Sabemos que la Cuaresma nació en el calendario cristiano como un retiro espiritual previo a la fiesta de Pascua, fiesta de resurrección y vida, que en Israel (la cuna de nuestra fe) ocurre entre la última semana de nuestro mes de marzo, y la tercera de abril. Israel recuerda en esa fecha la acción liberadora del Señor, para sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Es la fiesta en la que los evangelios ubican la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, que nos libera, por su Sangre, de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por eso, en los primeros tiempos de la Iglesia, en esa misma fecha se ubicaban lo bautismos. Quienes querían incorporarse a la comunidad de los discípulos de Jesús (los catecúmenos), se preparaban, en un serio retiro de oración y ayunos, a vivir una experiencia de muerte y resurrección: el Bautismo, cuando eran sumergidos ‘en agua viva’, para ser ungidos, al salir del agua, con el Crisma (= “Unción”) que los ‘marcaba’ como miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey, hasta la vida eterna.

¿A qué Dios adoramos los cristianos?, y ¿en qué lugar? Esas preguntas de los catecúmenos son las que el evangelista pone en boca de la samaritana, a la que vemos con Jesús en este domingo. En concreto, era la discusión local entre judíos y samaritanos, la que, seguramente, influyó en las primeras comunidades cristianas. Como toda pregunta crítica, ese tema, aunque superado ya, llevaba a recordar las palabras de Jesús: Dios es uno solo, el Padre. Y no está ni en Jerusalén ni en Garizim, sino en todo lugar donde se lo busca sinceramente, ‘en espíritu y en verdad’.

En nuestra situación eclesial y social (la crisis eclesiástica provocada por los abusos de miembros del clero, y la pandemia del coronavirus), necesitamos el agua viva que nos trae el Señor. Esa agua que es “el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. Por ese Espíritu podemos discernir la presencia del amor de Dios manifestado de manera deslumbrante en la muerte de Cristo por nosotros “cuando todavía éramos pecadores”.

Tal vez, en la mayoría de nuestras comunidades actualmente no hay personas adultas preparándose para el Bautismo. Pero eso no nos impide profundizar en realidad de la vida nueva que recibimos en Cristo, cuando nos bautizaron. Y si ‘los maridos’ de la samaritana son los diversos dioses que su pueblo se dio en su historia, no estará de más preguntarnos si como Iglesia local y universal hemos sido realmente fieles al único Marido que ha dado la vida por nosotros (cf. 2  Cor. 11, 1-2).  Que el Señor nos ayude, en esta segunda mitad de la Cuaresma, a renovarnos en la gracia que recibimos cuando nos bautizaron. Así, en la próxima Semana Santa podremos vivir con alegría los Misterios que nos dieron vida nueva.

En el santoral de la semana, puede acompañarnos, el 17, la memoria de san Patricio, apóstol de Irlanda (¿385-461?) y, sobre todo, la intercesión de san José que, como patrono de la Iglesia, continúa la silenciosa tarea que inició cuidando de María y de Jesús; celebramos su fiesta el jueves 19.

José M. Arenas SJ

Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

JMA, SJ.

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