores y organizaciones a quienes pueden sumarse otros participantes sin una agenda o estructura predefinida. 

Por Nicolás Rojas Pedemonte (Doctor en Sociología y director del Centro Vives de la U. Alberto Hurtado)

Existe consenso generalizado sobre la raíz estructural e institucional del actual ciclo de protestas. No dudamos en diagnosticar una crisis del modelo de desarrollo y, sobre todo, la deslegitimación del sistema político. Se identifica, asimismo, una crisis de las instituciones sociales, así como otra intersubjetiva, que incluye malestar y descohesión (erosión del tejido social).

El ciclo de protestas es una expresión particular, histórica y contingente de la crisis estructural que afrontamos. El nivel de violencia alcanzado y las violaciones a los derechos humanos no son un resultado directo y mecánico de la crisis, sino un producto de la interacción entre los actores confrontados: por un lado, las organizaciones movilizadas y sus aliados y, por otro lado, la autoridad. Es decir, tanto los costos sociales y humanos del ciclo de protesta como su impacto político son un resultado en construcción, no de individuos aislados ni de estructuras metasociales, sino de la interacción misma entre actores en disputa.

El ciclo de protestas es el resultado de una relación histórica de larga data entre las élites y los actores movilizados, aunque también de una disputa cotidiana que se da en los medios, las calles y los espacios de toma de decisiones. Siempre existe la tentación de encontrar una explicación omnicompresiva a este “estallido social”, pero podemos afirmar que lo que hemos visto desde octubre no era inevitable ni, mucho menos, estaba predeterminado. Los diagnósticos macro aportan perspectiva en el análisis, pero requieren hoy de un lente más atento a los actores y a sus relaciones para entender lo ocurrido, y evaluar así posibles cursos y escenarios. El conflicto social es un proceso dinámico, multidimensional y en construcción, más político que épico. Es necesario hacer un zoom a las calles, a las autoridades, a la clase política, a las audiencias y medios de comunicación para entender las interacciones.

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