Segunda semana de Pascua

Comenzamos esta semana “como niños recién nacidos”, imitando a quienes han recibido la iniciación cristiana en esta última Pascua. Hasta este domingo deberían usar las vestiduras blancas  que se les imponen en el Bautismo y que se les encarga “conservar sin mancha hasta el tribunal de nuestro Señor Jesucristo”.

Como siempre en este domingo, la figura del apóstol Tomás nos ayuda a recordar que Jesús resucitado está en medio de su iglesia, aunque a menudo no lo veamos ni sintamos. Por eso, en medio de cualquier crisis eclesial, hemos de ayudarnos mutuamente a convertirnos cada día y sentir el calor de su presencia. Y debemos ser capaces, como Tomás, de manifestar lo que nos impide creer, capaces de ver y tocar las llagas del Señor en su cuerpo eclesial, para anunciar en verdad la Vida nueva que Él nos ha merecido.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos acompañará durante este tiempo pascual, tanto en los domingos como en los días de semana. Allí podremos reflexionar sobre lo que significa seguir el camino de Jesús, y sobre los obstáculos y crisis que marcan la vida de la Iglesia. Allí vemos como actúa el Espíritu. Sopla donde quiere y muchas veces desordena nuestros planes…se manifiesta en medio del conflicto, no para agudizarlo, sino para que aprendamos a usar la variedad de carismas con que nos ha enriquecido. La actitud legalista de las autoridades del templo, se prolongará más tarde en nuestro miedo a la libertad y a lo que no está prescrito por las rúbricas. Si Lucas lo recuerda en el libro de los Hechos no es sólo por evocar tiempos pasados, sino porque siempre en la comunidad habrá quienes se asusten ante los gestos novedosos. Como también habrá quienes intentarán favorecer a algunos en desmedro de otros, o intentarán aparentar piedad y santidad.

El camino de Jesús no elude nunca la cruz, ni siquiera en medio de la alegría pascual. Abrazarla significará poner a disposición del Señor, en la comunidad, lo que somos y tenemos, con la generosidad sin cálculo de la primera comunidad, cuya vida nos irá mostrando qué significa vivir como “hijos e hijas de la luz”. Si queremos recuperar fuerza evangelizadora hoy, hemos de pedir la gracia de la libertad y del desprendimiento. Así podremos avanzar a esa pobreza que haga que los pobres, en medio de nuestras comunidades, se sientan en su casa.

En esta semana recuperamos las celebraciones del santoral. A propósito de crisis de la Iglesia, podemos encomendarnos a la intercesión de  Santa Catalina de Siena  (1347- 1380), a quien recordamos el lunes 29: tuvo que llamar con valentía y libertad al Papa para que volviera a Roma y acabara con el “cautiverio” de Avignon. Luego luchó infructuosamente por evitar el Cisma que desgarraría a la Iglesia durante más de cuarenta años. El martes 30 recordamos al Papa san Pío V (1504-1572) que debió trabajar por la reforma eclesiástica en tiempos posteriores a Lutero y a concilio de Trento. Siglos antes, san Atanasio (295?-373), cuya memoria celebramos el jueves 2 de mayo, debió combatir con la palabra y los escritos y sufrir destierros y cárcel, para asegurar la fe trinitaria.

El santoral se completa entre nosotros con la fiesta de la Santa Cruz (el viernes 3), la de los santos apóstoles Felipe y Santiago el Menor (el sábado 4), y la memoria de san José Obrero (el miércoles 1). Son celebraciones que vuelven a ponernos ante Jesús que tomó nuestra existencia humana, como trabajador, que llamó y envió a sus discípulos a anunciar el Reino, al que se llega por el camino de la Cruz.

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