Román Guridi, SJ: “Debemos apuntar a una conversión ecológica”

El padre Román Guridi nos habla de la relación entre los desafíos sociales y medioambientales, de la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios, y de cómo entender eso desde el contexto de la crisis ecológica.
Entrevista por Andrés Mardones
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En estos meses está terminando un doctorado en teología en el Boston College, EE.UU. Allí, el P. Román Guridi presentó una tesis que trata sobre la relación entre ecología y antropología teológica. Acerca de esa temática, nos cuenta que desde hace mucho tiempo le ha interesado. “Más allá de las circunstancias contextuales, porque es un tema en boga, este captó mi atención ya durante mi formación primera en teología en la Universidad Católica; luego, en Francia, e incluso después enseñé en la Universidad Alberto Hurtado un curso sobre ecología y teología. Sin embargo, la precisión que haría respecto de mi tesis, es que ella no se centra solamente en lo ambiental, sino que en la ecología desde una perspectiva global, que básicamente se plantea una pregunta: ¿Cómo nos representamos nosotros habitando el mundo, y cómo se traduce esa manera de imaginarnos, en cuestiones prácticas, en la forma, en nuestro estilo de vivir?”.
La tesis da cuenta del modo como el cristianismo habla del ser humano, del hombre y la mujer. “Lo fundamental —agrega—, es cómo entender hoy la idea teológica de que el hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza de Dios. Y cómo entender eso desde el contexto de la crisis ecológica. Porque la ecología no se reduce a su dimensión medioambiental, a los desafíos que enfrentamos, como el calentamiento global y el cambio climático, sino que también existe una dimensión social de esta, que es muy importante: la forma como interactuamos entre nosotros. Además, se da una dimensión personal de la ecología, que se refleja en la manera como cada uno habita el mundo, en el uso de recursos como la energía, el agua…”.
La forma de abordar el tema está muy relacionada con la encíclica Laudato Si’…
Ciertamente tiene que ver. Primero, por su definición de ecología: una ecología integral. El Papa recoge una tradición propia de la teología cristiana. Es una ecología con una visión globalizante. Y es así porque no está reducida a ciertas problemáticas medioambientales particulares, sino que incorpora problemas sociales y también personales. Dice que todo planteamiento medioambiental es necesariamente un planteamiento social. Y que no existe ecología sin una adecuada antropología. Es decir, una manera de pensar al hombre y a la mujer habitando el mundo. Segundo, por una necesidad de utilizar diversas disciplinas para identificar los desafíos, pero también para ponerse de acuerdo sobre las posibles maneras de abordarlos. No se trata simplemente de una conversación de pocos, científicos y técnicos, sino que de varias disciplinas —entre ellas la teología— aportando a la tarea de pensar al hombre y a la mujer habitando el mundo.
 
LA SITUACIÓN DEL PAÍS
¿Cuán relevante es hoy para la Iglesia chilena y para la Compañía de Jesús en el país la preocupación medioambiental?
En la teoría, es creciente; en la práctica, poco. Y es creciente con el riesgo de que se pueda transformar en una especie de “moda verde”. Porque está en boga hablar de estas temáticas y tener algo que decir al respecto. Pero sería riesgoso si eso no impacta realmente en nuestros modos, no solo de hacer, sino también en el cambio de discurso, en la manera de enfocar ciertas problemáticas. No se trata, por lo tanto, simplemente de hacerse parte de causas medioambientales, de firmar por la conservación de ciertos territorios o especies, sino que de incorporar una perspectiva más global sobre cómo pensamos al hombre y a la mujer. Creo que existe preocupación por el tema, pero ha impactado muy poco en la práctica.
Desde la mirada del cuidado de la Creación, ¿cuáles son las principales urgencias que deberíamos atender?
Son varias, pero pienso que hay desafíos grandes con respecto a cómo asegurar el acceso a bienes comunes como el agua, y cómo regular y asegurar jurídicamente ciertos derechos comunes. Un segundo punto tiene que ver con la generación de energía, su distribución y cuáles son las opciones país que tenemos para producirla, cómo podemos aprovechar nuestras condiciones específicas para la generación de energías no convencionales, de fuentes renovables como el mar, la energía solar, geotérmica, etc. Ese es un desafío importante. Tercero, implementar políticas públicas orientadas a la gente en situación de pobreza, en las que se incorporen estas dimensiones. Estamos tremendamente atrasados, por ejemplo, en lo que se refiere al manejo de la basura. Prácticamente no hay ningún incentivo real que nos mueva a ello. La encíclica habla de una cultura del descarte. Nuestras ciudades se caracterizan bastante por eso. En Chile tenemos un desafío gigantesco con respecto al descarte de personas distintas: el extranjero (migrante), el que está económicamente en situación de pobreza, aquel que tiene capacidades distintas, el que tiene algún problema mental… son personas que están invisibilizadas en la sociedad.
EL ROL DEL CRISTIANO
¿Qué diferencia a un cristiano de una persona que no lo es, en su preocupación por el medioambiente?
Las motivaciones. El fundamento del porqué. Sin ese fundamento, la implementación de transformaciones, en la
práctica, fallará en un corto plazo. Entonces, hay que tener una motivación. Y el cristiano tiene motivaciones que le son propias por su fe. La encíclica Laudato Si’ presenta los argumentos que se esgrimen desde la fe. Nos dice que no es un compromiso opcional, sino que inherente a la fe cristiana y católica. O sea, me tengo que hacer parte de esta perspectiva ecológica, puesto que soy creyente. Eso no quiere decir que otras personas no tengan motivaciones igualmente legítimas o válidas.
¿Es posible fomentar un cambio de mentalidad en la cultura chilena hacia una mayor preocupación por el medioambiente?
Hay un lenguaje que me gusta, que ha sido levantado no solo por los últimos tres papas, sino también por la teología: la conversión ecológica. Algunos autores dicen que la parálisis actual es porque tenemos incertidumbre respecto del futuro, y al no ponernos de acuerdo en cuáles son las consecuencias negativas posibles de nuestros proyectos, entonces no actuamos en el presente ya que esa incertidumbre nos paraliza. Otros dicen que no existe tal incertidumbre, sino que simplemente no queremos creer lo que ya sabemos. Sería bueno que las personas se preguntaran: ¿Con la información que existe, por ejemplo, sobre cambio climático, calentamiento global y el efecto que este tiene y tendrá en las poblaciones, cómo podemos generar una reflexión personal, una transformación práctica en la propia vida? La conversión ecológica nos invita a vincularnos con la utilización de los medios, con nuestro consumo, en el sentido de cómo diferenciar aquello que me es necesario de lo que no es relevante. Debemos apuntar a esa conversión que, en primer lugar, tiene que ser personal, pero que debe ser también una conversión comunitaria.
UN PROGRESO CON MIRADA ECOLÓGICA
¿Cómo se puede conciliar el desarrollo de zonas empobrecidas con el cuidado del medioambiente?
Un falso dilema, tremendamente explotado, generalmente por intereses particulares, es querer contraponer el desarrollo y el crecimiento económico con el cuidado del medioambiente. Se nos presenta como si la opción fuera optar entre el crecimiento y desarrollo —y por lo tanto ayudar a que la gente salga de la pobreza y se avance tecnológicamente—, o el cuidado del medioambiente, que sería sinónimo de estancamiento, de conservar un tipo de vida rural antigua, volver a la época de las cavernas… eso es un falso dilema. La pregunta de fondo es cómo concebimos un desarrollo y cómo hablamos de progreso —esto también lo dice la encíclica— de tal manera que se incorpore en esa definición la conservación del medioambiente. Y no solo eso, sino que se fomente un progreso que promueva una mirada ecológica de los seres humanos en sus relaciones personales, con los demás y con su entorno natural. Debemos transformar el modo como entendemos el desarrollo y el progreso.
 

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