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Al respecto en su editorial, señala que en este tiempo de aprendizaje en medio de un proceso doloroso pero sanador de sincerar el país que somos y que no somos, el Adviento y la cercanía de la Navidad nos ofrecen una oportunidad para renovar nuestra esperanza y una fuente de luz para encontrar una salida. Rememoramos la historia de una familia forastera expulsada violentamente de la ciudad, un poblado incapaz de acoger y empatizar con quien viene de fuera. El drama de la Navidad es, en buena parte, el ensimismamiento brutal del ser humano que no puede privilegiar la necesidad ajena por sobre la propia: vino una pareja joven, pronta a tener su hijo, y no la recibimos. Nuestra omisión la obligó a refugiarse en un mísero establo.

Pero también Navidad es el recuerdo de un Dios que se interesa por la humanidad y toma la iniciativa de acercarse. Para los cristianos, Dios no quiere que nada humano le resulte ajeno. Dios elige compartir con nosotros las alegrías, los fracasos, las convicciones y preocupaciones. Más aún, entra en nuestra historia en el vagón de los últimos, de los despreciados. Dios entiende a los pequeños y su cercanía es una “buena noticia”.

Esto podría definir a los constituyentes que queremos: cercanos a la gente y enamorados de su pueblo. Quizá sería bueno que varias sesiones de su trabajo las realizaran en zonas de sacrificio de nuestro país. El lugar desde donde se mire el presente determinará nuestras decisiones de futuro.

En esta edición:

Promesas sociales y derechos, por Fernando Verdugo

La nueva constitución que Chile necesita, por Fernando Atria

Tiempo de espera y deseo de conocer más internamente al Señor, por Selia Paludo

Obispos en tiempos de pandemia, por Paz Escárate

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