Sexta semana de Pascua

Comentario a las celebraciones litúrgicas de la sexta semana de Pascua (1 al 7 de mayo).
Sería un pecado contra la Encarnación de la Palabra de Dios, limitar este comentario a la liturgia eclesiástica, cuando la semana se abre con una importante efeméride secular: el Día Internacional de los Trabajadores. La Iglesia lo introdujo en su calendario, desde el Papa Pío XII, dedicándolo a la memoria de san José Obrero. En ese contexto recibimos las palabras de Jesús: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” Y oiremos también: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.” Somos enviados a poner la alegría del Evangelio, trabajando por la justicia y la paz en el mundo; mejor dicho, trabajando por la paz que es fruto de la justicia.
Con este espíritu nos preparamos a despedirnos de la presencia visible del Resucitado, abriéndonos a la acción poderosa del Espíritu, porque ya estamos cerca de los cuarenta días después la Pascua. Cuarenta días que son como el correlato de la Cuaresma. El tiempo  que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos (S. Agustín).
El libro de los Hechos nos hace escuchar este domingo la decisión del llamado “concilio de Jerusalén”. Una decisión “del Espíritu Santo y nosotros”, que será revisada poco tiempo después (cf. 1Co 10). Mientras el Apocalipsis sigue mostrándonos la Nueva Jerusalén, que no tiene un templo porque Dios habita en ella, cumpliéndose así la promesa de Jesús en el evangelio de este domingo. Es decir, la institución nace del Espíritu y está a disposición de él; no se anquilosa y así, no se transforma en una cárcel  para los creyentes… La paz, don de Cristo, consiste en dejarse guiar sin temor por el Espíritu. Una Iglesia que integra institución y carisma es un signo que convoca a todos los pueblos.
Durante la semana, la lectura del libro de los Hechos y del Evangelio de san Juan refuerzan tanto el ambiente de despedida, como de esperanza y acogida del Espíritu. Se nos narra el nacimiento de la comunidad de Filipos (a la que  Pablo dedicará su carta más cariñosa) en medio de contradicciones: acogida generosa en casa de Lidia, azotes, cárcel y conversión del carcelero y su familia… Llegada de Pablo a la patria de Sócrates, Platón y Aristóteles para anunciar al Dios desconocido… y la locura de la cruz y resurrección. Y el crecimiento de la Iglesia, con la labor evangelizadora de Priscila, Áquila y Apolo… el Espíritu sopla donde quiere y en quien quiere. En el Evangelio, Jesús en su despedida, abre su corazón a los discípulos, sus amigos, y les anuncia la dolorosa crisis de la pasión, así como la alegría pascual y el advenimiento transformador del Espíritu. Eso es también lo que fundamenta y anima nuestra esperanza, para seguir anunciando el Evangelio.
En el ciclo santoral, esta semana se destaca, el martes 3, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que se ha quedado en esta fecha en países de tradición española por devoción popular, ya que en el calendario universal se celebra el 14 de septiembre. La memoria de san José obrero resulta impedida por el domingo. El lunes 2 se celebra a san Atanasio de Alejandría (+373), padre de la Iglesia, defensor del concilio de Nicea, que proclamó la divinidad de Jesucristo; el miércoles 4 se celebra a los apóstoles santos Felipe y Santiago el Menor, y el jueves 5, el calendario de la Compañía de Jesús recuerda a san José María Rubio (1864-1929), apóstol de los barrios obreros de Madrid.

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