“Venid a mí, todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es dulce y mi carga ligera. (Mt 11,28-30)

Coronado de espinas, coronado por la cruz y herido por una lanza, en memoria eterna del gesto más grande que Jesús hizo por nosotros: sacrificar la propia vida por la salvación de la humanidad. Finalmente, rodeados de llamas que simbolizan el ardor misericordioso que Cristo siente por los pecadores. Así, la iconografía representa el Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta se celebra este viernes 19 de junio, en la Octava del Corpus Christi.

Los orígenes de la fiesta

Las huellas de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús ya se encuentran en la Edad Media, en el pensamiento de algunos místicos alemanes como Matilde de Magdeburgo, Matilde de Hackeborn y Gertruda de Helfta y el beato dominico Henry Suso. Sin embargo, este culto sólo floreció en el siglo XV por Santa Margarita Alacoque y San Juan Eudes, el primero al que el obispo de Rennes concedió celebrar una fiesta en honor del Corazón de Jesús en su comunidad en 1672.

En 1765 Clemente XIII concedió a Polonia y a la Archicofradía Romana del Sagrado Corazón la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y fue en este siglo cuando se desarrolló un acalorado debate. La Congregación de Ritos, de hecho, afirma que el objeto de este culto es el corazón de la carne de Jesús, símbolo de su amor, pero los jansenistas interpretan esto como un acto de idolatría. Sólo en 1856, con Pío IX, la solemnidad se extendió a la Iglesia universal y se insertó en el calendario litúrgico. Era una fiesta móvil fijada el viernes, el octavo día después del Corpus Christi, seguido por el sábado dedicado al Inmaculado Corazón de María.

Amor gratuito

El P. Javier Rojas SJ. escribió una bella reflexión sobre esta fiesta. Transcribimos algunos fragmentos: En el corazón del ser humano hay bondad, hay deseo de Dios, capacidad de amar, y esa pizca de “locura” que hace al ser humano una persona capaz de hacer grandes cosas por los demás. Sin embargo, ¿qué nos pasa? ¿Por qué cuesta tanto a algunos cristianos salir del propio “querer y sentir” y mirar al que está sufriendo cerca suyo? ¿Cómo es posible que muchos cristianos sigan creyendo que seguir a Jesús es cumplir unas cuantas normas? ¿Dónde quedó el deseo profundo de imitar la manera de vivir de Jesús?

Cuando contemplamos el evangelio, vemos a Jesús que se acerca al que sufre. Su amor es compasivo. Está dispuesto a acortar la brecha que existe entre las personas que sufren y la vida que Dios quiere para ellos.

Para Jesús el amor es compromiso con la dignidad humana y no sólo palabras. Su amor también es gratuito. Está dispuesto a brindar su ayuda, dedica tiempo para estar con los que sufren, presta oídos para escuchar a los demás, y no teme quebrantar la ley cuando está en juego la dignidad humana.

Ángel Tejerina SJ. reflexiona sobre la imagen del corazón y Jesús en nuestra Iglesia:

¡Corazón de Jesús y espiritualidad ignaciana. Lo que verdaderamente une al corazón con la espiritualidad ignaciana es la conexión intrínseca que se da entre corazón y Ejercicios Espirituales, fuente y nervio de dicha espiritualidad. Y el vínculo de unión entre ambos se halla en la Sagrada Escritura, materia sobre la que casi exclusivamente se ejercita todo orante ignaciano. Ahora bien, el parentesco entre Sagrada Escritura y corazón tal, que el corazón se convierte, según Sto. Tomás de Aquino, en clave privilegiada por no decir “la privilegiada”, para entender la Escritura.

Reparemos en un texto muy poco citado y poco conocido, pero muy iluminador del mismo santo: “por medio del corazón de Cristo se entiende la Sagrada Escritura, que manifiesta al corazón de Cristo”. Por consiguiente, si el corazón es medio privilegiado para entender la Escritura, lo es también para entender y practicar los Ejercicios, puesto que la Sagrada Escritura manifiesta al Corazón y éste a su vez es clave de inteligencia de la misma Escritura, materia principal, casi única, de oración durante los 30 días del mes de ejercicios ignaciano.

En efecto, por poco que se adentre el lector en la bibliografía sobre el corazón, se dará cuenta de que el culto o devoción al corazón consiste ni más ni menos en el amor de Jesucristo a los hombres simbolizado en su corazón –“corazón, que no significa sencillamente y sin más, amor”, sino amor en cuanto “lo más íntimo de la realidad personal”, y de hecho “lo más íntimo de la experiencia del corazón del Señor”, un amor no debidamente correspondido por hombres y mujeres, por otro lado”.

Alberto Hurtado y su relación con Corazón de Jesucristo en la iglesia de los Padres de los Sagrados Corazones

Alberto estaba a punto de recibirse de abogado, pero lo que más le interesaba no parecía todavía tener solución. Y rezaba con perseverancia. Alberto se postraba a orar durante una hora larga, tendido en el suelo, frente al Santísimo. Era el mes de junio consagrado al Corazón de Jesucristo, en el rigor del invierno, en la iglesia de los Padres de los Sagrados Corazones, a las diez de la noche, cuando nadie podía venir a presenciar ese mudo coloquio. Sólo el Padre Damián, su director espiritual, sentado, rezando el breviario, presenciaba la escena que se repetía noche a noche, durante todo el mes. Alberto pedía la gracia de entrar por fin a la Compañía. Y el cielo parecía mudo.

El día del Sagrado Corazón, el último viernes de junio llegó. Alberto oyó misa, comulgó y se fue a sus ocupaciones. A las tres de la tarde, por un llamado telefónico, supo que todo estaba arreglado.

Un amigo había estado revisando los papeles del préstamo que había solicitado en el Banco Hipotecario el comprador del fundo de los Hurtado y descubría en ellos un vicio que permitía un juicio de “lesión enorme”, porque los herederos eran niños pequeños. Alberto estuvo vacilando en entablar el pleito que se le indicaba. El fundo había sido vendido voluntariamente por su madre y ellos habían recibido el dinero. ¿Qué valor moral tenía la causa legal de nulidad de la venta por no haberse cumplido las solemnidades exigidas por ser menores de edad los herederos?

Desde el punto de vista jurídico la cuestión era clara, pero lo moral le parecía dudoso. Sin embargo todos a quienes consultó le dijeron que nada inmoral podía haber en ejercitar la acción que el Derecho le otorgaba. Así, el comprador fue demandado y, finalmente, como su situación no tenía defensa se llegó a una transacción por una buena cantidad de dinero. Su madre quedó en situación más desahogada y Alberto quedó listo para ingresar en la Compañía.

El 14 de agosto de 1923, sin recibir personalmente su diploma, sólo dos días antes había dado su examen final ante la Corte Suprema, estaba ya en Chillán, porque quería asegurar que dos años más tarde haría sus Votos perpetuos el día 15, fiesta de la Asunción de la Virgen María.

En el andén de la Estación Central su madre había llorado mucho. Sus amigos habían decidido acompañarlo hasta la ciudad de San Bernardo. Desde allí él había seguido solo y comenzaría un nuevo camino. (seguir leyendo la historia de Alberto en el siguiente link)

Fuente: Vatican News y Centro de Espiritualidad Ignaciana

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