Segunda semana del tiempo de Navidad

Como la Solemnidad de la Resurrección, la de la Natividad también se prolonga por una ‘octava’, que llega hasta el primer día de enero. Por eso, hasta 1970, se celebraba la fiesta de la Circuncisión del Señor, porque todo niño judío recibe, en el octavo día de su vida, el signo de su pertenencia al Pueblo elegido. En este día entonces, el Hijo de Dios, derramó por nosotros las primeras gotas de su sangre y recibió el nombre que indicaba su misión: Yehoshu’a =YHWH salva, nombre que le había sido dado por el ángel (Mt. 1,21; Lc 1,31).
La reforma litúrgica del año 1970 suprimió la mención de la Circuncisión en el título de la fiesta, aunque la conserva en el texto del Evangelio de ese día, cuando celebramos la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Conviene, entonces, que nos fijemos en lo principal que queremos celebrar con este título: El Niño de Belén es Dios, que ha venido a rescatarnos personalmente, para restaurar el plan original del Padre: que lleguemos a gozar de su presencia eternamente.
El domingo que abre esta segunda semana nos hace fijarnos en la Familia de Nazaret. Y en ella lo que más importa no es cómo estaba constituida físicamente (con las limitaciones de espacio y la calidad habitacional de la época – tal vez parecida a una casa de inquilinos en el campo chileno del siglo…XIX?-) sino lo que la sostenía internamente: La fe en las promesas de Dios, como Abraham -a quien nos recuerdan las dos primeras lecturas de este domingo-, y como Simeón y Ana, que representan al pueblo que esperaba anhelante la liberación que el Niño traía. Esa fe también con la que María acepta la perspectiva de la espada que le atravesará el corazón, como se lo profetiza Simeón… El camino que el Niño viene a recorrer y ofrecer, pasará ineludiblemente por el Calvario. Y en toda familia, de antes y de ahora, hay que aprender a ir por ese camino. Por eso, la oración colecta de la misa pide la gracia de imitar las virtudes de la familia de Nazaret… con la(s) espada(s) incluida(s).
Entre el martes 2 y el lunes 8, mientras la primera carta de san Juan nos hace sacar las consecuencias de que la Palabra de Dios haya puesto su morada entre nosotros, contemplamos el paso directo desde la actividad de Juan, el Precursor, a la Manifestación de la presencia de la Luz que él anunciaba: Esa presencia manifestada al pueblo de Israel en el Bautismo de Jesús, que se nos anunciará tanto el sábado 6 como el lunes 8 (en la Fiesta del Bautismo del Señor), mientras los sabios de Oriente dan testimonio de que esa Luz es para todo el mundo, en el domingo 7, cuando celebraremos la Epifanía del Señor. Entretanto acompañamos también el llamado de los primeros discípulos en el capítulo 1 del evangelio de san Juan.
El santoral, que se ha hecho presente sólo en las más antiguas y venerables fiestas de la semana anterior (San Esteban, San Juan Evangelista, los Santos Inocentes), esta semana nos invita a recordar, el martes 2, a los santos Basilio y Gregorio Nacianceno, Padres de la Iglesia que, en la segunda mitad del siglo IV fueron los principales responsables de que toda la Iglesia aceptara la profesión de fe de Nicea. El miércoles 3, la memoria del Santísimo Nombre de Jesús (Solemnidad Titular de la Compañía), nos hace saborear, como en resumen, la Salvación que Él nos trajo.

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