Trigésima tercera semana del tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia del 13 al 19 de noviembre
“No se dejen engañar” es la principal respuesta de Jesús a la pregunta temerosa de los discípulos. Ellos preguntaban cuándo sería destruido el templo, como Jesús acababa de predecirlo. Tal vez porque veían en la desaparición del lugar santo el fin de las esperanzas del pueblo, simbolizado en el templo. También como Iglesia, reconocemos que los templos son símbolos de la comunidad. Lo hemos recordado en la semana que pasó, al celebrar la  Dedicación de la Catedral papal, San Juan de Letrán. Pero, si pensamos en perspectiva más universal, deberíamos reconocer que hemos comenzado a conmemorar los 500 años de la mayor fractura del cuerpo de la Iglesia, fractura ocurrida en los mismos días en que se construía la Basílica de san Pedro, con la colaboración de los fieles que obtenían indulgencias por sus limosnas para ese templo. Medio milenio después, sentimos que estamos más cerca de superar el conflicto. El Papa Francisco en Lund, con las autoridades de la Fraternidad Luterana Mundial, han orado juntos y se han comprometido a seguir trabajando juntos para recuperar la unidad visible.
Claro que no podemos dejarnos engañar, creyendo que la unidad depende de nuestros esfuerzos. La ruptura que se inició en 1517, ha dado origen a innumerables comunidades: desde iglesias consideradas ‘históricas’ a agrupaciones que, sin serlo, ‘se disfrazan’ de iglesias. Ello no debe hacernos perder la esperanza: confiamos en la acción del Espíritu. Debemos ser constantes y pacientes, para que podamos discernir Su voz. No nos olvidemos de las palabras de Jesús: “Un árbol bueno no da frutos malos (…), por sus frutos los reconocerán” (Cf. Mt 7, 18-20). Pero el camino no será fácil, como ya nos lo advierte el mismo Jesús: hay y habrá persecuciones, hasta de parte de la familia.
Antes de escuchar el discurso de Jesús, la mesa de la Palabra nos prepara advirtiéndonos la llegada del Día del Juicio, señalando, al mismo tiempo, que esa llegada inminente no significa sentarse a esperar: Lo esperamos trabajando con y por los demás. A eso nos llaman también los textos bíblicos de la semana: Feliz el que lee y felices los que escuchan las palabras de esta profecía”, nos dice el Apocalipsis el día lunes. Comienza a proclamar la victoria y la bienaventuranza final, de la que participaremos si nos convertimos y nos conservamos en el amor primero. Estamos invitados a abrir la puerta al Señor que viene a nuestra casa.  Si no le abrimos, entrará finalmente como un ladrón. Y los textos del Evangelio refuerzan el llamado a la conversión: a dejar que el Señor nos abra los ojos,  a acoger a Cristo en nuestra casa, a hacer productivos los dones que se nos han encargado, a estar preparados para el último día… etc.
En el santoral de la semana abundan los santos jesuitas. El domingo 13 resulta impedida la memoria de san Estanislao de Kotska, novicio polaco (+1568) modelo de constancia en su vocación. El 14 se celebra a  san José Pignatelli (+1811), aragonés, que es el eslabón entre la antigua y la nueva Compañía. El lunes 15 se recuerda a san Alberto Magno, dominico, obispo y doctor de la Iglesia (+1280), maestro de Sto. Tomás de Aquino y patrono de los científicos. El 16, se celebran las memorias de santa Margarita, reina de Escocia (+1093) y de santa Gertrudis, religiosa (+1301), mientras  los jesuitas en nuestro calendario tenemos la memoria de santos Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, los mártires del Paraguay (+1628). En ese mismo día, no olvidamos al P. Ignacio Ellacuría y sus compañeros de la Universidad Centro Americana de El Salvador, asesinados en esta fecha, en 1989, junto a las dos colaboradoras laicas de su casa. El 17 se celebra la memoria de santa Elisabeth, o Isabel, reina de Hungría, viuda, de la 3ª. orden franciscana (+ 1231), célebre por su caridad con los pobres y enfermos. El 18, se puede recordar la Dedicación de las basílicas de san Pedro y san Pablo, que ya hemos mencionado en este comentario.

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